La historia detrás de ‘Los versos satánicos’

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La historia detrás de ‘Los versos satánicos’

28 de julio del 2017

Salman Rushdie nació en la India, apenas un par de meses antes de que ese país se independizara del control de la corona británica. Su padre era un comerciante acomodado, poco dado a cuestiones religiosas. En realidad, en la casa de Salman, la religión no era muy importante. No se imaginaba él, todavía siendo un niño, que esa práctica humana de creer en algo superior sería la que, de adulto, le iba a causar tantos dolores de cabeza. Y sólo por escribir un libro: Los versos satánicos.

Escribir un libro: eso fue todo. Pero no cualquier libro: Rushdie es el genio detrás de ‘Los versos Satánicos’. El hecho de plasmar en el papel algunas ideas, casi todas imaginación suya, convirtió a Salman Rushdie en uno de los escritores más perseguidos del siglo XX. Incluso, su cabeza tiene precio: 2 millones de dólares. Y él no ha hecho nada malo.

“Nunca me consideré un escritor preocupado por la religión, hasta que una religión empezó a perseguirme. La religión formaba parte de mis obras, por supuesto; ¿cómo no iba a ser así en un novelista del subcontinente indio? Pero pensaba que había otros asuntos más amplios y jugosos de los que tratar. Sin embargo, cuando me atacaron, tuve que plantar cara a la agresión y decidir qué estaba dispuesto a defender frente a una embestida tan ruidosa, represiva y violenta”, escribió Rushdie.

La persecución a Los versos satánicos

`Los versos satánicos’: el título, empecemos por ahí, es bastante llamativo. Sin embargo, no cualquiera que lo viera en el aparador de una librería o de una biblioteca lo tomaría. Podría pensar que es, por ejemplo, algún complejo tratado de magia negra, o una especie de poemario lleno de esa clase de “poesía sucia y degenerada que escriben los escritores modernos”. Otros en cambio, lectores curiosos y de mente abierta, lo tomarían de inmediato.

En realidad, ‘Los versos satánicos’ no es ni magia negra ni ‘poesía degenerada’. Narra la aventura de Gibreel Faristha y Saladin Chancha, dos actores hindúes que comparten el destino de ir en un avión que explota en el aire por un atentado. Ambos empiezan a caer al vacío. No obstante, sobreviven milagrosamente, sólo que cuando despiertan, luego de aterrizar en una playa, cada uno se ha convertido en otro: Gibreel es el Arcangel San Gabriel y Saladin, a quien le han salido dos cuernos en la frente, es Shaitan, forma como en el Islam se llama a Satán.

La historia de Gibreel y Saladin es una muy buena metáfora de la lucha entre el bien y el mal, muy común en la literatura. Paralelo a la trama principal, Rushdie contó la historia de Mahoma (Mahound en el libro). Para los musulmanes, este hecho fue una blasfemia imperdonable.

El libro se publicó en 1988. El atrevimiento de Rushdie significó que el Ayatolá Jomeini profiriera contra él una Fatwa. La Fatwua es un pronunciamiento que hace alguna autoridad del Islam sobre algún tema. La que se hizo en contra de Rushdie llamaba a toda la población musulmana a que ejecutara a cualquier persona que hubiera tenido que ver con la publicación del libro. Incluso una fundación religiosa iraní llegó a ofrecer una recompensa por la cabeza del escritor.

Al principio, parecía, la situación no era tan seria. Sin embargo, en una ocasión, en distintos lugares, fueron atacados dos de los traductores Hitoshi Igarashi y Etorre Capriolo, y el editor Willian Nygaard. Igarashi murió por la gravedad de sus heridas: recibió varias puñaladas por un desconocido en su oficina de Tokio. Y así, las amenazas empezaron a tomarse en serio.

“Ahora, 16 años después, la religión nos persigue a todos y, aunque seguramente son mayoría los que piensan, como pensaba yo, que tenemos otras preocupaciones más importantes, no vamos a tener más remedio que afrontar el reto. Si fracasamos, este asunto acabará por devorarnos a todos”, escribió Rushdie.

La situación se iba saliendo de control en la medida que en países, entre ellos Inglaterra y Estados Unidos, se presentaban fuertes manifestaciones, muchas de ellas bastante violentas. En otros países, Egipto, Irán, Afganistán entre otros, han prohibido el libro.

Ante la gravedad de los hechos, el gobierno de Inglaterra, decidió proteger, las 24 horas, los 365 días del año, a Salman Rushdie. Puede que, en realidad, no sólo protegieran a un hombre: en el acto está implícita la suprema responsabilidad de proteger la libertad.

Para él, “la gente siempre ha acudido a la religión en busca de respuestas a los dos grandes interrogantes de la vida: ¿de dónde venimos?, ¿cómo vamos a vivir? Pero todas las religiones se equivocan sobre el aspecto de nuestros orígenes. El universo no lo creó en seis días ninguna fuerza sobrehumana que descansó al séptimo. Tampoco lo sacó un dios de una batidora. Y, respecto al aspecto social, cuando las religiones toman las riendas de la sociedad, el resultado es sencillamente una tiranía: la Inquisición, los talibanes”.

“Victor Hugo escribió: “En todo pueblo existe una antorcha, el maestro, y un extintor, el párroco”. Necesitamos más maestros y menos curas en nuestras vidas, porque, como dijo en una ocasión James Joyce, “no hay herejía ni filosofía tan detestable para la Iglesia como un ser humano”. Aunque es posible que el mejor argumento laico fuera el del gran abogado estadounidense Clarence Darrow. “No creo en Dios”, dijo, “porque no creo en los cuentos de hadas”, concluyó en uno de sus artículos.