Tejedoras de Mampuján por primera vez en Expoartesanías

Tejedoras de Mampuján por primera vez en Expoartesanías

11 de diciembre del 2018

Este colectivo de mujeres sobrevivientes del conflicto armado colombiano expone tapices que narran las historias de su tierra y de su despojo, con los cuales buscan sacar adelante a sus hijos y a su comunidad.

Gledys López se presenta con propiedad diciendo que viene del pueblo de Mampuján y que es tejedora de sueños y sabores de paz. Así lo demuestran los tapices que tiene colgados en el stand número 435 del pabellón tres, en Corferias, Bogotá.

La artesana, de risa fácil, ojos oscuros y pelo negro tejido en apretadas trenzas, se para orgullosa frente a sus artesanías, que muestran coloridas figuras de personas entre palmeras que se divierten en el mar Caribe.

Esta es la primera vez que las mujeres sobrevivientes de la masacre de Mampuján, en el municipio de María La Baja, al norte de Colombia, participan en Expoartesanías, la feria de productos culturales más grande del país, que se realiza cada año en Bogotá.

Gledys enfatiza en que lograr este espacio es un paso más hacia su meta: crear una gran empresa de tapices y mermeladas artesanales.

Entre los productos estrella de la Asociación Mujeres Tejiendo Sueños y Sabores de Paz están las bolsas ecológicas decoradas con una técnica llamada tela sobre tela, o ‘quilting’ en inglés.

Los visitantes de la feria pronto se dan cuenta de que sus productos no son solo lindos o útiles, sino que cuentan las historias de una comunidad que, con una descomunal fortaleza, sobrevivió a la cruel arremetida paramilitar en los Montes de María.

Tejer para no olvidar

El 10 de marzo del año 2000, el bloque paramilitar Héroes de Montes de María llegó al corregimiento de Mampuján para buscar a 11 personas señaladas de colaborar con la guerrilla de las Farc. Le dijeron a la comunidad que si no se iba del lugar matarían “hasta a los perros”. Los violentos luego se dirigieron a la vereda Las Brisas, donde mataron a 11 campesinos. Las 245 familias que habitaban el pueblo tuvieron que dejar sus hogares llevando consigo lo poco que pudieran cargar.

Después de tres años viviendo en albergues en el casco urbano de María La Baja, se pasaron a un lote donado por un padre católico, el cual solo tenía unos cuantos cambuches. Lo llamaron Rosas de Mampuján.

“Nosotras llegamos al lugar, pero anhelábamos volver a nuestro pueblo, estar en el arroyo, en compañía de nuestros antiguos vecinos. Habíamos dejado de cultivar la tierra, preparar sancocho, lavar la ropa en el río”, cuenta Gledys. Los hombres volvían al antiguo Mampuján solo a trabajar y pasaban las noches en el nuevo asentamiento, pero las mujeres tenían mucho miedo.

Las condiciones para el retorno nunca se dieron. El pueblo quedó desierto.

En 2006, una pareja de misioneros menonitas llegó a la zona, con la idea de iniciar proyectos con las mujeres que no tenían nada que hacer. Fue así como terminaron teniendo clases de costura con Teresa Geiser, la misionera y psicóloga que les enseñó la técnica de ‘quilting’.

Empezaron cosiendo formas geométricas sobre telas de diferentes colores. “No nos sentimos muy identificadas con la técnica, así que le dijimos a la maestra que queríamos contar nuestras historias en los tapices”, recuerda Gledys.

Con aguja en mano empezaron a recordar. El primer tapiz lo llamaron “Desplazamiento: Mampuján día de llanto”. Cortaron pedacitos de tela para coser la imagen de un abuelo que habían tenido que sacar en una hamaca porque no podía caminar; de una persona cargando un saco de ropa sucia en la cabeza porque no tuvo tiempo de lavarla; de una mamá llevando a un hijo en cada brazo, entre muchas otras escenas. Mientras más cosían, más recordaban.

“Cuando empezamos a revivir todo lo que nos aconteció no hubo otra cosa que hacer sino llorar, llorar y llorar”, recuerda Gledys. “Nosotros pensábamos que ya estábamos bien porque habían venido psicólogos, pero lo cierto es que teníamos esas heridas bien vivas”, añade.

Cosiendo se dieron cuenta de que la única forma de sanarse era recordar: tratar las memorias, narrarlas, machucarlas y volverlas a construir hasta que ya no dolieran más.

“Cuando ya íbamos terminando el primer tapiz nos dimos cuenta de que logramos sacar todo lo que sentíamos y convivir con los recuerdos. Comenzamos a sacar risas del llanto y entendimos que lo que estábamos haciendo era una terapia”, dice Gledys.

Del llanto pasaron a desarrollar una fortaleza descomunal que las ha llevado a hacer exposiciones en diferentes universidades y museos de todo el país. Han realizado talleres de tejido en diferentes comunidades afectadas por el conflicto y han creado una red de aproximadamente 50 mujeres que conocen la técnica y pueden ayudar a cumplir los pedidos que les hacen cadenas de hoteles y otros clientes.

Ya no sienten miedo ni tristeza, solo una arrolladora voluntad de sacar a sus hijos y a su comunidad adelante. “Siempre soñamos con convertirnos en empresarias. No se ha cumplido al 100%, pero estamos dando pasos”, dice Gledys.

Ahora quieren lograr el registro sanitario para sus mermeladas y así empezar a venderlas a gran escala. También buscan ampliar sus bases de datos de potenciales clientes para los tejidos. Para eso piensan usar la vitrina de Expoartesanías.

“Es probable que nosotras nunca lleguemos a comer de las mieles del trabajo, pero nuestros hijos sí”, concluye Gledys.