Sobre la muerte: Gabo, Pacheco, Panesso Robledo, Bernardo Hoyos y otros muertos

28 de marzo del 2016

Segunda parte de esta tertulia entre los fantasmas más queridos de Colombia.

Sobre la muerte: Gabo, Pacheco, Panesso Robledo, Bernardo Hoyos y otros muertos

-Organicemos, proclamó el maestro Germán Arciniegas, a quien le dieron autoridad para dirigir este encuentro. Todos lucían muy elegantes, como figuras sentadas en sus puestos, porque los cuerpos no estaban.

Lea aquí la primera parte de esta tertulia

Voy a emitir mis conceptos primero, para no volver a hablar, anunció Arciniegas. Y después me suceden quienes no han tenido todavía el uso de la palabra.

-Yo no tuve tragedia alguna con la muerte. Siempre pensé: el día que me lleve me llevará. Y yo estuve listo para decirle ¡siga!, no tengo dificultad ni opongo resistencia.

Nunca pensé nada extraordinario sobre la muerte ni supuse que habría resurrección. El único interés que siempre mantuve fue el de alargar mi vida para tener más experiencia y completar algunos libros pendientes.

Y dicho lo anterior, como meditando nuevas palabras, quedó en suspenso por algunos segundos, pero no dijo nada más. Le dio el uso de la palabra a Abelardo Forero Benavides, quien estuvo por 50 años en la vida pública, con muchos éxitos y aplausos.

-Tampoco le tuve miedo a la muerte, comenzó Forero Benavides. Es justo que se aproxime segura y lentamente. Además es inexorable, mucho más cuando ya superaba los 80 años, tras una vida fecunda.

Confieso que en esos días finales, aumentaron mis arrebatos religiosos y estuve pensando mucho en cielo e infierno, contemplando la grata sorpresa que sería una existencia al otro lado de la muerte, aunque fuera en el purgatorio. Siempre puse en duda la reencarnación, pero opté por no descartar nada. Aprendí en mis estudios filosóficos que no hay verdades rotundas.

El nuevo orador, Antonio Panesso Robledo, se acomodó las gafas, se puso de pie y quienes le conocimos su buen humor nos preparamos para una exposición inteligente y amena, como en efecto ocurrió:

La verdad pensé lo menos posible en la muerte, pero heme aquí, dijo arrancando sonrisas. Pero cuando encaré el tema, se pregunta uno si existe el más allá, una reencarnación, o simplemente con la muerte se acaba todo. La respuesta es distinta, según las épocas y los momentos de la vida. Yo pasé por la incredulidad, otras por el estudio y al final estuve en el escepticismo total. O sea que terminé mis días sin importarme ni lo uno ni lo otro.

Quise profundizar. – ¿Pensaba usted en la reencarnación?

-Obedece más bien a esa tendencia del hombre, muy vanidosa, a no desaparecer sin tener en cuenta que hay miles y millones de chinos que desaparecen. Los colombianos creen que ellos no.

-Qué pensaba del más allá?

-Como lo entiende la gente, es decir, la supervivencia individual, no. Pero más allá en el sentido de que el cosmos apenas empieza y que es un fenómeno que va más allá del hombre y que no podemos comprenderlo, sí. Son dos cosas distintas, pero en la supervivencia individual nunca creí.

En la tierra tenemos todo lo que vamos a tener. La materia no desaparece como la energía no se destruye. Y somos como energía, algo no destruible, pero eso no quiere decir que permanezcamos como personas, como la identidad que teníamos.

García Márquez levantó la mano, pero el maestro Arciniegas le pidió esperar. Estaba en turno otro intelectual de renombre, don Bernardo Hoyos. Y como en sus tiempos de Caracol, donde pude observarlo por muchos años, habló profundo y seguro, como si estuviera leyendo un documento preparado con esmero. Pero no, aquí también improvisó:

-La muerte es el destino de toda carne mortal. Johann Sebastian Bach decía: “Komm, du sübe todesstunde” –Ven, dulce hora de la muerte-. Un filósofo francés del siglo XVII señalaba: “La muerte no existe, cuando yo vivo ella no está, cuando muero ella estará, pero yo no me doy cuenta”.

Otro filósofo afirmaba: “Es un dolor tan grande que me mata”, “es un dolor más grande que nos mata”. Leyendo ese bellísimo libro que se llama Paideia, del alemán Werner Jaeger, se encuentra que desde los tiempos de los griegos se pensaba que el hombre injusto, racionalmente injusto en vida, iba a los hades, que es una especie del infierno de los cristianos. Mientras tanto, el hombre bueno y justo, justo en la sociedad, iba a lo que ellos llamaban “la isla de los bienaventurados”, que viene a ser una prefiguración del cielo cristiano.

-Tomó aire el maestro para nuevas disquisiciones, pero se atravesó Emeterio (el de los Tolimenses) para pedirle “menos carreta”, despertando la incomodidad general por la falta de maneras con el maestro, quien –como siempre- mantuvo su compostura.

-Yo siempre creí en la vida sobrenatural, mi estimado Emeterio. Los humanos son y nosotros fuimos una composición muy extraña de alma y cuerpo, pero cuando se separan el alma y el cuerpo, el alma o el espíritu permanece. Para algunos, lo ideal sería que ese espíritu sumiese para toda la eternidad en una especie de gran espíritu universal que viene a ser a la hora de la verdad Dios.

Emeterio pasó por encima del orden que trataba de imponer el profesor Arciniégas y se echó su historia:

-Cuando yo estaba vivo, la muerte sí me daba mucho miedo. Ahora no. Pero admito que eso de la reencarnación sí está en mis planes, después de ver tantos programas de televisión. Cuando un ser humano muere va a cierto sitio, se perfecciona y vuelve al mundo convertido en otra persona. Hay pruebas de eso. O si no, ¿por qué unas personas nacen con tantas aptitudes para la pintura, la poesía, el dibujo, y para tantas artes sin tener en sus ancestros a nadie vinculado con esto?

Fernando González Pacheco, Kienyke

Terció entonces Fernando González Pacheco, el alegre animador de televisión, al que se le vio triste en sus últimos días, adrede alejado de amigos y gente del medio.

-Admito, empezó diciendo, que el miedo mayor era al sufrimiento previo a la muerte. Me asustaba que fuera doloroso o prolongado, que me convirtiera en una carga pesada para los demás.

Ese miedo está latente, lo tienen y lo tuvimos todos. Pero me ratifico en el convencimiento de que la vida se acaba y se acaba de una vez, lo cual me permite decir que no creo en la reencarnación, aunque por algunos momentos tuve dudas y eso me parecía tremendo.

Le tuve miedo casi infantil a la olla hirviendo, la del infierno, y lo veía como horroroso. Le tuve miedo a la palabra eternidad, por absurdo. Si Dios es infinitamente justo y sabio, no es posible que uno vaya a ser castigado. Debe haber un momento de perdón para que ese sufrimiento se acabe.

Yo, con menos autoridad que todos y quizá por tener menos tiempo libre, sugerí agilizar las exposiciones. Estuvieron de acuerdo de inmediato y se dispuso, como en el Congreso de la República, un tiempo limitado para los oradores.

Carlos Arturo Rueda C (el formidable narrador deportivo): -Yo creo que si hubo un presente debe haber un después. Como en la radio, debe existir una señal de enlace, un hilo que nos conecte entre vivos y muertos.

Julio Arrastía Bricca (conocido en vida como “la biblia del ciclismo): -Nunca puse en duda que había un más allá, como lo llaman. Pero no creí en la reencarnación, meterse en el cuerpo de otro. Sostuve la teoría de que uno muere y el espíritu se va, lo abandona, se va a otro mundo, ya sea al cielo o al infierno. La carne que uno tiene se pudre, desaparece. El espíritu sale a buscar el premio o el castigo.

Fanny Mickey, todavía con su pelo rojo: – Las religiones nos enseñan a malentender la muerte. Han debido no asustarnos tanto. En mis tiempos plenos sostuve ser fatalista, que uno se muere y desaparece, el día que le toca y no la víspera. Si hay reencarnación me gustaría volver a lo mismo.

José Pardo Llada, de origen cubano, adoptado por Cali y Colombia: -Un par de veces que intentaron matarme estuve pensando en la muerte, pero después dejé de hacerlo. Nunca le puse cuidado al tema de la muerte. La viví plenamente hasta que dije: hasta luego, adiós. En mi mesa de noche tenía la frase de un poeta: “Cuando llegue el día del último viaje me encontraréis ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar”.

Rodrigo Arenas Betancourt

Rodrigo Arenas Betancourt: -Nunca le tuve miedo a la muerte. Me tocó verla de frente, pero mientras tuve resquicios para seguir viviendo lo hice con alegría. Pasé por el suicidio, mentalmente, y tuve grandes amigos suicidas, pero no fui capaz de llegar hasta allá.

El más allá no existe, ni existe el más acá. Venimos de otra parte, no en el sentido ideológico sino físico, químico. Eso es indudable. Y vamos hacia alguna parte. Sobre la reencarnación la pienso posible, pues al fin y al cabo cada hombre en el fondo es la reencarnación de otro que existió antes. Lo planteo con don Miguel de Unamuno: “Al fin y al cabo lo único eterno que hay es el espermatozoide que dio origen al primer hombre y que dará origen al último”.

Carlos Fuentes, el brillante escritor: -Yo pertenezco a una cultura en la que la muerte es inseparable de la vida y para los mexicanos es muy difícil hacer la distinción, hay muerte y hay vida, allá todo es vida, incluyendo la muerte. En el fondo no le temo a la muerte porque sé que la muerte es condición de la vida y sé que todos descendemos de la muerte y esa es una condición para que otros vivan. ¿La reencarnación?. No creo que pueda darse, salvo en la literatura. Sé que hay otra vida, pero sólo en la imaginación literaria.

A estas alturas de la mesa redonda, García Márquez ya estaba de mal genio. Seguramente por eso fue tan lacónico:

-No me clasifico en materia religiosa para no herir susceptibilidades, y no tengo ninguna razón para hacerlo. -¿Qué si hay más allá y reencarnación?. –Si no se es consciente no vale la pena. La gracia de la reencarnación sería que uno supiera cómo fue antes y naciera con la experiencia de antes, pero si no se es consciente da lo mismo que exista o no exista.

Cuando ya la agenda estaba agotada se paró al fondo un viejo de cabellos blancos, poco conocido en Colombia. Se identificó como Francisco Umbral, en efecto renombrado escritor español.

-Déjenme, por entrometido, decir unas últimas palabras: Morirse es una milésima de milésima de segundo, es pasar a otro estado en el que uno ya no participa. Y esa milésima de milésima la hemos engrandecido con una retórica mortuoria, a la que llamamos muerte.

Y dicho esto desapareció el espanto. O los espantos, para ser más precisos. Como en las películas, los invitados desaparecieron.

(Todas las afirmaciones de los personajes citados son tomadas de entrevistas realizadas por el autor en distintas épocas, en los últimos 20 años)

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