“Shenpa”: la adicción a la tecnología

26 de marzo del 2019

Por Armando Martí.

“Shenpa”: la adicción a la tecnología

Como cada mañana, después de meditar dedico un cierto tiempo a conectarme en las redes sociales que manejo como Whatsapp, Twitter e Instagram. Verifico la carga de mi celular y comienzo a “conectarme” con este mundo tecnológico actual.

Inesperadamente apareció un aviso en la pantalla del móvil, informándome que mi tiempo de interacción con el sistema era de siete horas y doce minutos diarios, además me felicitaba por haber bajado un 25% de su uso. No era consciente del tiempo de exposición que tengo en la pantalla.

Traté de entender el por qué y el para qué de todo ese tiempo en función de un aparato, que al parecer es mi nueva ventana al mundo y mi novedosa conexión con el ángel eléctrico y digital, muy diferente a aquel que conocí hace años, como mi “ángel de la guarda”.

Esta inusitada dependencia hacia la tecnología, no solo me estremeció, sino que también fue el motivo para detener mi automática necesidad por estar invirtiendo más de 196 horas de mi vida cada mes en busca de información, videos, fotografías, curiosidades, lecturas, música, chismes de farándula, eventos sociales y muchas otras cosas, que rápidamente se están apoderando de casi toda mi atención.

Además, esta necesidad ansiosa y compulsiva de estar sosteniendo en mis manos el celular, tomar selfies, subirlas a las redes sociales, enterarme de cosas importantes o triviales de mis seguidores y conocidos, se ha a convertido en una verdadera adicción a la tecnología.

Mientras reflexionaba al respecto, me acordé del “apagón” de las plataformas digitales de Facebook, Whatsapp e Instagram, el pasado 13 de marzo del 2019, en donde por más de 9 horas no pudieron prestar sus servicios a los usuarios.

El desespero fue mundial, como una especie de síndrome de abstinencia, similar al que presentan los adictos al alcohol y sustancias psicoactivas; en este caso los usuarios al no tener habilitada su conexión en línea, se sintieron desorientados y confundidos.

Los ataques de pánico, ira, depresión y angustia escalaron en más de un 30%; la gente consumió el doble de raciones en sus comidas, la ingesta de alcohol y tranquilizantes también se disparó; las relaciones sexuales aumentaron y las tensiones en el trabajo y la intolerancia familiar y social, se vio alterada notablemente.

El comienzo de una mente adictiva

Foto: Cortesía Armando Martí.

Estas exageradas reacciones solo pueden ser indicadores fácticos, de que estamos adictos a la tecnología y que nuestras vidas están dependiendo en gran parte de ellas.

Investigando descubro que estar “en línea” por más de veinte minutos, equivale ni más ni menos a que nuestro cerebro reciba una descarga de dopamina, adrenalina y noradrenalina, como si me tomara tres copas de vino y tres tazas de café, dos bebidas energizantes y aspirara una línea de cocaína.

A nivel físico el pulso se altera, las manos y los músculos de los antebrazos se espasman y los tendones se inflaman por la tensión de escribir. Los ojos se irritan y desgastan, apareciendo el síndrome del ojo seco; el cuello se tensa y la columna cervical se lesiona por la forzada posición de sostener la cabeza para concentrarse en la pantalla.

A largo plazo se han empezado a revelar un serie de bloqueos energéticos que nos afectan no sólo a nivel físico sino también mental.

Por ejemplo en el área neurológica, estudios científicos han demostrado una reducción de la materia gris del cerebro que conlleva a anomalías en la estructura del mismo, teniendo consecuencias psicológicas que afectan directamente la manera en cuán impulsivos actuamos y cuánta moderación tenemos frente al uso de las tecnologías.

Una persona altamente impulsiva, probablemente no tendrá inhibiciones en publicar información relevante ni tampoco tiene la capacidad de medir los peligros de dicha acción. Las borracheras emocionales se gozan por un momento, pero la culpabilidad del guayabo moral dura mucho más y nos hace sufrir las consecuencias de nuestras erradas decisiones.

Asimismo, el hecho de mantenerse en contacto con viejos amigos, familiares lejanos, clientes y lo que es más importante publicar información personal y al mismo tiempo recibir comentarios positivos que le refuercen la idea de sentirse visible, aceptado y “existir” en una comunidad, está ligado a un mecanismo de recompensa de dopamina en el cerebro que responde a un “me gusta” y un comentario de aprobación.

Esto influye en que sigamos segregando oxitocina y dopamina pero de forma muy rápida, lo que hace que no alcancemos a gozar de esa celebración e inmediatamente busquemos otra situación o reto, para seguir produciendo y consumiendo estos incentivos cibernéticos de forma desenfrenada.

Esta sacudida de dopamina es tan dominante, que el cerebro no distingue entre un estímulo sano y la pérdida de límites congruentes que hacen permanecer por horas y horas “en línea”.

Se necesita mucho autocontrol para no seguir con estos patrones, pues la sensación de autorrealización y la alegría de publicar y recibir una retroalimentación positiva, fomenta el uso prolongado de estos dispositivos digitales, desvinculándose paulatinamente de la vida real a medida que el ciberespacio se convierte en la nueva “vida real”.

En síntesis, la cantidad de sobreinformación que recibe el cerebro, lo satura al punto de “apagarlo” o “desbordarlo” por las diferentes estimulaciones que a una vertiginosa velocidad tiene que clasificar, analizar y asimilar.

El exceso de sustancias generada por los neurotransmisores excitados es inimaginable y las crisis de ansiedad, pánico y depresión, se hacen presentes en ocasiones inesperadas o durante los fines de semana, pues precisamente cuando el cerebro se “distrae” y “descansa”, aparecen estos ataques emocionales como consecuencia de la exagerada tensión a la que sometimos a nuestro cuerpo, emociones y mente.

Ya es hora de que nos preguntemos: ¿hasta qué punto los hábitos individuales están condicionados por los mecanismos de funcionamiento de estas aplicaciones que minuto a minuto informan sobre los acontecimientos sociales, políticos y económicos del mundo?

En esta moderna era digital, el hombre no puede vivir alejado de la vida social. Desde sus orígenes, descubrió esta capacidad innata por relacionarse y generar vínculos a través de las comunidades, la religión, diversas actividades productivas y rituales de recreación, entre muchas otras cosas.

Esta evolución a lo largo de los milenios, ha desembocado en una actualidad esencialmente tecnológica, es decir, podemos llegar a cualquier persona por segundo sin importar su ubicación, creando escenarios de comunicación desde una dimensión artificial.

De ahí que es normal ver como aumenta la brecha entre la vida social (conectividad, imágenes y videos) y la vida humana (presencia, charlas, cercanía y reflexión), en otras pablaras, el individuo paulatinamente se va disociando de las personas que lo rodean para adentrarse en una realidad virtual, pues no puede desligarse de las atractivas formas de “enganchar gratuitamente” que se encuentran en la red.

Sin embargo, nada de lo que se ofrece “en línea” es tan “libre” como aparenta ser, ya que, sin darnos cuenta proporcionamos información personal vital que puede ser explotada de diferentes maneras, favoreciendo a las empresas y cediendo los derechos de nuestra vida privada.

Así sucedió en el año 2016, cuando la firma de análisis de datos políticos Cambridge Analytica, recopiló ilegalmente información privada de más de 50 millones de usuarios de la red social Facebook, para apoyar la campaña electoral del presidente de los Estados Unidos, Donald Trump y que influyó directamente en la victoria del mandatario.

Los dispositivos móviles: nuevos virus psíquicos

Foto: Cortesía Armando Martí.

El acceso a WiFi en cualquier momento y lugar desde los teléfonos móviles, contribuyó al uso masivo de las redes sociales gratuitas, junto con la posibilidad de tener Internet, video llamadas, mensajes de texto, juegos y una gran variedad de aplicaciones diseñadas para pantallas pequeñas.

Por ejemplo, una persona extrovertida puede pasar grandes cantidades de tiempo en Facebook, verificando compulsivamente su perfil para ver el número de “me gusta” que recibió su último post. Para otros con una inclinación narcisista, Instagram llega a ser el medio predilecto a la hora de mostrar a los demás sus diferentes “selfies”.

La ansiedad social es el resultado del miedo a perderse de cualquier acontecimiento, noticia e información “esencial”.

La tecnología es objetiva: no es buena ni mala, depende del uso que cada quien le de, es decir, se puede emplear como una eficaz herramienta para el beneficio moderado en la consecución de metas y objetivos aterrizados en la realidad, o por el contrario actuar como una “fe digital” casi ciega, paralela al fanatismo religioso.

Vivimos en la cúspide de la era digital: nuevas y mejores formas de innovar (lo cual de alguna manera es cierto); “lo viejo” se vuelve obsoleto dentro de un año o dos, y “lo nuevo” siempre es mejor, pretendiendo hacer la vida más fácil, simple y, por lo tanto, más satisfactoria.

Pero no siempre es la realidad, dado que empieza a permear áreas como las relaciones afectivas, el empleo, la salud y la parte económica. Aquellos buenos tiempos de mirarse a los ojos, sentir el calor de un abrazo, preguntar y responder cara a cara, saborear y guardar la experiencia de la cercanía, están desapareciendo.

Una amenaza tecnológica

Sin duda alguna, las nuevas tecnologías hacen parte de la revolución industrial de este siglo, como un salto cuántico en el futuro. Disfruto de las innovaciones aplicativas para los dispositivos móviles que prometen una mejor calidad de vida, incluso yo mismo manejo algunos de estos en mi teléfono móvil.

Una nueva aplicación es como una nueva relación: al principio es divertida y emocionantes, pero después, requiere cada día un poco más de tiempo, energía y compromiso para cuidarla y mantenerla.

En mi ejercicio como Coach de Vida y Gestor Emocional, he podido ayudar a mis asesorados a darse cuenta de la forma en que sus obsesiones y adicciones a las nuevas tecnologías han deteriorado rápidamente la calidad de sus vidas, la intimidad sexual, el desempeño laboral y el fomento de hábitos adictivos hasta acabar con las relaciones de pareja.

¿Nuestra felicidad está en la tecnología?

Foto: Cortesía Armando Martí.

La felicidad del ser humano no está en la búsqueda del confort exterior, más bien podríamos plantear una nueva y mejor forma de estar en paz y ser felices.

Buscar nuestra comodidad interior sin dejar que nos deslumbre los ofrecimientos de bienestar que la mayor parte de la publicidad ofrece es un camino sano, pues muchas veces creemos que la felicidad se compra o se adquiere en los supermercados y almacenes de marca. Nada más lejos de la realidad que está triste premisa.

Entonces al no lograr estos exagerados objetivos, caemos en la astuta trampa de la apariencia sobre todo en nuestra querida capital bogotana, en donde los centros comerciales son visitados por personas que se endeudan por divertirse y comprar durante seis horas, y después pagar durante seis meses ese “ratico” de desahogo personal, a través de sus tarjetas de crédito.

Pero resulta mucho más importante el qué dirán y la ansiosa e inoperante necesidad de aprobación y aceptación social para destacarse, brillar y ser mejor que el vecino, los familiares y amigos. En estas circunstancias, se disimula la angustia y el vacío existencial de sobrevivir, “actuando” como si todos fueran felices y estuvieran en paz.

Fingir ser feliz

Fingir que se está bien, que no estoy solo, que puedo con mi carga, que las cosas se arreglan y solucionan sin mi esfuerzo, que mañana será otro día y que puedo vivir el “presente” sin saber quién soy y qué es lo que en realidad necesito.

Actuar como si nada hubiera sucedido, como si no tuviera miedo de mi lado oscuro, como si ya hubiese perdonado a quienes me hirieron, como si no me dejara ganar del desquite y la venganza, como si portándome bien pensara que no puedo portarme mal, como cuando digo ¡Sí! queriendo decir ¡No!

Estas actitudes son inútiles y destructivas, pues más temprano que tarde, el inconsciente pasa la cuenta de cobro, representada en la vejez prematura, las crisis nerviosas y enfermedades no identificadas, crónicas o psicológicas.

El verdadero “karma” humano es el de fingir, negar, manipular y soportar una realidad escrita desde un guión personal muy triste y agotador, basado en el apego, la dependencia emocional, el miedo a crecer y volverse autónomo. Esta insoportable confusión personal, es la que hace que mi fracasó interior se siga disfrazando de éxito.

La actitud “triunfadora” de superioridad está basada en la certeza de una inferioridad, que durante muchos años ha dominado mi vida impidiendo fortalecer mis recursos naturales de reflexión, transformación y sanación personal.

Quítate las máscaras y deja de fingir una fortaleza interior que no existe. Observa todo el daño que te haces al reaccionar ante los deseos y las críticas de los demás. Ten consciencia de toda la energía vital que gastas por aparentar lo que no eres. Puedes empezar el cambio ahora y decidir tener dominio de ti mismo. Cuando huyes de la realidad bloqueas la acción y le das vía a la depresión. Esa es una reacción automática basada en el miedo a asumir las propias responsabilidades.

“Shenpa” el comienzo de la adicción

En el Tíbet a esta situación de sufrimiento y deterioro emocional se le llama “Shenpa”, que significa “apego” o “engancharse” a otra persona, animal o cosa, como una urgencia por controlar al otro y una compulsión por actuar de un modo que no es habitual.

Este dolor emocional es proporcional a la cantidad de deseos exagerados que el ego produce diariamente.

Una vida plena, no es otra cosa que estar presente para ti y para el otro. Cuanto más cuides de tu cuerpo, tus emociones y tu mente, más agradecimiento recibirás de tu ser esencial, reflejándose en una armoniosa paz interior, es decir, una “Iluminación” que se siente al elegir la sobriedad y el dominio de sí mismo, por encima de las reacciones automáticas de las emociones tóxicas y los impulsos desbordados.

Se calcula que dentro de diez años la era humana desaparecerá y las máquinas podrán igualar la capacidad de inteligencia natural por la inteligencia artificial, conocida también como “la era de la singularidad”.

Sin embargo, una buena opción sería la de fusionar estas dos vertientes para adaptarnos a una nueva raza. De lo que sí estoy seguro, es que el corazón y los sentimientos profundos del amor propio y el amor hacia el otro, jamás serán superados ni reemplazados por ninguna máquina.

Por eso recuerda que tienes el derecho a dar y recibir amor; tú mismo al igual que todas las personas de este mundo son merecedoras de apoyo, compasión y afecto. Muy seguramente después de conocerte tal y como eres y ser capaz de quererte a ti mismo, podrás afirmar con claridad: ¡Puedo ser feliz! ¡Puedo y quiero estar bien! ¡Puedo vivir en armonía y paz conmigo mismo y con los demás!

Finalmente repito que en occidente el fracaso y la frustración interior se disimulan con el éxito social y económico, por eso la adicción a la tecnología avanza tan rápidamente, cobrando víctimas de un sistema antivalores en donde se antepone lo superficial y temporal a lo trascendental y esencial.

La tecnología no podrá reemplazar nuestros recursos internos de reflexión, transformación y capacidad de sanarnos, desde la orilla de la bondad amorosa hacia nosotros mismos.

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