“Me siento orgulloso de mi fama como taxista proxeneta”

“Me siento orgulloso de mi fama como taxista proxeneta”

12 de julio del 2017

“Me siento orgulloso de mi fama como proxeneta huilense”, dice mientras me mira sonriendo por el espejo retrovisor. Con voz estruendosa se pavonea de su éxito cumpliendo las fantasías de cientos de hombres que buscan un rato de diversión en brazos de bellas mujeres. Es una profesión que se forjó recorriendo las calles de Bogotá a bordo de ‘La Sucursal’.

Luis Fernando* va dejando salir sus palabras al mismo ritmo que aumentan las unidades del taxímetro. Ésta es una carrera que hace más como fachada que como negocio. Ser taxista no le deja mucho dinero, pero sabe que para generar grandes ganancias no existe mejor aliado que ‘La Sucursal’, un Hyundai Atos algo destartalado en el que cumple la misión de contactar a sus clientes con un selecto catálogo de prostitutas.

Al momento de abordar el taxi, Luis Fernando hablaba por celular con uno de sus clientes. “Ya le dije que para este fin de semana no se las tengo. Le va a tocar ayudarse y echarse una mano con eso”, decía, “En ese tiempo solo le traigo pura niña ‘culimba’ (sin cola). Deme plazo y le traigo de mi tierra buenas niñas. Usted sabe que como buen proxeneta huilense siempre le doy lo mejor”.

Debí lucir extrañado ante esta conversación poco usual porque de inmediato me miró por el espejo retrovisor. “¿Qué pasó, mijo?”, preguntó con su voz grave. Lo único que atiné a preguntar fue “¿Qué tiene de especial que sea huilense?”.

Me miró al principio con desconfianza, pero luego volvió a sonreír. Se acomodó en su silla con una mano en el manubrio y la otra en la ventana, y exclamó con un notorio exceso de confianza:”En este negocio todos saben que los del Huila se consiguen las mejores muchachas y que los proxenetas de allá somos los mejores”.

Escuchando de fondo música popular, este taxista empezó a contarme acerca de su negocio, más ofreciendo sus servicios que otra cosa: “Yo amo a ‘La Sucursal’. Es como una bendición. Me da lo de las carreras pero también sirve como prostíbulo móvil, ¿sí me entiende? Recojo a las niñas y las llevo donde los clientes o al revés”.

Pero su labor va más allá de solo el transporte de prostitutas y adinerados clientes. Él se encarga de toda la cadena. Asegura tener el contacto con reclutadores expertos que seleccionan a las muchachas directamente desde la ciudad de Neiva, las cuales deben ser aprobadas por él mismo. “Si me piden las de mejor calidad, esas son las opitas”, asegura.

Él mismo se encarga de traerlas a Bogotá, o las recoge en la terminal de transporte. Por la operación pide el 30% de cada transacción, un negocio rentable teniendo en cuenta que cada fin de semana puede trabajar con hasta cinco prostitutas que cobran entre $500.000 y un millón de pesos por noche, ganándose así entre $750.000 y $1’500.000.

“Además me ahorro lo del local. Ellos se deben encargar del ‘estadero’. Es la ventaja de que mi negocio sea en cuatro ruedas, yo los llevo a moteles y los recojo, y solo pago lo de la gasolina”, dice Luis Fernando mientras consiente el tablero del carro como si se tratara de una mascota.

Para algunas de sus trabajadoras, lo que Luis Fernando cobra es un precio muy alto, así que en muchas ocasiones le han ofrecido hacerle ciertos “favores” para no pagarle su porcentaje. “Uno es de carne. Al principio aceptaba, pero luego lo cogieron de costumbre y ya no ganaba dinero. Negocios son negocios. Yo hago esto por plata, por nada más, así que ya no acepto esas ofertas”.

La fama lo persigue. Su Whatsapp está a reventar de conversaciones de sus clientes. Muchos de ellos son ‘doctores’, personas con mucho dinero que quedan fascinados con la belleza y fogosidad de las mujeres que logra conseguir.

“Mi doctor, ¿cuando le he quedado mal? Si quiere a esa niña le toca esperar porque ya está agendada”, le comenta a uno por mensaje de voz. “¿Cómo la quiere? ¿Alta, chiquita, flaquita, trozudita? Diga no más”, le dice a otro. No importa que tipo de mujer le pidan, porque la conseguirá.

Sigue hablando todo el camino divirtiéndose a costa de esos caballeros tan respetables que se desahogan con las exuberantes señoritas con las que trabaja. Hace gala de su confianzuda labia y de vez en cuando saca una estruendosa carcajada o se pone a cantar una canción de Alzate que suena por la radio.

Al llegar a mi destino, y tras pagar la carrera, me miró de nuevo detenidamente. Sacó una tarjeta de la guantera y me la entregó: “Me cayó bien. Cuando quiera me llama. y la primera se la dejo a mitad de precio”.