Consuelo, la síntesis de todo lo grande y lo bueno que Dios le dio a los Araújo

29 de septiembre del 2016

Semblanza de ‘La Cacica’ hecha por su hermano Álvaro.

Consuelo, la síntesis de todo lo grande y lo bueno que Dios le dio a los Araújo

No se me ha pedido hacer una biografía de Consuelo, me han pedido que intente trazar una semblanza de ella con su más tierna infancia y del entorno familiar de sus primeros años.

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Valledupar era una aldea grande a mediados de 1940, tenía sus tradiciones religiosas y cierto orgullo de su pasado, al fin y al cabo, el nombre de algunos de sus hijos figuraban en episodios de la historia patria y la figura de María Concepción Loperena ya era considerada como la heroína vallenata de la independencia.

Éramos una familia de nueve hermanos, cuatro varones y cinco mujeres. Entre el mayor, Jaime, y la menor que era Consuelo, había una diferencia de dieciséis años. Yo le llevaba a ella cinco años largos.

El padre era un campesino de temperamento apacible, amante de los caballos y los gallos, como buen patillalero; vinculado a un pequeño predio donde se sostenía más o menos cincuenta cabezas de ganado de las cuales se obtenía la leche que diariamente teníamos que ordeñar los hijos, primeros los mayores y después los menores para que la madre la vendiera por las madrugadas pote a pote.

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Calculo que la cantidad que se comercializaba y que significaba el único ingreso seguro de la casa, sería de cuarenta litros diarios, es decir, una tina. A precios de hoy sería algo así como dos salarios mínimos mensuales.

La madre era de una condición totalmente diferente a la del padre. Era dinámica, multifacética, lectora de novela, recitadora de poesías. No había nada que le ofrecieran fiado que ella no lo comprara, especialmente revistas, libros, electrodomésticos, joyas y telas para sus hijas. Cualquier cosa, aunque ella no supiera para que servía, la aceptaba con el argumento de que luego la vendería para adelante haciendo una pequeña utilidad.

En eso era todo lo contrario del padre que nunca aceptó quedar debiéndole a nadie porque para él, lo más importante era la tranquilidad, así ella se lograra a cambio de pasar cualquier cantidad de privaciones y sacrificios.

La madre, además, era una costurera consumada; en la Calle Grande, cerca de la plaza donde vivíamos, nuestra vecina era “la comadre Trine”, Doña Trine Riveira de Monsalvo, la madre de los hermanos Ciro, Alfonso, El Pato, El Pateto, Julia, Leticia, La Cona, La Polla y Leonor; una familia igual que la nuestra y emparentada con nosotros pues su padre (prematuramente fallecido), era sobrino del nuestro.

La comadre Trine y la madre nuestra se disputaban el honor de ser las mejores costureras de la región. Para épocas de Semana Santa y Navidad no era raro levantarnos para ir a ordeñar y toparnos con la madre que había pasado toda la noche dándole pedal a la máquina Singer, y le había amanecido para cumplir con el compromiso de entregar uno, dos o tres vestidos para la misa solemne de ocho; en la casa de al lado la comadre Trine estaba haciendo lo propio.

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Hoy, cuando ya Consuelo no está, y no falta algún preocupado electorero que agita la bandera de elegir su reemplazo, a los que nos criamos aquí nos parece un despropósito pensar que alguien diferente a La Polla Monsalvo sueñe con ocupar ese lugar. Ellas fueron hermanas de amor, dolor y vida, juntas estuvieron siempre al frente de la obra magna del Festival. Nadie mejor que La Polla para que continúe de guardián de la heredad.

Muchas veces, antes de ahora, y en diferentes circunstancias, yo he vuelto la mirada hacia atrás en el tiempo, intentando reconstruir nuestra infancia y siempre obtuve la misma conclusión: la nuestra fue una infancia feliz, éramos una familia con todas las calamidades que da la pobreza, pero nunca tuvimos amarguras perdurables. Los hijos, todos, y ella principalmente, queríamos parecernos al padre, por bondadoso, por ecuánime, por su seriedad en los compromisos, por su cierto estoicismo que lo adornaba para encarar con dignidad las necesidades apremiantes; pero todos, también, y ella principalmente, sabíamos que le debíamos a la madre lo que éramos y admirábamos su capacidad de lucha, su responsabilidad para ir siempre hacia adelante con la certeza de que al final triunfaríamos.

Mientras el padre predicaba que ya con el cuarto de bachillerato, que era el último curso que había en el Loperena, estaba más que suficiente para los dos varones menores, la madre en compañía de las hermanas les decía que sí estaba de acuerdo, mientras desbarataban un viejo vestido del hermano mayor para ajustarlo a mis medidas, pues ya me habían comprado el tiquete en “Lanza” para viajar a Bogotá, en donde el Mono Montero me esperaba para internarme en el Colegio del Rosario a terminar el bachillerato.

Al año siguiente se repetiría la escena con Rodolfo, el hermano menor para empacarlo hacia Santa Marta con el mismo objetivo de terminar el bachillerato.

Consuelo, a pesar de ser la menor, o tal vez por eso, tenía un fuero especial y era la que le decía al padre lo que los otros no nos atrevíamos.

Unas horas antes de mi viaje secreto para Bogotá yo estaba lleno de angustia porque la madre me dijo: -“vete sin decirle nada a tu papá, que cuando el avión levante vuelo yo le digo y tú te ahorrarás el regaño y la discusión conmigo. Lo importante es que estudies y seas allá el mejor alumno como lo has sido acá”. Yo acepté sin condición y cuando ya se acercaba la hora, lleno de angustia, llamé a Consuelo al patio y le dije que me partía el alma hacerle eso a mi papá, que prefería no irme. Ella, fresca como una lechuga, me respondió: -“no seas bobo, vete tranquilo, que yo esta mañana, ya le conté todo a mi papá y él sabe que te vas a estudiar, cuando regrese del potrero ya tú estarás volando”.

Había algo que identificaba plenamente a nuestros padres: era la pasión por la política. El padre era un líder popular nato que servía de guía y respaldo al estrato más bajo del pueblo. Seguía a Gaitán con entusiasmos de liberal ciego. Los primeros comunistas que hubo en esta pasible comarca eran sus contertulios permanentes y compadres de sacramento: Dorancé Padrón, Enrique Fernández, el Señor Rimon, que fueron encarcelados cuando se quemó la colmena de un jefe conservador, contaron con el apoyo del padre, y la madre les llevaba la comida a la cárcel los pocos días que estuvieron detenidos porque nada les pudieron probar.

En nuestra casa existía la agencia para la región de “Jornada”, el periódico gaitanista de la época, y Consuelo, con Isabel y las otras hermanas, hacían y rotulaban los paquetes que reexpedíamos desde aquí para los municipios vecinos. Los hijos vendíamos el periódico en la Calle del Cesar. El almuerzo en nuestra casa estaba presidido, no por una oración si no por un viejo radio “Telefunquen” que sintonizaba “Últimas Noticias”, el radio periódico gaitanista de la época, al cual, de vez en cuando, Consuelo o la madre le daban un golpe misterioso para que recuperara el volumen que iba perdiendo paulatinamente.

Nuestra casa siempre fue una casa llena de gente, no solo por nosotros y por los Monsalvo con quienes siempre andábamos mezclados, sino porque la política popular de la época se hacía allí. En la puerta había un letrero de lata que decía “Directorio Liberal” que un día, cuando se enardeció la chulavita, un agente cogió a tiros sin consecuencias graves.

El tocarle la puerta a media noche para pedir la intervención del padre, porque habían detenido o atropellado a un liberal, era cosa habitual en nuestra casa.

Ese fue el mundo amplio y abierto en que se levantó Consuelo, participando y opinando en todo desde que tenía ocho años, leyendo todo papel o escrito que pasara por sus manos, armando escapes intelectuales para suplir incapacidades económicas que impedían participar en festividades, armando comedias o representaciones teatrales entre los primos; en ocasiones nos poníamos como meta hablar en verso todo el día y el que fallara pagaba una penitencia; lógicamente, Consuelo era como Jalisco… que nunca pierde.

Ese era, desordenadamente trazado, el cuadro de su infancia, cuando nos golpeó por primera vez la vida. Ya estábamos los varones fuera de Valledupar. Rodolfo en Santa Marta y yo en Bogotá terminando el bachillerato cuando en un episodio absurdo perdió la vida Isabel, la hermana que antecedía a Consuelo en edad. Era su compañera inseparable, de una belleza angelical, sumisa y tierna, falleció a los 17 años. Fue la primera vez que en la familia se experimentó el dolor verdadero. Para mi fue traumático, yo hacía primer año de Ingeniería y recibí el cable de mi hermano Alfredo dando la trágica noticia y la orden de no moverme de Bogotá, para no poner en peligro mis estudios, pues no había garantía de regreso. Así se hizo.

Termino mi primer año y cursando el segundo recibo la noticia de la muerte del padre, cuyo corazón no soportó la trágicamente muerte de la hija. Recibí otra vez la noticia y la orden de permanecer en mis estudios por la misma razón. Dos años después regresé al Valle a conocer la tumba de Isabel y del padre. Todo ese tiempo pasó alimentando el alma con las cartas que Elvira y Consuelo me escribían, con todos los detalles de la vida en la casa sin dos seres tan amados. Mientras tanto las cuatro hermanas junto con Mireya y Nina, trabajaban para que Rodolfo pudiera estudiar.

No vi enterrar a mi padre, no vi enterrar a Isabel; no los lloré sino lánguidamente, pero al enterrar a Consuelo he llorado mil veces copiosamente, y todo me parece poco para aplacar en mi alma el dolor que llevaré eternamente. Ella era, al fin al cabo, la síntesis de todo lo grande y lo bueno que Dios le dio a nuestra familia.

*Por Álvaro Araújo Noguera

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