Sonata claro de Luna: la obra mágica

Sonata claro de Luna: la obra mágica

20 de Marzo del 2017

No es difícil imaginar la ceguera; para hacerlo, tan sólo hay que cerrar los ojos y dejarse llevar por la sensación de oscuridad. Y en medio de las tinieblas, uno piensa en otra manera de percibir el mundo. Se podría hacer a través de los otros sentidos: el tacto, el olfato, el oído y el gusto. Si el ciego pretendiera sentir a otra persona, lo único que tendría que hacer sería pasar por él o ella sus manos. Acariciar su rostro, palpar sus formas, o sino dejarse llevar por los olores de ese otro. No lo ve pero lo siente. ¿Y qué se podría hacer con aquello que no se puede oler, palpar o probar, como un atardecer, un amanecer, el amor?

Seguro que debe haber una manera. La música, por ejemplo, lo puede lograr. Esta es la historia de cómo una mente única pudo acercar a una mujer ciega, a eso “no material”; a eso sin olor; a eso sin sabor. Esta es la historia de Ludwig Van Beethoven y la Sonata en piano número 14, la mundialmente famosa Sonata Claro de Luna.

Beethoven rayaba los treinta años. Era el año 1801. Lentamente se iba quedando sordo. Hacía poco había perdido a uno de sus más queridos discípulos. Se sumergía en el horror de la tristeza. Además estaba enamorado de la joven condesa Josephine Brunswick, pero por distintas circunstancias, el músico y la mujer no podían hacer mucho juntos.

Ahogado en una fuerte depresión, una noche Beethoven quiso dejarse llevar por su angustia. Junto a un amigo caminó por las calles de Bonn hasta llegar a un barrio muy pobre. Entonces un amable sonido atrajo de inmediato la curiosidad del músico. Se sorprendió cuando, en un viejo cuarto, sentada junto a un sencillo piano, vio una frágil mujer que ejecutaba algunas notas.

Dónde aprendió a tocar fue lo primero que preguntó el maestro. La joven respondió que lo hizo escuchado a una de sus vecinas que practicaba las obras de un tal Ludwig Van Beethoven. Entonces, él quedó maravillado por la forma de tocar de ella.

Otro detalle, sin embargo, llamó aún más su atención: la joven estaba ciega.

Beethoven permaneció un buen rato en la humilde casa, hablando con la mujer. Y se dejó llevar por las emociones y le habló a ella sobre lo complejo y difícil que era ser músico. Pasaron así la noche, entre charlas y música. Entonces Beethoven sintió la urgente necesidad de darle a la mujer algo a cambio de su tiempo y su gentileza. Ella respondió que él ya le había dado mucho a través de su música.

—¿Qué otra cosa más podría darle? preguntó el maestro—. Algo más, lo que sea…

La mujer respondió que ella quería, ni siquiera él podría dárselo.

—¿Qué es?  —insistió Beethoven.
—Un claro de luna —dijo la mujer—: quiero ver un claro de luna.

Y Beethoven, entrando ya en la sordera y como gesto de agradecimiento, compuso para la dulce dama lo que a hoy es, y por mucho seguirá siendo, una de las piezas más maravillosas y magistrales de la historia de la música.

En las notas de ese piano subliminal, el Maestro intentó atrapar y recrear un claro de luna. No se ha demostrado si “el cuento” de la mujer ciega es real o no. Los puristas de la música lo niegan. Los románticos aceptan abiertamente la idea. Sin embargo, si al escuchar esa pieza se cierran los ojos y se pierde uno en sus acordes perfectos, en su ritmo que hechiza, en sus silencios, en sus sostenidos y bemoles, como bien lo quiso el maestro, no sólo podemos ver el claro de luna, sino oírlo y sentirlo como si estuviera dentro del cuerpo. La música hace magia.