El tecladista de Carlos Vives que creyó ser Dios

14 de junio del 2012

El músico colombiano Carlos Iván Medina, quien decía sentir en su cabeza la corona de espinas, cuenta cómo escapó tres veces de la clínica siquiátrica Monserrat.

Carlos Vives e Iván Medina

Carlos Vives e Iván Medina

Carlos Iván Medina llegó a la casa de un amigo para contarle que él era Jesús. Se señaló la cabeza y le dijo: “Si me toca aquí, puede sentir la corona de espinas”. Luego, frotándose las manos, agregó: “Cuando hago así, puedo sentir los huecos por donde me clavaron”. Su amigo le preguntó si ya le había contado a alguien más que él era Jesús. Carlos Iván asintió y dijo que acababa de llegar de una iglesia donde le había arrebatado el micrófono a un cura para contarle a la gente que él era Cristo, el rey: Dios. Su amigo le recomendó contarle a su papá y Carlos Iván se fue a la casa de su viejo a contarle las buenas nuevas.

Carlos Iván es uno de los mejores tecladistas de Colombia. En 1987 conformó la banda Distrito Especial. En el 1994 ingresó a la banda de Carlos Vives, La Provincia, como tecladista, corista y compositor, y en 1995 formó parte de la banda Bloque de Búsqueda. Es la cabeza creativa detrás del proyecto ‘Pombo Musical’ y ha trabajado con artistas como Carolina Sabino y Andrea Echeverry, entre otros.

Considera que nunca tuvo adolescencia. Su papá era muy parrandero y él tenía que acompañar a su mamá y sus hermanas gran parte del tiempo. Tenía que estar pendiente de todo y no podía bajar la guardia, era casi el hombre de la casa.

Durante los 3 o 4 meses en que se creyó Cristo, casi no dormía ni comía. Pasaba el tiempo leyendo y tocando el piano. Leía el I-Ching y libros de filosofía oriental con una intensidad desbordante. Hablaba mucho y no dejaba hablar a nadie. Era medianamente funcional, ya había grabado el primer disco de Distrito Especial y nunca dejó de visitar a sus amigos. Pero no encontraba sentido a nada, todo le parecía ridículo y tenía una gran insatisfacción con la realidad. No comprendía que hubiera gente pidiendo plata en la calle y que otros fueran tan ricos. Eventualmente resolvió que lo único válido en la vida era el amor. Y decidió que él era la rencarnación de Jesucristo. “Algún gen de Jesucristo debía haber llegado a mí”. Fue así como decidió promover el amor diciendo ser el hijo de Dios.

Tenía 29 años cuando su papá decidió que su hijo, Iván, estaba loco. Eran las 4 de la tarde, y a pesar de que instintivamente comenzó a correr, se dejó atrapar y se subió al carro con su papá, quien lo llevó hasta la Clínica Monserrat mientras discutían el tema con tranquilidad. Cuando llego a Cuidados Intensivos de la Monserrat (C.I.M.), donde se hace la evaluación inicial, encontró que todo, los platos, las toallas, las sillas, las sábanas, estaban marcados con sus propias iniciales (Carlos Iván Medina). Entonces supo que tenía que pasar por ahí. Era su destino.

Iván Medina
Carlos Iván se unió a la banda La Provincia, de Carlos Vives, en 1994.

Había 4 camillas con enfermos acostados sobre ellas, y un pequeño cuarto donde están todas las enfermeras. También dos cuartos como acuarios, cada uno con una camita, una mesa de noche y un baño. No había intimidad, podían observarlo todo el tiempo, pero tenía un botón de seguro por dentro. Le hicieron preguntas a su papá y a él le dieron una ducha para asegurarse de que no traía nada peligroso consigo. Entonces le pusieron una sudadera con chancletas y lo encerraron en uno de los cuartos. A las 7:00 p.m. le dieron una pastilla para dormir y no volvió a abrir los ojos hasta el día siguiente hacia las 5:30 a.m. Estaba feliz. Pensaba en ir a visitar a una amiga y de repente advirtió que estaba encerrado. Entonces comenzó a pensar: “Estoy preso… estoy preso… estoy preso… ¿Cómo hago para salir de aquí? Tengo que tener el control de mi vida…”. Sintió taquicardia, se paró de la cama y le puso seguro a la puerta. Todas las enfermeras dormían. Entró al baño del cuarto y vio una reja en la ventana, así que volvió a salir al cuarto a mirar por la ventana, que tenía un vidrio de seguridad de una pulgada de ancho que daba a la calle. Se puso las pantuflas, levantó el cubo metálico que servía de mesa de noche y lo lanzó contra el vidrio ocasionando un gran estruendo.

Las enfermeras se despertaron y comenzaron a gritar su nombre. Se prendió una alarma con luces rojas. Carlos Iván volvió a levantar la mesa de noche y volvió a lanzarla contra la ventana, que esta vez se rompió. Entonces saltó hacia afuera y salió corriendo a la calle. Sus pantuflas quedaron en el caño de la 134 y él siguió corriendo para cruzar la avenida 19.

Vio que salía un Renault 6 blanco, una ambulancia con tres enfermeros, una enfermera y una camisa de fuerza, y siguió corriendo hasta la casa de su mamá a pocas cuadras. Allá llegó su papá y luego de conversar un rato aceptaron que se hubiera escapado y decidieron darle otra oportunidad. De allí se fue a recoger su moto a la casa de unos amigos, en la Candelaria. Se varó en la Avenida Jiménez y lo recogió la policía, que lo encontró sin papeles. Asumieron que la moto era robada y, como él no llevaba su cédula consigo, lo llevaron para la estación de la Universidad de los Andes, donde debió llamar a su papá, quien al verlo en esas circunstancias, decidió internarlo otra vez.

Volvió a entrar por Cuidados Intensivos, donde permaneció por tres días. Esta vez lo metieron a un cuarto que no daba hacia la calle, pues ya era considerado un paciente de riesgo. Allí conoció a una paciente que de unos 17 años, una jovencita con unos delirios terribles que contaba que la habían violado cuando era niña, en las montañas, y que había tenido que escaparse a salvar a sus hermanitos. Tenía múltiples personalidades y se desdoblaba. Después lo pasaron a Media Clínica, que es el paso siguiente después de Cuidados Intensivos. Allí los pacientes todavía se limitan a los pasillos y asisten a terapias en grupo, donde cada integrante es interrogado y cuenta su propio problema. Estando en Media Clínica, en las terapias, lo reconoció un fan paisa y se volvieron amigos. Allí lo sometieron a un cuestionario en que debía explicar por qué estaba allá. Carlos Iván contó que su familia quizá pensaba que estaba loco porque consumía marihuana, pero que él entendía que su estadía en la Monserrat era un aprendizaje por el cuál debía pasar para entender a la humanidad.

Iván Medina
Medina fue diagnosticado con un Brote Psicótico.

Lo diagnosticaron con un brote psicótico. Un brote como un grano. Su adolescencia tardía. Una semana más tarde volvió a escaparse por la ventanita de un baño sin tener que romper un vidrio. De allí salió y volvió a la casa de su mamá, donde llegó su papá y lo convenció de volver a internarse. Volvió a Cuidados Intensivos, donde estuvo solo un día, y después volvieron a pasarlo a Media Clínica. Entonces debió compartir el cuarto con un hombre que actuaba como un autómata, no caminaba, era como si se lo estuvieran llevando. En el cuarto también dormía un hombre que era filósofo, y hablaba de Nietzsche con total propiedad, casi académicamente, hasta que alguien le mencionaba a su mamá, y entonces entraba en una crisis psicótica demente.

Todos los días lo despertaban a las 7:30 AM, le daban media hora para arreglar el cuarto y arreglarse y a las 8:00 AM debía estar desayunando. Luego le daban un descanso hasta las 9:00 AM, y entraba a la primera reunión del día hasta las 11:00 AM. Otra hora de descanso, almuerzo y luego otra reunión. El día se acababa a las 9:00 PM, después de la comida y otro rato de esparcimiento en donde jugaba ping-pong con sus compañeros de habitación. La mayor parte del tiempo se la pasaba durmiendo, y cuando no, improvisaba canciones en un organito que le había dejado traer consigo. La comida que les servían no era tan grave, había días mejores que otros. El interior de la clínica era todo blanco, casi todo, a excepción de algunas paredes de ladrillo visto. Una vez que lo transfirieron a la última etapa de su estadía en la clínica, pudo volver a ver televisión y así tener contacto con el mundo exterior.

Le daban unas pepas que le bajaban los signos vitales, le relajaban los músculos y le bajaban la guardia. Como una anestesia mental. También le daban pepas para poder conciliar el sueño. No siempre se las tomaba, a veces las escondía debajo de la lengua y luego las botaba sin que nadie se diera cuenta. Conoció también a un paciente que llevaba varios años en la clínica, le gustaba meditar y vivía allí feliz porque decía que era el único lugar donde lo dejaban pensar.

Cuando lo pasaron a la última etapa de la clínica, aprendió a hacer pan en una academia de panadería de la Monserrat, también tuvo acceso a los jardines y a todos los espacios. Todo el mundo fumaba, pues esta era la única actividad que aún les pertenecía, “La última existencia propia y autónoma”, y los cigarrillos son la única moneda que tienen. Hombres y mujeres dormían en cuartos separados, pero en los mismos pasillos, y entre ellos conoció a una pareja de novios, y a un hombre que lo dejaban salir de la clínica algunas horas al día, en que iba a tomarse un café y volvía. Esa última estadía en la Monserrat se acabó cuando el director de la clínica lo autorizó a salirse de allí siempre y cuando siguiera volviendo a diario a Clínica Diurna de 8 AM a 4 PM. Carlos Iván fue tres días y no volvió más.

Clínica Monserrat
Tres veces se escapó de la Clínica Monserrat. Foto: Jose Giraldo.

Una vez fuera de la Monserrat, tuvo que enfrentar la actitud de la gente hacia él que lo trataba como si estuviera loco. Le preguntaban cómo se sentía y se sorprendían al verlo en buen estado físico. Durante un tiempo se torturó a sí mismo pensando en por qué le habría pasado eso a él. Por qué se habría enloquecido, y comenzó a sentirse más loco que cuando estaba loco. Decidió entonces dejar de pensar en el tema y finalmente se calmó. Se disculpó con quienes había ofendido, se perdonó a sí mismo y dejó atrás el pasado. Finalmente la gente volvió a tomar una actitud normal hacia él.

Un año más tarde una de sus hermanas consideró que seguía loco. Carlos Iván tenía la idea de irse a Buenos Aires en moto, pero una tía que vivía allá le mandó el tiquete de avión. Para allá se fue, estuvo un mes y volvió a Bogotá a arreglar sus cosas con la intención de devolverse. Entonces su hermana lo invitó a tomarse un café con un somnífero y él se despertó en una ambulancia, amarrado con una camisa de fuerza. Hasta allí llegaron sus planes bonaerenses.

Volvieron a internarlo. Esta vez le tocó compartir la habitación con un hombre que había sido indigente y un suizo a quien la mujer lo había encerrado porque una vez, borracho, le pegó. Entre todos juntaron monedas y se las dieron a Carlos Iván para comprar cigarrillos. La forma de hacerlo era a través del portero de la clínica. Carlos Iván pasó al lado de la última habitación de la que se había escapado, queriendo saludar a un amigo, pero el hombre no estaba, así que se metió al baño a orinar, y cuando estaba en esas comenzó a mirar la ventana por la que ya se había salido anteriormente. Entonces decidió salirse para ir por los cigarrillos él mismo, pero ya estando afuera decidió escaparse para no volver. Se montó a un bus y llegó al bar de un amigo en la Zona Rosa. Nunca más volvió a pisar la Clínica Monserrat. Se demoró en perdonar a su hermana casi un año, y ya hoy en día es asunto superado.

“Yo no estaba loco, estaba a otra velocidad, pero loco no estaba. Cualquier cosa que la sociedad no entienda sobre un individuo, lo clasifican como locura”, y a pesar de esto, estuvo en la Clínica Monserrat un total de 26 días, en que entendió que no tenía un espíritu tan generoso y tan grande. Dejó de ser tan pretencioso y dejó de creer que era el hijo de Dios.

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