Silva y Villalba aún viven… y siguen cantando

Silva y Villalba aún viven… y siguen cantando

13 de diciembre del 2012

Fotos: Juan Carlos Escobar

Al entrar a la casa de Rodrigo Silva, en Ibagué, veo un montón de personas que quieren escuchar la entrevista. Él está sonriente, me da un fuerte abrazo y enseguida me pregunta qué música escucho. No sabe que sus canciones me traen a la mente olores, sabores, recuerdos de mis abuelos. Que oyendo las canciones de Silva y Villalba –cuyas letras no entendía– pasaba las tardes jugando dominó con mis primos o esperaba, en duermevela, la llegada del Niño Dios.

Escuchar a Silva Villalba es sentir la historia de una región y una época que se inmortalizó. Si uno les pregunta el secreto para permanecer en la memoria de muchos, ellos dirán que su música entra por los oídos y se queda en el corazón, que no hay una forma exacta para alcanzar un estatus y que todo está en el alma del artista.

−Yo no le creo que usted sea fan de nosotros −dice Rodrigo−. A nuestras fans ahora las llevan…pero en silla de ruedas y camilla. Son un montón de viejitas. La música colombiana está en cuidados intensivos. Es más, seremos los primeros en “vanagloriarnos” de acabar con nuestro folclor. Yo solo escucho ruido. Ruido por todas partes. No música.

Villalba aún no ha llegado. Hoy ha hecho una excepción, pues no acostumbra salir de su casa. Rodrigo Silva tiene 67 años; Álvaro Villalba, 81.

Silva me cuenta que en la época que comenzaron tuvieron que competir con “duros, duros”, como Garzón y Collazos, el dueto de Antaño y Los Tolimenses, entre otros. Su popularidad de esa época les permitió hacer giras con los Visconti, Los Panchos, María Dolores Pradera, Javier Solís, Vicente Fernández y Antonio Aguilar. También me dice que fueron los primeros en grabar un CD en Latinoamérica.

En esa época –años setenta− muchas mujeres recibían declaraciones de amor con canciones como Me llevarás en ti o Soñar contigo.

Rodrigo no solo tiene fama de coqueto y mujeriego, sino que todavía lo es. Se casó ocho veces. Villalba dos, y cada uno tuvo cinco hijos: algunos les siguieron sus pasos, pero ninguno ha logrado brillar con la fama de sus papás, sobre todo porque esta música ya no es popular.

Silva y Villalba
En 1968, Silva y Villalba grabaron su primer disco, Viejo Tolima.

−Las mujeres siempre han sido nuestra inspiración −dice Silva−. Yo adoro las mujeres y no descansaré hasta ver que se tomen el mundo: la mujer es responsable, mientras que nosotros somos unos zánganos.

Por la puerta entra Álvaro Villalba acompañado del brazo de Rodrigo, uno de los hijos de Silva. No conoce muy bien la entrada porque es la primera vez que viene a esta casa, a la que Rodrigo se trasteó hace un año, después de vivir por 25 años en otra residencia inmensa de 15 cuartos, piscina, cancha de tenis, muchos árboles y un gran estudio de música. La casa que todos en Ibagué saben que era del “maestro”, alguna vez conocido como el “aventurero”. En este último trasteo tuvo que botar antiguos recuerdos, pero conservó los más importantes, como su estudio de grabación, donde pudo desarrollar su sello discográfico SVG –Silva y Villaba Grabaciones−, sus instrumentos musicales y una inmensa colección de libros. Es un lector empedernido y, según dice, los clásicos de Alejandro Dumas, Honoré de Balzac y José Asunción Silva le sirvieron de inspiración para componer canciones. “La vena de escritor viene desde mi bisabuelo materno. Tomás Ramos Rivera, primo de José Eustasio Rivera”, cuenta.

Hoy el maestro Villalba está de muy buen humor. Tiene un par de ojos brillantes que hablan por él. Cada vez son menos las palabras que usa. Rodrigo, por su parte, acapara la mayor parte de la conversación o ayuda a Villalba a responder. Ahora que los veo sentados juntos, después de 45 años de carrera artística, con más de 500 canciones grabadas, 40 discos y un montón de historias de vida, se nota que jamás se sintieron unos divos.

Ambos tenían un dueto antes de conocerse: Silva y Faccini, y Villalba y Guzmán. El inicio formal del grupo fue en el Concurso de la Orquídea de Plata de la disquera Philips, en 1968. Su primer disco fue Viejo Tolima con éxitos como Al sur, Oropel y Soñar Contigo.

Ambos ríen y dicen que el secreto para durar juntos tantos años es no hablarse nunca. Silva, por ejemplo, sabe que a Villalba ya no le gusta firmar autógrafos al final de las presentaciones y por eso es él quien asumió la tarea de sentarse a firmar acompañado por una botella de agua que siempre está llena de aguardiente Tapa Roja.

La única vez en todos estos años que el dueto se separó, el asunto se convirtió en todo un problema de interés público; desde el Gobernador de la época hasta el Obispo les llamaron la atención. “Entre un montón de gente nos citaron en una finca y nos alzaron en hombros. No sabíamos nada y nos terminaron botando uno encima del otro. Y ya, ahí fue la reconciliación”, explican.

Silva y Villalba
 A pesar de que los años no han pasado en vano, Álvaro Villalba (izq.) y Rodrigo Silva se rehusan a dejar de tocar.

No ha pasado más de una hora y Rodrigo se ha fumado cerca de tres cigarrillos. En la cara mía y del fotógrafo se dibuja una pregunta obligada, que él responde de inmediato.

−Yo solo tengo cáncer. Todavía rumbeo, tomo, fumo y me siguen encantando las mujeres.

Desde hace 18 años Rodrigo tiene cáncer en la garganta. Ha pasado por varias cirugías. La más dura, una de 23 horas en la que le sacaron “medio pescuezo” y le tuvieron que reconstruir la garganta. A pesar de que los médicos hablaban de un 20 por ciento de probabilidades de que sobreviviera, aún sigue vivo. Tampoco quedó mudo. Cada año, médicos de todas partes lo vienen a visitar para conocer el secreto de este músico cuyo caso es excepcional.

−Maestro, ¿cuál es el secreto? −le pregunta uno de los amigos que ronda en esta casa por la que pasan tantas personas.

−Mi secreto es que siempre estoy enamorado y por eso nada me duele. Me enamoro todos los días.

Villaba lo mira callado y solo se ríe. Cada vez que interviene es para dar un apunte exacto o para contar un chiste. Álvaro tuvo una isquemia cerebral hace algunos años, razón por la que no puede mover una parte de su cuerpo. Sin embargo, el dueto aún canta y se presenta con un guitarrista adicional. Normalmente se dedica a leer y a ayudar en su casa.

Mientras tanto, Rodrigo se mueve como pez en el agua, reedita canciones en su estudio, les agrega violines y hasta manda a hacer cajas con el título: Silva y Villaba, Colección de oro para venderlas a sus conocidos. “La cajita tiene uso doble: sirve para los cds y también para guardar las cenizas después del horno crematorio”, dice Silva.

Entramos a su estudio de grabación y nos cuenta sobre la composición de distintas canciones, en especial de Reclamo a Dios, la canción que le compuso a Armero. Además, en su sala reposan dos inmensas fotografías del día de la tragedia.

Silva y Villalba
Ambos creen que la música colombiana está en “cuidados intensivos”.

−Estuve en Armero y vi en medio del lodo el cráneo de una niña: pequeño y con el pelo largo. Al lado había un coche con una muñeca y esa imagen se quedó grabada en mi cabeza por mucho tiempo. Así nació está canción: “Perdón, señor, si te pregunto dónde estabas aquella noche que volteaste la mirada. No quisiste mirar hacia mi pueblo…Aquel Armero del pasado ya no existe”, tararea.

De esa misma forma nacieron otras canciones como Ya se murió mi viejo, compuesta en honor al papá de Rodrigo, que falleció cuando él apenas tenía un año; Viejo Tolima, la historia del desplazamiento, y Puedes irte, compuesta con todo el despecho del mundo para una de sus tantas novias.

Después de hablar de la letra, le pide a su hijo que le traiga dos guitarras.

−Usted hágase el Villalbo, le dice Rodrigo a Álvaro, mientras le pasa una guitarra y  comienzan a tocar un poco de Me llevarás en ti, la canción que más les pide su público y que compuso el maestro Jorge Villamil, otro amigo inseparable de este dueto.

Silva nos muestra el libro que escribió sobre La vida y obra de Silva y Villalba. Allí está la foto del día en el que los nombraron Mariscales de la Hispanidad en Nueva York, en 1989. Un título que hasta ese momento solo le habían dado a Julio Iglesias, Placido Domingo, Cantinflas, Toña ‘La Negra’, Pedro Vargas y Tito Puente. Ese día es del que más hablan, el que más recuerdan, alrededor de 700 mil personas se dejaron llevar por la música de Silva y Villaba. Los aplausos llegaron como una avalancha y fueron el único grupo que no se pudo bajar de la tarima sin interpretar más canciones de las previstas.

En medio de tantas anécdotas que le quedan en la cabeza a ambos músicos, no se les olvida cuando tocaron en la inauguración del restaurante Las Margaritas, propiedad de los Ochoa en Medellín. Su hijo Rodrigo le pregunta si va a contar eso, y Rodrigo responde: “No hay que decir que eso no pasaba cuando sí, y sigue pasando con los músicos.”

Silva y Villalba
Rodrigo Silva permanece buena parte de su tiempo en el estudio de grabación de su casa.

Precisamente, una de tantas noches Rodrigo se encontraba en su bar en Bogotá, cuando llegaron dos hombres a preguntarles si podían tocar esa noche.

−Hoy no podemos, tengo que atender acá −dijo tranquilo, aunque presentia de parte de quién venían.

−Maestro, a nosotros no nos mandaron a preguntarle a Silva y Villaba si querían ir, sino a llevar a Silva y Villalba.

Eran los hombres del narcotraficante Rodrigo Gacha y esa noche, por supuesto, tuvieron que tocar. Les pagaron lo de la presentación más el doble de lo que se ganarían en ventas en el bar. También ocurría lo mismo con Pablo Escobar, quien era un hombre “mucho más callado, no de tan buen humor como Gacha”, pero los llevaba con frecuencia a Nápoles por intermedio de un tercero que los contrataba.

El maestro Villalba ya se tiene que ir. Se despide formalmente y agradece esta charla. Rodrigo se queda hablando de sus proyectos a futuro.

−¿Les conté de mi nuevo proyecto? Es la historia de un hombre al que se le muere el papá, el abuelo y la mamá el día que nace. Después se muere en Semana Santa infectado de rabia porque lo muerde un perro que le regaló su mejor amigo.

Precisamente ese mejor amigo era Rodrigo Silva, quien ahora quiere incursionar en la literatura, otra de sus grandes pasiones. Por eso no es raro que su casa sea un punto de encuentro para tertulias entre algunos literatos como William Ospina, Eduardo Santa y Carlos Orlando Pardo.

Silva abre la puerta y entra el “ruido insoportable” del que tanto habló, el que se diferencia exponencialmente de su música romántica. Me pregunto si su vecino sabe quién es Rodrigo. Tal vez sí. “Ese ruido” es un reggaeton a todo volumen. Nos mira y ríe. Dice unas últimas palabras: “La juventud no puede querer lo que no conoce”.

@JuanaRestrepo87