Un héroe entre los escombros de Armenia

25 de enero del 2019

Hace 20 años la tierra se sacudió y Armenia y otras ciudades cercanas quedaron en suelo. Hubo casi 10 mil víctimas.

Un héroe entre los escombros de Armenia

El 25 de enero de 1999 el cielo estaba despejado y pintaba como un día cualquiera en el Quindío, así lo recuerda el capitán Ciro Antonio Wisa, quien para la fecha era el jefe del cuerpo de bomberos de Armenia. A la 1:19 minutos de la tarde la tierra del café se sacudió con brutalidad. Un terremoto de 6.1 grados en la escala de Richter dejó un saldo trágico de 1.185 muertos, más de 8.000 heridos, unos 600 desaparecidos y un número superior a 14.000 viviendas destruidas. Wisa lo vivió como nadie. Dirigió las operaciones de rescate durante la tragedia.

En medio del drama varios milagros ocurrieron. La vida de Ciro Antonio fue uno de ellos. Recuerda que minutos antes del sismo había salido del comando de Bomberos hacia su casa, al respaldo de su lugar de trabajo. “Cuando estaba abriendo la puerta el mundo comenzó a moverse”, dijo el hombre de 62 años, quien se hizo bombero en 1970, cuando tenía 20, para seguirle los pasos a la niña más bella que se cruzó delante de sus ojos, Blanca María Caballo, hija de un bombero profesional, quien dos años después sería oficialmente su suegro.

Mientras las paredes se sacudían con violencia y algunas de ellas caían a sus pies, el capitán corría al interior de la casa al mismo tiempo que gritaba el nombre de su esposa, el de sus hijos y el de sus nietos, a quienes encontró en el rincón acordado previamente si algún día pasaba algo similar a lo que estaba ocurriendo en ese preciso momento.

Después de poner a su familia a salvo corrió al comando y el edificio no estaba en pie. 15 de sus hombres estaban atrapados bajo los escombros. Pidió ayuda a gritos. Rescataron a diez, cinco no corrieron con la misma suerte. Ni tampoco Edith, la esposa del bombero Rubén Darío Amaya, quien en ese momento le llevaba el almuerzo a su esposo. Una viga le cayó encima mientras se tomaban un tinto en la cafetería del comando. Amaya murió de cáncer muchos años después. Nunca se volvió casar.

Bomberos fallecido en el terremoto de Armenia

Foto: Cortesía. Bomberos fallecidos en el terremoto de Armenia

El capitán Ciro Antonio se convirtió en jefe técnico y operativo de la tragedia. Todas las compañías de socorro y autoridades se reportaban con él. Organizó los puntos de atención y los grupos de trabajo por toda Armenia, la ciudad más afectada. Grupos extranjeros y nacionales de ayuda humanitaria, al llegar a la ciudad, quedaban a sus órdenes. Él disponía al personal dependiendo la necesidad. “La prioridad eran los heridos. Pasábamos por encima de los muertos y ahí los teníamos que dejar. Había que rescatar el mayor número de vidas, esa fue mi orden”, dijo desde su casa en Armenia.

Ciro no pudo disponer de las máquinas de trabajo del cuerpo de bomberos porque todo quedó bajo toneladas de rocas. Corría de abajo para arriba y daba órdenes. En cada punto de parada, después de organizar a los socorristas, se quedaba para ayudar. Escuchaba el grito de auxilio de las víctimas por todo lado y puso escuadras de trabajo en todos los rincones de la ciudad.

Recuerda el rostro de las personas que suplicaban ayuda. Recuerda, también, una escena que al escucharla puede catalogarse entre los milagros que se vivieron aquel 25 de enero. “Era de noche. Podrían ser las 8:00 p.m. del tercer día de rescate y escuchamos a lo lejos unos gritos y llantos infantiles. Llegamos al lugar y después de levantar rocas, paredes y destrozos encontramos con vida a tres niñas y a su mamá. Estaban debajo de una viga de cemento. Éramos 10 rescatistas. Nos ubicamos cinco a cada lado de la viga y la levantamos. Puse mi pierna como palanca mientras que con las manos alcanzaba a una de las pequeñas. Rescatamos a las cuatro, pero el papá de ellas había muerto y quedó bajo la misma viga que nosotros volvimos a soltar. Al siguiente día volvimos al lugar para rescatar el cadáver del padre de esas niñas. Éramos 25 personas en esa cuadrilla y no pudimos mover un solo metro la misma viga que el día anterior levantamos con facilidad para rescatar a quienes sobrevivieron. Aún hoy no me lo explico. Pero así fue”.

No tuvo tiempo para dormir ni para descansar durante cinco días con sus cinco noches. Poco comía, no porque no tuviera; por el corre corre en el que andaba ni se acorbada que tenía que alimentarse. Estuvo de pie hasta que se terminaron de rescatar a todos los vivos.

Tres años después de la tragedia se pensionó, pero aún es bombero voluntario, porque su oficio es de pasión, y aún a sus 62 años está disponible para ayudar si su ciudad o el país lo necesita.

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