Los niños de Cali que con instrumentos de basura se salvaron de la violencia

18 de agosto del 2014

Tambores de Siloé es el grupo de música del Pacífico más curioso de Colombia.

Los niños de Cali que con instrumentos de basura se salvaron de la violencia

En la galería de mercado de Siloé se forma un alboroto. Golpes de tambor resuenan entre los mesones donde reposan las cebollas, plátanos, limones y tomates. Junto a una mujer que desgrana arveja comienzan a vibrar ritmos de marimbas. Los inquietos sonidos ponen a danzar a toda la plaza.

Es inevitable que vendedores y cargueros no muevan sus hombros, caderas y pies ante la interpretación de una chirimía caucana a cargo de un grupo de pequeños, quienes logran tan pegajosas melodías con instrumentos hechos a partir de basura.

Levantaron la plaza con cantares del Pacífico. Sus conciertos también arrasan palmas y bailes en las calles y centros comerciales de Cali. Son niños y niñas de entre 8 y 14 años de edad. Son víctimas de marginación y vulnerabilidad económica. Viven en el extremo occidental de la ciudad, tierra que emana más pobreza que oportunidades.

Son pequeños que en las noches escuchan tiroteos de pandillas y en el día temen ir a la escuela porque pueden ser sorprendidos por una bala perdida. Son chicos que, como en Potrero Grande, son incitados por grupos ilegales a iniciarse en la delincuencia, así que si no fuera por la música o el deporte, estarían seguramente engrosando las listas de criminalidad en la sultana del Valle. Son amantes del currulao, el abozao, la chirimía y los montajes de los diablitos como ritmo africano. Son el grupo de música con instrumentos reciclables Tambores de Siloé.

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La Comuna 20 es una de las subregiones de Cali que más ha sufrido por causa de la violencia urbana. Queda en el extremo occidental de la ciudad y en ella están algunos de los barrios más peligrosos de la capital del Valle del Cauca. Siloé, una de sus localidades, reparte sus casas y calles en la verticalidad de la montaña. En el barrio hay fronteras invisibles creadas por pandillas o grupos delincuenciales que controlan el flujo de drogas y armas que luego comercializan en la profundidad del conturbado.

De acuerdo a la Personería de Cali, en la Comuna 20 se han identificado 26 pandillas que conforman al menos 450 jóvenes, muchos de ellos menores de edad. “Es la localidad que más pandillas registra por número de barrios (…) las agrupaciones están al servicio de los ‘urabeños’ y ‘los rastrojos’. Esta relación ha desatado una guerra a muerte entre pandillas por el control territorial para el comercio de estupefacientes, y por el monopolio de ese ilícito negocio en esta zona de la ciudad”, relata un informe de la Personería.

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A veces no son las balaceras las que alteran el silencio de la localidad sino los golpes de tamboras y marimbas de un grupo musical de jóvenes, que a falta de dinero para armar una sinfónica, optó por aprovechar materiales de la basura.

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Levantaron la plaza con cantares del Pacífico. Tocan su música con instrumentos hechos a partir de material reciclable. 

Héctor Javier Tascón, el director musical del grupo Tambores de Siloé, explica que esta iniciativa nació en septiembre de 2010 y hoy tienen vinculados a 1.00 menores de edad, distribuidos en varios grupos en los que aprenden a hacer música y la practican también.

“Todos son pelados que sienten atracción por la música, por su música. Ellos mismos nos buscan, aunque vamos a hacer presentaciones a colegios con los niños que ya están vinculados, para seguir invitando a nuevos participantes”, cuenta el director.

“Aunque la música es el centro de nuestro trabajo, hemos cuidado de articular varios ingredientes importantes para este proyecto de responsabilidad social de la Fundación Sidoc. Es mezclar el aprendizaje musical con habilidades para la vida”.

Su premio mayor: poder interpretar su música en la galería o la calle

Para Héctor Javier Tascón los niños y adolescentes que hacen parte de su grupo son víctimas. “Sí, son víctimas de marginalidad y exclusión. Víctimas de la delincuencia y las fronteras invisibles. Hemos perdido muchachos de nuestros cursos porque nos dicen: profe, quisiéramos ir a clases de música pero no podemos porque ese sector lo controlan otros pandilleros. Muchas veces nadie va a las prácticas por los tiroteos y otras veces hemos estado dando clase y las balas nos pasan por encima de la cabeza”.

Los niños, cuando logran participar en el proyecto, comienzan de ceros en un camino que les promete llevarlos a presentaciones a la Cali que no conocen, esa del centro, de los edificios y complejos comerciales. La mayoría jamás ha salido de su barrio.

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Tocan en los centros comerciales, las calles, plazas de mercado, colegios y parques públicos. Les encanta verse rodeados de curiosos que terminan bailando sus interpretaciones. 

Primero los introducen en los ritmos de sus ancestros, los que llevan en la sangre por su origen chocoano, caucano, nariñense y en mucho africano. Todo en su música será percusión.

Ellos mismos construirán sus instrumentos. “No se utilizan elementos peligrosos. Nada es riesgoso y los niños tienen la experiencia de ensamblar sus propios instrumentos”, dice Tascón, quien inventó los objetos que producen tan calientes ritmos, y además los bautizó.

Tienen ‘Marimbotellas’, que son marimbas elaboradas con láminas de madera de chonta y tienen, en su parte inferior, varios tarros de agua reciclados que sirven de resonadores o amplificadores.

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Integrante de Tambores de Siloé construyendo una ‘Marimbotella’

También construyen ‘silocobombos’, elaborados a partir de los tarros de pintura grandes que sobraron de una jornada de pintura en las calles de Siloé. Los niños los adecuan con cuerdas para colgarlos a sus espaldas y prueban la fuerza de su sonido al golpearlos con palos de escoba.

La ‘silococaja’ es también un cuñete de pintura con cadenetas atravesadas. Son como pequeños redoblantes que justo abajo tienen otro balde desocupado que les permite hacer sonidos más graves. “Es como una batería”, dice Tascón.

Y el ‘bernáfono’, construido a partir de grandes tubos de pvc, que al ser golpeado con el aire emite sonoros golpes de bajo.

“Teníamos que pensar en instrumentos de fácil construcción, fáciles de transportar pero que además fueran capaces de generar música. No nos servían instrumentos con materiales alternativos o reciclados, que cuando se ponen a funcionar no suenan”, añadió.

Video: Así suena Tambores de Siloé

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Luego de que el niño construye su ‘marimbotella’, ‘silocobombo’, ‘silococaja’ o ‘bernáfono’, aprende el lenguaje musical. “Los proyectos musicales están atravesados por el manejo de estructuras rítmicas y aprender sobre notas. Pero finalmente el interés, cuando quieres hacer música, es aprender a tocar un instrumento y no tanto aprender a leer la partitura”.

Los ritmos del Pacífico les son muy familiares y amigables a los niños de Siloé. La mayoría que llega a la banda confiesa saber cantar y bailar las sonatas de ‘Los Diablitos’. Adicional a esto, aprenden a tocar músicas juveniles como el rap chocoano o el ‘choke’.

“A la par con el trabajo musical, es importante enseñarles a trabajar en grupo, ser cumplidos, resolver los conflictos, saber comunicarse, ser creativos”, añade.

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Los pequeños construyen y tocan sus instrumentos. Logran hacer brotar -de lo que se consideraba basura- las mejores melodías. 

La metodología que allí se aplica no es la de castigo y sanción. Los menores participan de forma voluntaria y, si cumplen con el aprendizaje musical y la formación en valores, reciben el mayor de los premios que esperan: poder tocar en una presentación pública en alguna calle, centro comercial, plaza de mercado, parque y hasta tarima de Cali.

Las clases son de seis horas semanales, más otros espacios en los que psicólogos y trabajadores sociales los atienden en sesiones complementarias. “Queremos rediseñar el programa para que en Tambores de Siloé participen 240 muchachos”.

La música les hizo olvidar que sufren la marginación

La música les ayuda a los niños a cambiar la visión del mundo oscuro que han recibido por nacer donde nacieron o vivir donde les tocó vivir. “Los chicos aprenden usando onomatopeyas para interpretar un mensaje como derechos humanos, desarrollo infantil, y traducirlos en música”.

El profesor Tascón dice que el proyecto no busca solo formar estrellas de la música, sino personas con proyectos de vida. “Hay niños que aprenden muy rápido y se vuelven muy buenos en esto y van cambiando de grupo donde hay otros de sus amigos con muy buenas habilidades musicales. Otros niños son muy malos musicalmente, pero son pelados que están ahí, que llegan puntuales, que han aprendido valores y tienen habilidades sociales. Puede haber niños muy talentosos que no tienen habilidades sociales, así que no pueden avanzar en los grupos hasta que no logren lo más importante que es lo social. Y no es que lo planteemos como niveles, sino que el avance a algunos les permite formar un proyecto a partir de la música”, cuenta.

Tascón ha tenido la experiencia de lograr que algunos de los menores de Tambores de Siloé, que quieren dedicarse a la música, puedan aprender en el Conservatorio de Música Antonio María Valencia, una prestigiosa institución caleña de bellas artes a la que difícilmente podría ingresar un joven de escasos recursos.

En esas oportunidades, la música destruye las barreras de dos mundos a veces separados solo por el brillo y la suerte. Niños ricos y niños pobres se reúnen en el mismo salón para aprender a tocar los mismo instrumentos e intercambiar las sonrisas propias de la creación artística. Allí no existe la diferencia.

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Los niños de Tambores de Siloé y su instructor, Héctor Tascón (camisa azul).

¿Por qué deciden presentarse en la calle, en lugares públicos en medio de las personas, y no en muestras sobre tarima?

A veces esos proyectos se vuelven elitistas. Me refiero a creer que los conciertos deben hacerse en las mejores salas. Los chicos se desconectarían del barrio y ese barrio reclama su presencia. Pero cuando el joven toca en el parque, en la galería y en la calle, da el mensaje de que todavía sigue siendo parte de su barrio.

¿En cuáles eventos grandes han escuchado a Tambores de Siloé?

Hemos estado en Cali Exposhow, en el Teatro Municipal, en la Universidad Icesi, en la pasarela del Pacífico. Es curioso porque son eventos que se consideran exclusivos, y llegamos con el grupo y hacemos nuestra música popular. Es una mezcla muy chévere. Tenemos la idea de llevarlos a Medellín y a Bogotá. Las presentaciones son las alas de los muchachos a participar en el grupo.

¿Qué les dicen los chicos ahora, cuando ustedes con la música los distraen de la violencia?

Ellos no tenían ni siquiera la idea de un proyecto de vida. Dicen que acá la pasan muy bien. Ha sido una nueva forma del uso de su tiempo libre. Al menos tienen las herramientas por si quisieran dedicarse a la música, pero ellos dicen que disfrutan más el tiempo libre; se lo gozan.

Twitter: @david_baracaldo

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