Del terror a la esperanza, la vida de inmigrantes en la era Trump

Del terror a la esperanza, la vida de inmigrantes en la era Trump

9 de febrero del 2017

Desde antes de que se conociera el resultado, Lidia Cruz ya veía los efectos de sus incendiarias palabras. Se sentían en el aire; así como en las conversaciones que a diario se daban en el trabajo, las escuelas, las calles. Los adultos tenían miedo y los niños, normalmente tan inocentes y ajenos a estas realidades, también. La policía empezaba a lucir más intimidante. De repente, toda la estabilidad por la que luchaban se veía amenazada por un obstáculo que parecía ya superado. Entonces, Donald Trump tomó la presidencia y todos sus miedos empezaron a hacerse realidad.

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Los efectos, a menos de un mes de haberse posesionado como presidente, ya los están sintiendo. Andrea Mercado, directora de Campañas de la Alianza Nacional de Trabajadoras del Hogar, vive en Florida y suspira cuando escucha el nombre de Trump: “ha militarizado aun más la frontera, ha aumentado la discriminación contra los musulmanes, el alcalde Giménez de Miami deshizo la póliza santuaria. Estamos anticipando que quiten ayudas de comida y otros servicios públicos a niños hijos de inmigrantes. Todo el mundo está en un estado de ansiedad”. Andrea asegura que Giménez está haciendo justo lo que Trump quiere mientras que las demás ciudades santuario, como Los Angeles, San Francisco o Boston, están enfrentándose al nuevo presidente.

Rosa Sanluis, que se apellida como el pueblo en el que nació, es fundadora de organización Fuerza de Valle y afirma algo similar: “Desde que era candidato, Trump ha usado una narrativa de odio, anti-inmigrante; las amenazas de deportaciones masivas y todo ello significaría desgarrar a nuestras familias y causaría muchos estragos en nuestras comunidades”.

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Lidia Cruz, organizadora con Comité de Justicia Laboral en El Paso, Texas, tiene la voz cansada. El trabajo y la necesidad de brindar ayuda a los inmigrantes se han multiplicado en los últimos días: “la nueva modalidad de la policía es la siguiente: los detienen, no les piden seguro, ni nada, pero cuando responden que no tienen papeles, los llevan a investigar. Los engañan y les dicen que sólo tienen que ir a tal parte, pero cuando llegan al lugar, los arrestan sin una investigación. Sin esperar las 72 horas obligatorias para los arreglos de un abogado y sin notificar al consulado, los retienen ahí. Luego los mandan a otro centro de detención, si los familiares quisieran visitarlos, tendrían que pasar por un checkpoint, algo que la mayoría no puede hacer porque no están legalmente en el país”.

Estas tres mujeres pertenecen a la alianza We Belong Together, que trabaja por la búsqueda de condiciones justas para las mujeres inmigrantes y trabajadoras de hogar en Estados Unidos. El país tiene aproximadamente dos o tres millones de trabajadoras, en su mayoría inmigrantes, muchas de ellas ilegales, que trabajan desde niñeras, cuidadoras de adultos mayores y personas en discapacidad, hasta empleadas domésticas. Para estas mujeres, sin importar qué profesión tuviesen en su país de origen, este es el primer trabajo al que pueden tener acceso.

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La mayoría no está legalmente en el país. Casi todas ellas son madres solteras o viudas que viajaron cientos de kilómetros con sus hijos huyendo de la violencia que hay en sus países, de las pandillas, de la miseria. Huyendo de la muerte.

En septiembre de 2015, 100 mujeres, integrantes de We Belong Together, caminaron 100 millas para ser escuchadas por el papa y elevar el mensaje de que el inmigrante merece respeto.

“Ana Méndez* caminó esas 100 millas. Ella salió de El Salvador huyendo de la violencia extrema. Se perdieron en el desierto y casi perdieron la vida y llegaron a entrar en el país, ahora Ana tiene una orden de deportación y tiene miedo de que la van a regresar a El Salvador, donde la situación con las pandillas es horrible. Ella caminó esas 100 millas con los mismos zapatos que usó para cruzar el desierto” contó Andrea.

Llegar a Estados Unidos no significa, ni cerca, la solución de sus problemas. Las mujeres y sus familias, al llegar, se ven invadidas por el terror de encontrarse con un policía que los detenga por su color de piel o ser llevados a la estación por no poder entender bien lo que el oficial les habla.

Llegan sin nada, así como lo hizo Rosa. “Llegué como la mayoría de personas, llegué sin documentos, solo con lo que tenía puesto. No tienes casa, no tienes carro, no tienes teléfono, sólo pude encontrar un trabajo en una casa cuidando niños. Lo primero que encontré para que mis hijos comieran fue como trabajadora de hogar”.

Conseguir un empleo no significa que tengan garantizadas seguridad o estabilidad. “No es verdad que este sea el país de las oportunidades. Uno no viene aquí a trabajar para vivir, aquí se vive para trabajar”. Como si fuera poco, muchas mujeres son victimas de hechos de violencia física, explotación laboral o sexual, trata de personas o robo de salarios.

“Carla, de Nicaragua, trabajó años como niñera para una familia y le pagaban una miseria. Ella no podía cuidar a su hija, así que tuvo que mandarla a su país, separar a su familia, porque no estaba ganando lo suficiente. Ahora está reunida con su hija y trabaja para una familia más humana.”

Para Andrea, los inmigrantes han sido históricamente chivos expiatorios y son culpados de los problemas que pueda tener una sociedad. Sin embargo, el aporte de ellos a los pequeños negocios y a la economía es innegable. Además, dice, que sin las trabajadoras de hogar, muchas personas no podrían hacer no podrían desempeñas sus actividades cotidianas.

Las diferentes circunstancias han convertido a estas mujeres en activistas por la defensa de la mujer inmigrante, sus derechos y sus familias. Han conseguido que se les dé un salario justo y que se les garanticen ciertos derechos y protecciones legales en un trabajo irregular. Sin embargo, el nuevo mandatario de Estados Unidos está generando difíciles y grandes obstáculos para estas mujeres incansables.

Para ellas, las políticas migratorias, tanto las nuevas como las viejas, están destruyendo familias. Sin embargo, la nueva gestión está agravando la situación, puesto que ahora se están dividiendo fronteras y religiones: “Se ha incrementado el odio racial, el odio por el color, el odio por el aspecto”, afirma Lidia.

“Básicamente lo único que hacen los muros es que las personas tengan que cruzar por otra parte del desierto, donde pierden sus vidas. Teniendo en cuenta las situaciones por las que huyen de sus países, deberían recibir un asilo político”, Andrea Mercado.

La situación en Texas puede brindar un pequeño panorama. El comité de Justicia Laboral en El Paso, Texas, ha tenido que ir a hablar con las escuelas porque desde las elecciones, muchos de los profesores han estado amenazando a los niños, diciéndoles que tendrían que coger sus cosas e irse a Ciudad de Juárez (el paso se encuentra al lado de esta ciudad).

Además, según cuenta Andrea, en las protestas anti Trump la policía local ha sido reemplazada por los agentes federales. En el aeropuerto también se ha incrementado la seguridad con los agentes federales y de migración. “No teníamos migración, no se veía tanto. Ahora andan por todo el aeropuerto. El panorama es de terror, incertidumbre y mucha tristeza”.

Sin embargo, ninguna de estas mujeres se rinde, ni lo hará. En Texas, Lidia lucha para que no detengan a los inmigrantes de manera ilegitima o, en caso de que lo hagan, que estén informados y sepan como defenderse en esta situación.

A pesar de lo oscuro que pinta el panorama, ninguna pierde la esperanza. De hecho, al preguntarles por la situación con Trump en el poder, esa es la palabra a la que recurren: “Esperanza”.

“La única cosa que me da esperanza es que las personas se están movilizando, no solo la comunidad inmigrante, sino personas que nunca han participado en una protesta y lo hacen porque lo que está pasando  es horrible. Lo único que podemos hacer es empujar a que los legisladores a nivel local y estatal a que se comprometan y nos respaldan”, manifestó Lidia Cruz.