El hombre que cuidó al hijo de Clara Rojas se confiesa

9 de mayo del 2013

José Crisanto Gómez, condenado a 33 años de prisión, defiende su inocencia contando su propia historia.

Jose Crisanto, Kienyke

¿Sabe una cosa? Esto que me está pasando me tiene en un desconcierto muy grande. Me quieren destrozar mi vida y la de mis siete hijos, que como ve, solo me tienen a mí. Yo nunca le he mentido al país. Nunca les he mentido sobre cómo sucedió todo esto por lo cual me he visto involucrado de una manera muy ajena, muy injusta. Desgraciadamente uno viene a comprobar que acá piensan que todo lo del pobre es robado. De niño mi papá me enseñaba que la justicia era justa. Eso parece ser mentira. Él murió engañado.

¿La verdad? La verdad es la que le voy a contar hoy, la que siempre he dicho. Hace 45 años nací en el Tolima, pero a muy temprana edad, como a los dos o tres años, me llevaron al Meta y me criaron en la Sierra de la Macarena. Allá hice la primaria en la escuela rural. Desde chiquito me caractericé por ser un buen orador y compositor de poesía. Tuve como esa vena artística… allí hice hasta segundo año de bachillerato y me mandaron para Bogotá. Con frío y todo validé el bachillerato pero no pude estar mucho tiempo porque me tocó regresar a la Sierra de la Macarena a hacerme cargo de la finca de mi mamá, que estaba delicada de salud.

Éramos 10 hermanos y no la podíamos dejar sola. Mi papá murió cuando yo tenía 12 años. Mire que desde muy niño fui un soñador. Como le digo que me gustaba la poesía, también quise escribir siempre un libro. A los 18 o 19 años creí que en ese entorno donde nos criamos estaba el argumento perfecto para ese libro, pero necesitaba conocer más de la selva. Quería escribir sobre proliferación de cultivos ilícitos y grupos armados.

Como a los veintialgo años empecé de aventurero a recorrer departamentos, donde más que todo por la década de los 80 empezaron los cultivos ilícitos. Las Farc ilusionaban a los campesinos con que esa era una alternativa para salir de la pobreza. Los campesinos creen eso, pero resulta que a quienes les va bien son a ellos, a los guerrilleros.

Pues en esas andanzas llegué al Guaviare. Tenía unos 26 años. Sí, 26 porque fue en el 93. Trabajé con un nativo y conocí a su hija, Lili, y de manera que no me explico resulté enamorado de ella. Así empezó todo esto. No sé si me quedé por la magia de la selva que llaman Manigua. Es un misterio, pero atrapa a las personas y las mantiene allí, y las hace incluso olvidar sus ilusiones. ¿Que cómo la enamoré?, no sé, pero no fue con poesía ni flores. Es una mujer de tez blanca, mona, pero con cultura totalmente nativa.

Vivíamos a la orilla del río Inírida en una casa inmensa, de dos pisos. Cerca había fincas que decían que eran de dominio de las Farc. Las otras casas quedaban retiradas, la más cercana como a una hora a pie o un viaje de 20 minutos en canoa. Las casas son a la orilla del río porque es la vía de comunicación. Selva adentro no vive nadie porque es muy despoblado.

Lo del libro lo dejé ahí porque Lili quedó embarazada. Ya mis prioridades eran mis hijos y tampoco es que tuviera mucha oportunidad de leer o escribir. Algo escribía sobre las vivencias de aquellos lugares, aunque no fueran satisfactorias. Pero todo eso siempre lo tenía muy bien guardado porque si la guerrilla llegaba a saber que tenía algo escrito, pues me fusilaban inmediatamente, porque dirían que era informante.

Yo trabajaba como raspador de hoja de coca, en lo que trabajan los campesinos del lugar por orden de la guerrilla. Nunca he mentido que la única fuente de ingreso es el trabajo como raspachín.  Era una imposición: si no siembra coca, tiene que irse. Igual eran cultivos muy pequeños, y como ellos eran los únicos a los que uno les podía vender la coca, pues ellos ponían el precio que querían. Nos alcanzaba para comprar panela, arroz, pañales, cosas de primera necesidad. El resto de la comida la sacábamos de la pesca, la cacería, y cultivos de yuca o algo… en eso mi suegro, el nativo Ramón, era muy bueno y era famoso por ser curandero.

Raspachines, Kienyke

Raspachines trabajando en el departamento del Cauca, Colombia

Como le digo, con los hijos la idea de mi libro se me esfumó. Y es que nacían más niños; ya iban cinco. Y cómo olvidar ese 12 de enero de 2005, cuando llegó uno más. Me acuerdo que había silencio, como la tranquilidad de un día normal. Por el río, en una lancha rápida, llegaron dos personajes, un hombre y una mujer preguntando por el curandero Ramón. Los sujetos no venían ni uniformados ni armados, pero pensamos que eran guerrilleros porque esas lanchas solo la usaban ellos. Mi esposa les dijo que el papá no estaba, que andaba de pesca. Los señores llevaban al pequeño niño en las condiciones que usted y todos sabemos. Dijeron que necesitaban que Ramón curara al niño, y le respondimos que él podría ayudarlo con las picaduras de pito, pero para el bracito que estaba quebrado era mejor que lo llevaran al médico. Ellos dijeron que nos dejaban al niño para que el nativo lo atendiera y vendrían mañana por él. Intentamos negarnos, pero ellos dijeron que les habían encargado que como fuera lo atendieran. Prometieron venir al otro día. Eso nunca pasó.

Aquí, hombre, estaba en una situación muy difícil. Si nosotros nos negábamos, nos iban a recriminar. Y si nadie lo atendía, ese niño muy posiblemente hubiera muerto y quizá nadie en el país sabría la verdadera historia del pequeño. Era algo humano lo que tocaba hacer. Y es que le digo que si no lo hubiera hecho seguro hoy estaría condenado por omisión de socorro, y por mi conciencia eso hubiera sido más duro.

¿Sabe qué se me olvidó contarle?, pues que al preguntarles el nombre nos dijeron que se llamaba Pegui. Sí, así, Pegui, sin apellido ni nada. No dejaron plata, pañales ni biberón. Ramón llegó en la noche, miró al niño y se sorprendió. Nunca antes había visto a un niño en esas condiciones. Y nos preguntábamos qué habría pasado con él. Nadie sabía nada, ni siquiera el país sabía que la señora Rojas había tenido un hijo en cautiverio. Pensábamos que había sido hijo de alguna señora asesinada, hijo de una guerrillera o algo.

Clara Rojas y Emmanuel, Kienyke

Clara Rojas y su hijo Emmanuel

¿Se da cuenta que yo no recibí el niño, sino que fue llevado al curandero? El hecho de que el niño no fuera mi hijo, no implicaba que le dejáramos de dar la comida, la atención en lo que pudiéramos. El curandero pudo atenderlo para curar sus llagas. Pasó el tiempo y por un sentimiento más que humano, quizá paternal porque yo tenía cinco hijos, me fui encariñando de él, igual que toda la familia.

Como a los cinco meses vuelvo a saber de los que lo dejaron, pero no me dan razón de qué va a pasar con Pegui. Pasan tres o cuatro semanas y el niño presenta fiebre muy alta y el curandero lo mira y dice: tiene paludismo, pero no puedo tratarlo porque las plantas que uso para eso son para gente grande. Trato de buscar un medicamento que les daba a mis hijos y llevarlo al médico, pero la guerrilla no me daba permiso para salir a ningún pueblo. Es muy difícil, siempre he dicho, que alguien que no ha vivido el conflicto de manera directa, en carne propia, ni que conozca el abuso, la imposición de estos grupos, logre siquiera imaginarse qué es lo que se vive allá. Ellos tienen el dominio total, ejercen su ley a su manera. Es una ley exterminadora, de todo menos social.

Le contaba que todo allá era con permisos, y yo pues fui a buscar al comandante de área. Este tipo me dijo que no había permiso para ninguno, que miráramos qué hacíamos con el curandero. Ahí empieza todo esto.

“Había jurado que lo iba a criar como un hijo más”

Fíjese que ese comandante, el que me dijo que no podía ir a ningún lado, a los tres días pasó a mi casa a decir que se iba a llevar a todos los mayores de seis años a una actividad de las Farc. Es donde yo me opongo. Le digo que mis hijos no van a ningún lado. Qué actividad ni qué nada. Por allí es triste ver niños de 10 años uniformados y con armas. Y cuándo este tipo me pregunta el porqué le digo: ¿desde cuándo le interesan los niños? ¿Acaso no le pedí permiso para llevarlos al médico y usted me lo negó? Tuve una discusión fuerte con él. Eso fue en mayo 23. A los pocos días es que me entero que me declararon enemigo de las Farc, me incluyen en una lista para matar a los que creen que son informantes del gobierno, y un hombre que me reconoce me aconseja irme.

El caso es que logramos escapar. Con nada en las manos, pero huimos. Como a las cinco de la tarde del día siguiente llegamos a El Retorno, Guaviare. A los pocos días me alisto para llevar a Pegui a algún hospital cuando mi hijo mayor se me desmayó y quedó morado. Grité que se me moría. La señora del lugar donde nos hospedamos me auxilia y me lleva con mi hijo en moto al hospital. Le pedí a Lili que llevara a Pegui también al hospital, pero no quería porque sabía que en El Retorno había mucho paramilitar. Incluso ni mi esposa ni mi suegro querían que llevara al niño al pueblo, algo a lo que me negué. En últimas la señora acompañó a Lili a llevar a Pegui. En el hospital me remiten con mi hijo a San José del Guaviare. Al rato de yo llegar en ambulancia allá, llegó Lili con Pegui. Eso fue a comienzos de junio.

En la sala de espera, la situación de Pegui es muy llamativa. Su bracito partido, las cicatrices de la leishmaniasis y las picaduras de plaga. El médico dice que tenía paludismo y la enfermera me pide el nombre del niño para registrarlo. “No tiene nombre”, le dije. Me mira y me dice que sin nombre no lo pueden atender. Me pide en esas que también consiga un jugo para él y para mi hijo. Al ir a la cafetería y pensar qué decía de su nombre, frente al hospital me abordó un personaje que me dijo: “¿Entonces se trajo al niño?” Quedo como congelado y le digo: ¿usted quién es? Me responde que trabaja con el séptimo frente, me mira con crudeza y me dice: “Haga lo que se le dé la gana, pero debe responder. No olvide que sabemos que tiene cinco hijos”. Llegué tembloroso al hospital y pensé qué hacer. Iba a ir a la policía pero si este hombre me ubicó, también tendría ubicado a mis hijos.  Recordé que tenía una prima hermana que había muerto joven. Pienso que podría decir que era el hijo de ella y que a ella la desaparecieron y me quedé con el niño. Así lo hice y lo registré como Juan David Gómez Tapiero. Yo quedé como su tío abuelo, no su papá, como muchos dicen.

Jose Crisanto, Kienyke

El niño fue valorado por un ortopedista y me dicen que su recuperación necesita tiempo prolongado. Yo era consciente de eso, no crea. Pero sin plata… entonces le cuento que soy desplazado y tengo cinco hijos más, que no sabía qué hacer. Una enfermera me sugiere que lo ponga en custodia de Bienestar Familiar. Al día siguiente llegaron los funcionarios del bienestar y lo único que les pregunto es que si existe la posibilidad de que cuando se recupere lo puedo volver a reintegrar a mi familia. Yo había jurado que lo iba a criar como un hijo más. Me dicen que sí. No puse la más mínima objeción. Bienestar Familiar nunca me lo arrebató, yo firmé la custodia; creí que era lo mejor.

Me separé de él. Me establecí en El Retorno y como al año y medio que dejé de verlo empecé a recibir mensajes de guerrilleros buscando al niño.

“El dolor más grande que llevo en el alma es que todo esto afecte a mis hijos”

Hombre, me acuerdo que cuando se supo que Clara Rojas había tenido un hijo en cautiverio, yo trabajaba como constructor y líder de población desplazada, y curiosamente polemizábamos con ingenuidad sobre la noticia. Decíamos: ese niño lo deben tener en Venezuela o en Ecuador. Pero, con todo corazón, le digo que yo nunca imaginé que el niño del que tanto hablaban se trataba del mismo niño que yo había sacado de la selva.

A finales de 2007 esa presión por el niño se hizo más dura y yo todavía no sabía que era Emmanuel, el hijo de Clara rojas. No era capaz de intuirlo. El 19 de diciembre, camino al trabajo, un tipo me amenazó con pistola, me llevó a una parte sola y me dijo que si no entrego al niño me matan a mí y hasta el último de mis hijos. Asustado les dije que la otra semana lo entregaba, que él estaba donde una hermana en Bogotá. Intenté evadirlos, pero el 28 de diciembre me dieron un ultimátum. Me tocó jurarles que el 29 lo traían desde Bogotá.

Estaba al borde de la muerte y no tenía dinero. El 29 de diciembre a las seis de la mañana me volé con mi familia a San José. 40 minutos de viaje que me parecieron una eternidad. Era un sábado y encontrar ayuda era imposible. Tuve que esconderme hasta el lunes. Con un candidato a la Asamblea de Guaviare pedí ayuda y me contactó con el Defensor del Pueblo. Le conté toda la verdad. Imagínese que esperando respuesta, un señor conversaba con el defensor y escuché que decía por teléfono: “¿Pero verdad doctor?, si es cierto se nos apareció la virgen… ¿dos mil millones?” Le pregunto de qué hablaba  y me dice: ese niño del que usted habla parece ser el hijo de Clara Rojas. Quedé impactado. Le dije que eso era imposible. Ahí sí me asusté mucho más.

El otro día sí que las cosas empeoraron. En televisión el presidente Uribe dijo que las Farc no tenían el niño y que lo tenía un campesino llamado José Crisanto Gómez. Dio todas mis identificaciones y además dijo que el papá ficticio lo estaba pidiendo. Como le dije, en todos los papeles ni siquiera aparezco como papá. Y mucho menos lo pedí. La policía nos protegió, nos llevó a un batallón y el 2 de enero de 2008 nos trasladaron a Bogotá como protegidos. Pero dos meses más tarde me encarcelaron, dizque por secuestro, rebelión, fraude procesal, falso testimonio y falsificación de documentos.

¿Secuestro? Es absurdo. Nosotros cuidamos al niño y nunca pedimos nada. ¿Rebelión?, contra los únicos a los que me rebelé fue a las Farc. ¿Falso testimonio? Todo lo que le digo es verdad. No he hecho parte de la más mínima escala de esa estructura guerrillera. Y sobre los documentos, admito que tuve que hacerlos con el fin de que el niño tuviera derecho a la salud y la vida. Si le digo lo que pienso es que mucha gente se ha cogido las flores y a mí me tiraron las espinas. Me duele que la señora Clara ejerza su poder contra mí. No logro entender porqué ella se ha ensañado conmigo. Nunca he hablado con ella, pero cree que estoy detrás de esto y de una película de la que vine a saber al salir de la cárcel.

El dolor más grande que llevo en el alma es que todo esto afecte a mis hijos. Y usted me pregunta si de algo me arrepiento. Pues no, a pesar de todo no me arrepiento. Hice lo que tuve que haber hecho en el momento justo. Pero me di cuenta que acá solo prestan atención a ciertos niños. Si tanto decían que se violaba la integridad en el caso de Emmanuel, ¿por qué no pensaron en la integridad de mis siete hijos, que mientras estuve en la cárcel pasaron hambre? Y aunque no he vuelto a saber de Emmanuel, el solo hecho de ver que todo mi sacrificio está reflejado en su vida, me hace sentir muy bien. Sé que él no vive de casualidad, ese niño debe tener una gran misión en la vida. Dios sabe como hace sus cosas. Me duele esta nueva condena a 33 años, pero demostraré mi inocencia. Lo único que me resta es esperar que esto se esclarezca pronto, para que mis hijos estén en paz y pueda escribir el libro del que soñaba desde pequeño.

Twitter: @david_baracaldo

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José Crisanto Gómez Tovar fue sentenciado, en segunda instancia, por el Tribunal Superior de Villavicencio a 400 meses de prisión, 33 años. La condena se basa en testimonios que lo sindican como coautor en delitos de secuestro extorsivo agravado, rebelión, falso testimonio y fraude procesal. Para la Fiscalía, Gómez sí colaboraba con las Farc y su huída hacia El Retorno estuvo dirigida por la guerrilla para atender médicamente al menor. También lo acusan de someter a abandono al menor y desestiman sus denuncias de amenazas de muerte desde el grupo subversivo. Gómez anunció que pedirá recurso de casación ante la Corte Suprema de Justicia y su defensa estará encabezada por el exsecuestrado Sigifredo López, quién se interesó en su caso al presumir que existen falsos testigos en su contra. 

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