Por Ana Carolina González
Sandy se me presentó el lunes a eso de las cuatro de la tarde, cuando todavía faltaban ocho horas para su aparición. Pensando que contaba con algo de tiempo, aproveché para sacar a Macondo (el perro) a que hiciera sus necesidades, pues luego tendríamos que estar encerrados sin saber hasta qué hora del martes. Aunque el viento soplaba un poco más fuerte de lo normal parecía soportable, pero él, de una raza mediana, por momentos no podía mantener el equilibrio. Cuando menos parecía posible, en cuestión de segundos, el pino de cuatro o cinco metros a nuestro lado se ladeó y cayó. Todavía no entiendo cómo, pero Macondo pudo escaparse bajo de las ramas y llegar a la casa, que estaba a unos veinte pasos. Ahora estábamos bloqueados para salir, pero a salvo y advertidos.
A las seis de la tarde, el cielo no puede estar más oscuro y estoy muy nerviosa. Pienso en la magnitud de Katrina para convencerme de que Sandy es más inofensivo, pero nada sirve para conseguir la calma. Luego de las ocho, adelantándose cuatro horas a lo pronosticado, el huracán entra furioso a Nueva Jersey a la altura de Atlantic City, a unos 90 kilómetros de donde me encuentro, con ráfagas de viento de cerca de 140 kilómetros por hora. Sandy viene en contra de los pronósticos de los meteorólogos que durante la semana anunciaban que seguiría por las costas, sin entrar a tierra. Si bien se trata de un giro inusual en la historia de los huracanes que pasan en esta área de Estados Unidos, ya está aquí y la luz empieza a irse por cortos momentos.
Me sumerjo en las imágenes de la televisión, que alternan unos gobernadores angustiados pidiendo a los habitantes que permanezcan en sus casas, o que, de ser necesario, acudan a un hogar de refugio, algunos de ellos kosher y otros, amigables con las mascotas. Imágenes de reporteros que no se pueden sostener en medio del viento, jóvenes arriesgados surfeando en las playas de Nueva Jersey y uno que otro desconectado poniendo a prueba sus habilidades en un jet ski en el río Hudson.
Desde la calma de la casa, todo parece una mala película. No estoy ubicada en zona de emergencia y tengo la tranquilidad de saber que hay suficiente comida y agua, aunque desde el sábado los supermercados ya no tenían ni una sola botella a la venta. La luz vuelve a irse, el sonido de los árboles al otro lado de la ventana se asemeja a una fuerte marea y con frecuencia pasan carros de bomberos y ambulancias, alertando con sus sirenas. Una amiga anuncia que un árbol acaba de entrar por la ventana del segundo piso de su casa y otra mujer llama a una estación radial reportando un barco que el viento trajo a su jardín, en el condado de Monmouth, ubicado a la orilla del océano Atlántico. La luz finalmente se va, ya no tengo forma de seguir escribiendo ni de estar comunicada.
Vea también: Los huracanes más devastadores
A las seis de la tarde, el cielo no puede estar más oscuro y estoy muy nerviosa. Pienso en la magnitud de Katrina para convencerme de que Sandy es más inofensivo, pero nada sirve para conseguir la calma. Luego de las ocho, adelantándose cuatro horas a lo pronosticado, el huracán entra furioso a Nueva Jersey a la altura de Atlantic City, a unos 90 kilómetros de donde me encuentro, con ráfagas de viento de cerca de 140 kilómetros por hora. Sandy viene en contra de los pronósticos de los meteorólogos que durante la semana anunciaban que seguiría por las costas, sin entrar a tierra. Si bien se trata de un giro inusual en la historia de los huracanes que pasan en esta área de Estados Unidos, ya está aquí y la luz empieza a irse por cortos momentos.
Me sumerjo en las imágenes de la televisión, que alternan unos gobernadores angustiados pidiendo a los habitantes que permanezcan en sus casas, o que, de ser necesario, acudan a un hogar de refugio, algunos de ellos kosher y otros, amigables con las mascotas. Imágenes de reporteros que no se pueden sostener en medio del viento, jóvenes arriesgados surfeando en las playas de Nueva Jersey y uno que otro desconectado poniendo a prueba sus habilidades en un jet ski en el río Hudson.
Desde la calma de la casa, todo parece una mala película. No estoy ubicada en zona de emergencia y tengo la tranquilidad de saber que hay suficiente comida y agua, aunque desde el sábado los supermercados ya no tenían ni una sola botella a la venta. La luz vuelve a irse, el sonido de los árboles al otro lado de la ventana se asemeja a una fuerte marea y con frecuencia pasan carros de bomberos y ambulancias, alertando con sus sirenas. Una amiga anuncia que un árbol acaba de entrar por la ventana del segundo piso de su casa y otra mujer llama a una estación radial reportando un barco que el viento trajo a su jardín, en el condado de Monmouth, ubicado a la orilla del océano Atlántico. La luz finalmente se va, ya no tengo forma de seguir escribiendo ni de estar comunicada.
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