Noche de sexo en Viernes Santo

24 de marzo del 2016

No se quedó pegado. “La volvería a repetir”.

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Llegaba el puente festivo más largo del año, la añorada Semana Santa en la que todo compromiso con la universidad desaparecia, y Francisco tenía pensado hacer algo totalmente diferente. No quería un tarde de reflexión, camándula y oración. Quería una noche de fiesta, amigos y algo de trago. La fórmula perfecta para pasar un fin de semana lejos de toda moralidad religiosa.

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Francisco desde pequeño ha creído que la Semana Santa es “solo una excusa para no hacer nada el Viernes Santo y atragantarse de pescado, postres y cualquier otro tipo de manjar que nunca hace falta por esas fechas”. Durante esos días las personas intentan fallidamente librarse de sus culpas y complejos por medio de largas jornadas en una iglesia. No había excusa. Llenar su cuerpo con alcohol en vez de pescado.

El martes, al terminar un programa de radio en una emisora comunitaria donde trabajaba, Francisco cuadró con sus compañeros y el dueño de la emisora reunirse en la casa de este último. Salir en esta época del año suele ser complicado. “La mayoría de bares y discotecas cierran los días santos, y por eso una fiesta privada era la mejor opción”, pensaron.

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La idea de desordenarse en una semana de quietud y paz le resultó tan atractivo, que con actitud de traqueto venido a menos, ofreció una garrafa de aguardiente, sin pensar que al día siguiente tenía que asistir a su otro trabajo como cajero en un almacén de cadena.

Emocionado, Francisco fue el primero en llegar al apartamento de su jefe. De a poco fueron llegando todos los invitados a la fiesta, quienes tímidamente tomaron su lugar en la sala. La fiesta no era más que unos grupos hablando por separado, un fracaso total, hasta que un grupo de chicas llegó al lugar a prender el ambiente.

“Habrán esa garrafa y repartan guaro a todo el mundo”, dijo Francisco, quien se iba entusiasmado a medida que la mujeres bailaban.

Gritos de “pongan ‘La Plata’ de Diomedes”, “subale a la música” o “deme otro trago” se empezaron a escuchar por toda la casa.

Salsa, merengue, vallenato y uno que otro reguetón, más cantidades gigantescas de licor, fueron nublando la razón de Francisco, que recién lograba darse cuenta de lo que sucedía a su alrededor.

Aunque tiene nombre de papa, esa noche Francisco se comportó como un demonio.

Hablaba con una de las chicas, feminista ella, quien le explicaba porqué prefería bailar con una mujer: “Para derribar estándares machistas y cosas por el estilo”.

Él estaba tan borracho que no le puso cuidado. Solo la tomó de la mano, la subió a la terraza y la besó.

Al regresar a la sala las personas ya se estaban yendo. En la casa solo se quedaban quienes estaban emparejados, los que querían, por qué no, una noche de sexo en un día santo.

En un sillón estaba el dueño de la casa con su novia, el sofá era compartido: Estaban sentados, casi acostados, un integrante de la emisora con una muchacha y Francisco con su levante.

Como un ‘Latin Lover’, en pleno papel de ‘Chayane de barrio’, Pacho se estaba poniendo fervoroso, pero la borrachera era tanta que ya no podía ni bailar. Su conquista no le vio importancia a bailar sola, mientras los demás presentes se dirigían cada uno a una habitación.

En un momento fugaz de lucidez, Pacho logró ver a una presencia discreta y silenciosa que no se hizo notar en toda la velada: se trataba de la hermana del dueño de la emisora.

Sin darse cuenta cómo o cuándo, Francisco estaba besando a la joven hermana de su jefe. Tropezandose contra cuanta pared se encontraba en el camino, Francisco se llevó a la joven a cualquier habitación. Allí pasaría una agitada noche.

Al despertars se encontró solo en la habitación y con la ropa interior sobre su pecho. No había rastro de su compañera de cama, solo notó en la mesa de noche la foto de una mujer, algo mayor y con un niño abrazado. Francisco sentía que esa desconocida lo miraba fijamente y le reprochaa por haber tenido sexo el Viernes Santo. ¡Qué horror!

Se vistió, tomó sus cosas y salió de la casa en absoluto silencio, mientras los demás seguían la fiesta. Quería salir inmediatamente de la casa, esperando que su jefe en la emisora no descubriera nada de lo que hizo en la noche con su hermana.

Ya en su casa, Francisco llamó a su trabajo fingiendo una diarrea. No salió en todo el día de la habitación.

No podía sacarse de la mente la mirada acusadora de la mujer en la fotografía que bien podría ser la mamá de su compañera en las sábanas. Terminó pasando el final de la Semana Santa de la forma que menos quería: Reflexionando en sus actos, culpandose por una noche que se arrepiente de haber vivido, pero que no dudaría en volver a tener.

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