Sobrevivir a un intento de suicidio

17 de noviembre del 2017

Porque la única razón que le hacía falta a Juan para querer vivir era estar frente a la muerte.

Sobrevivir a un intento de suicidio

Hace dos años Juan**, que entonces había acabado de cumplir 24 años, intentó suicidarse. Era un domingo de esos de enero en Bogotá, soleado y cálido. Juan estaba solo en casa. La idea de la muerte ya llevaba mucho tiempo dando vueltas en su cabeza. La muerte iba y venía con él a todos lados. La muerte lo tentaba. La Muerte lo miraba y le sonreía.

Juan es un hombre alto, delgado, y de pelo largo, oscuro y desordenado. Su rostro es fino, infantil incluso, y a pesar de su barba, se ve como una especie de ‘niño bueno’. Ojos cafés. Gestos serios. Casi no sonríe. En poco más de dos horas de charla se va tomando a sorbos largos dos tazas grandes de café oscuro y sin azúcar. Con el pulso un poco tembloroso se fuma un cigarrillo tras otro.

“Entre más lo pensaba –dijo Juan–, más claro tenía que no había ni una sola razón para vivir. Ninguna”.

Ya le habían diagnosticado un serio trastorno bipolar. Tomaba unos antidepresivos que lo dejaban amodorrado y perdido. Juan no sabía dónde empezada la realidad y dónde ese otro plano que se podría llamar ‘fantasía’. Era como un hombre de ninguna parte. Pero aun así, resistía e intentaba seguir vivo porque “a lo mejor, había algo que hiciera que la vida valiera la pena”. O podría haber, también, algo que lo empujara a matarse “de una maldita vez”.

Y la “maldita vez” se hizo realidad. La tarde anterior a ese domingo fatídico, Juan fue a encontrarse con Laura**, su novia de un par de años. Desde unos días atrás, ella se había vuelto distante, fría, y surgió entre los dos, Juan y Laura, un profundo abismo que ninguno pudo saltar. “Pero de todas maneras ella era el amor de mi vida”, dijo Juan.

Se vieron en un café de Chapinero. No hubo muchas explicaciones. La charla más bien resultó corta y concisa. “Ya no te quiero Juan –soltó Laura sin anestesia–. Creo que hay alguien más”. Y remató su discurso fatal con una frase que Juan no va a olvidar nunca: “además, no puedo ser feliz contigo”.

Juan lo tomó con calma al principio. Respetó la decisión de Laura y no le dio muchas vueltas al asunto.

Se despidió sin aspavientos y caminó un rato por ahí, sin un rumbo fijo. Si bien, la ‘terminada’ no fue la razón por la que él decidiera suicidarse, sí resultó la gota que rebosó el vaso. Esa noche llegó a su casa, se bebió media botella de vino, escribió un poco, y se acostó a dormir. O intentó, porque el sueño le llegó muy poco, como por tandas cortas, y entre la vigilia sentía que algo le oprimía el pecho.

Juan, que no es un hombre de fe, le pidió a Dios una razón para vivir. Puede que, precisamente por eso, por su falta de fe, su petición no fue atendida. Y entonces, como una avalancha, se le vinieron encima todos sus problemas. La profesión de Juan es la música, y él, por desgracia, no podía vivir de eso. “La música a duras penas me daba para comer, para sobrevivir”.

La falta de plata, la depresión; la idea artística de que el mundo era demasiado grande, confuso y horrible; la soledad, la tristeza. La terrible depresión, ligada a su trastorno bipolar. Y, más que ninguna otra cosa, la certeza rotunda de que este planeta no tenía absolutamente nada bueno que ofrecerle.

Y de tanto luchar contra sí mismo, se cansó; “no más”, se dijo, y se bajó, de un golpe, más de 15 píldoras de un poderoso medicamento.

Todo para Juan fue oscuridad y silencio.

Se despertó en la sala de urgencias de un hospital público. Dice que las escenas de esa noche son borrosas y confusas. Recuerda el sonido de la sirena de la ambulancia. Recuerda que su hermana iba al lado de él. Recuerda la cara de una paramédico que le alumbraba los ojos con una linterna. Recuerda que, cuando estaba en la sala, acostado, llegó un tipo con la camisa manchada de sangre.

Abrió los ojos antes del mediodía del lunes siguiente. Más o menos 14 horas no existen en su memoria, o existen como una suma de escenas inconexas. Tenía una sonda incómoda que le atravesaba la nariz. Apenas se despertó, vomitó “hasta el alma”. Estuvo en observación por un día más.

No lo enviaron a un hospital mental porque los médicos consideraron que no hacía falta. Sin embargo, sí le indicaron una serie de terapias a las que no podía faltar. De alguna forma, Juan entendió que si había sobrevivido era por algo. Algo tenía el mundo que mostrarle. Algo que estaba más allá de los límites, dolores e imposiciones de su cabeza. Porque la única razón que le hacía falta a Juan para querer vivir era estar frente a la muerte.

**Nombres cambiados por solicitud del entrevistado.

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