El hombre que salvó el mundo

El hombre que salvó el mundo

27 de agosto del 2017

Hace 32 años debió haber desaparecido el mundo. A estas alturas todo sería frío y oscuridad; no caminarían sobre esta tierra sino cucarachas. Ni usted ni yo estaríamos contando el cuento.

Llegó a haber, entre 1945 y 1989 un arsenal nuclear tan desproporcionado que cada hombre estaba sentado sobre cuatro kilos de dinamita. La terrible capacidad destructiva de la raza humana había crecido exponencialmente y la lección de la Segunda Guerra Mundial no se aprendió correctamente.

Si no fuera por Stanislav Petrov, quizás hubiéramos dejado de existir.  

Stanislav Petrov tiene unos ojos azules, profundos y con aire castrense. Su piel es blanca y en su rostro se dibujan los rasgos duros, propios de los eslavos del norte. Lleva con elegancia el uniforme del Ejército ruso.  

Septiembre 26 de 1983. Moscú, antigua Unión Soviética. Centro de defensa aeroespacial rusa. Búnker Serpujov-15.

Petrov ha pasado más de 24 horas sin dormir. Es teniente coronel estaba al mando del Cometa, un sistema satelital ruso de monitoreo que avisaría en caso de un ataque sorpresa. 

En una inmensa pantalla se ve todo el mundo, especialmente los Estados Unidos, en donde, distribuidos en seis bases militares, hay más o menos mil mísiles nucleares; suficientes para destruir el planeta tres veces.

Desde el comando central ruso le habían ordenado a Petrov estar en alerta máxima: en cualquier momento –así estaban de terribles las cosas–, los Estados Unidos lanzarían su mortífero arsenal atómico.

Era sólo cuestión de tiempo. Apenas un par de semanas antes, por un error, la defensa aérea soviética había derribado un avión coreano: pensaron que era un misil. Murieron 269 personas, casi todos civiles, entre ellos el congresista gringo Larry McDonald.

Quién sabe qué clase de oscura movida del destino había puesto a McDonald en ese avión. A partir de ese instante, las relaciones entre las dos potencias llegaron a su punto más problemático desde la crisis de los misiles del 62 y, faltó poco, una orden, una llamada, una firma quizás, para que algún desquiciado presionara el botón rojo y la tierra, tal cual se conoció, desapareciera por completo bajo un hongo de fuego, polvo y cenizas. Horrendo panorama.            

9:45 de la noche. El Coronel Petrov se echa un poco de agua del lavamanos y luego camina lentamente por un largo pasillo pobremente iluminado. Lleva bajo su mano una carpeta roja que contiene los protocolos, diseñados por él mismo, que se deberían seguir en caso de un ataque del enemigo norteamericano.

Se sienta en su silla ejecutiva y ve la enorme pantalla: no hay novedad. Se sirve un té que acompaña con galletas. “La rutina era la misma, —dice Petrov— Se acercaba el momento de que la nave espacial entrara en órbita. Estábamos preparados sólo por si acaso. Y ese ˊpor si acasoˋ ocurrió.Estalló la alarma, un sonido aturdidor y enervante que confirmaba lo peor: un ataque nuclear estadounidense.

Petrov, con una calma fría, alza la mirada de su té y observa la pantalla: En letras enormes, como un anuncio de neón dice: ¡ATAQUE! ¡ATAQUE!.

“La primera reacción fue de shock —comenta Petrov a un periodista de History channel— Algo para lo que debíamos estar preparados estaba ocurriendo. Había un panel de estado al frente mío, y a la izquierda, la señal de un mísil lanzado por los Estados Unidos y un número uno, un mísil, un solo mísil. La probabilidad indicaba que era una alerta de nivel máximo.”  

Para que se verificara la autenticidad del riesgo, una súper computadora soviética debía verificar treinta niveles de seguridad. Entonces, firme, pero nervioso, Petrov se paró de su asiento y empezó a dar órdenes. La alarma seguía sondando desesperadamente. Lo primero,  y también lo más urgente, consistía en verificar la autenticidad de la señal. 

El reloj seguía corriendo: 28 minutos para el impacto.

Todo apuntaba a que sí, efectivamente, había un ataque, explica Stanislav Petrov, y sólo faltaba una confirmación visual. Debido a la falta de dicha confirmación, el comandante del Cometa  no avisó, aún, a sus superiores.  “Si yo decidiera que era un mísil real, la condena de mando estaría amarrada a mis conclusiones y la respuesta no se haría esperar. Es como la regla de los gallos en el gallinero —comenta Petrov—: el primer gallo comienza a cacarear y los demás le hacen coro por todo el pueblo.”                    

22 minutos para el impacto.  

Ninguno de los oficiales rusos encontró fallas en el sistema y la situación empeoró: el radar detectó otro cohete y luego un tercero, un cuarto y un quinto; todo en menos de tres minutos. Stanislav Petrov estaba frente a una de las más importantes encrucijadas de la historia humana. Importante también sería la decisión que tomara. 

“Cuando hay un lanzamiento masivo —explica— es imposible fallar y la mitad de la población sería destruida de inmediato”.     

19 minutos para el impacto.  

Si Petrov hubiera alertado del ataque, el potente andamiaje militar de la URSS se hubiera puesto en marcha y Yuri Andropov, secretario general del partido, sin posibilidades, sin dilaciones, sin dudas, sin que le temblara el pulso, habría tenido que dar la orden de una respuesta inmediata. Aquella frase tantas veces temida, “Disparen las bombas”, habría sido pronunciada en un oscuro salón del Kremlin, en Moscú. Menos de una hora después, la civilización entera se extinguiría en una terrible caldera de fuego, humo y cenizas.      

13 minutos para el impacto.    

Petrov no podía dar más larga al asunto y tenía que informar inmediatamente al cuartel general. En momentos así, tan agobiantes, tan definitivos, el tiempo corre más rápido y la mente humana pareciera bloquearse. Petrov pensó en su familia, en las familias de sus amigos, en el mar, en los atardeceres, en los animales, en las ciudades más bellas del mundo, los lugares que no conoció, el  pueblo en el que creció y todo, de pronto, se nubló con una espesa niebla atómica.  

11 minutos para el impacto.  

“Tenía que tomar una decisión —dice—. En ese momento lo menos riesgoso era evaluar los mísiles detectados como una falsa alarma. Luego de que pasaran diez minutos llegó el alivio: las estaciones de localización por radio sobre el horizonte no encontraron nada, por tanto la decisión que tomé fue confirmada. La alarma era falsa. La detección era falsa”. 

Así fue como los rusos estuvieron a punto de borrar al hombre de la faz de la tierra. El evento es conocido como Incidente del equinoccio de otoño.  

La falsa detección se había creado por una rara alineación de los rayos solares que eran reflejados por la tierra hacía las antenas del satélite.     

El incidente avergonzó al Ejército ruso y Stanislav Petrov fue usado como chivo expiatorio. Se le forzó a un retiro prematuro.

En enero de 2006 las Naciones Unidas lo condecoró como ciudadano destacado del mundo.         

Actualmente vive de su modesta pensión, con su esposa y sus dos hijos, en Friázino, una localidad del occidente de Moscú.

¿Si hubiera sido otro hombre el que ocupara el lugar de Stanislav Petrov, o si el incidente hubiera sido al revés, qué habría pasado?