‘Tinterillos’, personas que desafían la era digital

11 de noviembre del 2017

Estos son hombres que se ganan la vida haciendo ‘oficios’ en el centro de Medellín.

‘Tinterillos’, personas que desafían la era digital

En el centro de Medellín es muy fácil encontrarse con toda clase de personajes llamativos, todos con historias de vida completamente distintas, que día a día tratan de subsistir en esa vasta selva de cemento realizando toda clase de labores. Y son precisamente esos trabajos inusuales, las que día a día le permiten a muchas personas tener una fuente de sustento: los tinterillos, como algunos los llaman, son aquellos que se encargan de tramitar cualquier documento, ya sea un oficio judicial, un derecho de petición o cualquier otro trámite, y son varios los que se encuentran por los lados de La Alpujarra.

Rubén Dario Moncada es uno de ellos y comenta que gracias a este trabajo vive y logra ayudarle con algo de dinero a su madre.

Él es un hombre de 66 años de edad y baja estatura, trabaja desde los 17 años cuando por cuestiones de rebeldía decidió dejar el colegio militar en el que estudiaba.

Nunca se imaginó que se dedicaría a esta labor, siempre pensó en ser abogado o médico, pero por esas cuestiones de la vida y también por no tener los recursos necesarios nunca pudo cumplir sus sueños.

Trabaja desde hace más de 20 años en el sector de La Alpujarra, a él todos o casi todos lo conocen, por eso los que transitan por el lugar no dudan en saludarlo, algunos incluso lo llaman ‘general’.

Por su trabajo cobra entre 4.000 o 5.000 pesos por hoja redactada, todo depende del tipo de documento que vaya a transcribir. En un día promedio se gana aproximadamente 25.000 pesos, pero ha tenido días tan buenos que incluso se ha ganado el doble.

Él antes de empezar a trabajar siempre hace la cuenta de más o menos cuanto dinero tiene que hacer, entre sus cuentas están los 2.000 pesos que tiene que pagar diario por guardar sus cosas en un parqueadero cerca, los 8.000 pesos que cuesta un almuerzo en el sector, los 10.000 pesos que paga diario a un ‘gota a gota’ y de resto afirma, con su mirada fija en su maquina, es ganancia.

La máquina de escribir, el tesoro de los tinterillos

Rubén Darío heredó su primera máquina de escribir de uno de sus vecinos, quien falleció cuando él apenas tenía 19 años y vio que los familiares lanzaron a la basura un montón de artículos por considerarlos inservibles, entre ellos la máquina marca Brother Deluex 1350.

Para Rubén es muy importante tener un limón en su puesto de trabajo, afirma que esto evita las malas energías y llama a más clientes. Un día, dice como anécdota, se le olvido llevar uno y justo su máquina se dañó y no pudo trabajar.

Pero ¿cómo surge el apodo de ‘tinterillo’? Él no sabe de dónde o quién lo inventó, comenta que no le molesta, pero sí lo considera muy despectivo. Por eso le gusta más que lo llamen como un ‘gestor de documentación’ porque, según él, eso le da más estatus a su oficio, ese que para muchos es algo obsoleto en plena ‘era digital’.

Pero no solamente Rubén es el único que vive de hacer este tipo de trámites. Pedro Bedoya lleva trabajando cerca de 10 años en este sector de la ciudad, antes había trabajado 5 años más por el sector del Parque de Bolívar, pero se trasladó porque el trabajo cada día se hacía más duro y también por la inseguridad que experimentó esta zona de Medellín.

Para este hombre este oficio le ha permitido sacar adelante a su familia. Hoy con mucho orgullo comenta que uno de sus hijos vive en España y su hijo mayor vive en Cali, además que lo poco que gana haciendo estos trámites es para gastarlo con su esposa. El arriendo que paga en el barrio Niquitao, cerca de las Palmas, es muy barato y sus gastos son muy pocos.

La vida para Pedro no ha sido nada fácil. Comenta, con un tinto caliente en la mano, que desde muy joven cayó en el vicio de las drogas y el alcohol, que incluso llegó a robarle a su propia familia para comprar licor o meter ‘bareta’.

“Eso es una vida muy dura. En ocasiones prefería estar borracho o drogado que comer. Cuando mi familia me ayudaba me daba rabia, me les volaba de la casa a buscar alcohol o ‘perico’, demoraba tres o más días en la calle como un indigente, sucio, mal oliente y aguantado miradas feas y humillaciones de las personas, pero estoy seguro que un día Dios me sacó de ese mundo”, relata Pedro Bedoya.

Mientras hacia un desacato de tutela para un cliente que llegó porque su eps no le entregó un medicamento muy costoso, cuenta que el último día que se drogó, Dios se le paró en frente y lo hizo entender que con ese estilo de vida lo más probable era que moriría pronto.

Dice que muy poco revela o conversa estos temas con los demás, porque está seguro que nadie le va a creer y menos a una persona como él que ha vivido en el mundo de las drogas y el licor.

Su día comienza muy temprano, pues le ayuda a su esposa a hacer tintos que vende en su puesto de trabajo. Sale de su casa a las 7:20 a.m. y lo hace caminando por la calle Los Huesos hasta llegar a La Alpujarra, en un recorrido que le toma más de 20 minutos.

A las 8 en punto ya está en su ‘oficina’, como le llama, la cual está dotada de una mesa de madera vieja y con la pintura desgastada, tres sillas plásticas para los clientes que lleguen, una enorme sombrilla de colores para el sol o el agua y, por supuesto, el elemento principal, ese que le permite ganar el sustento diario, su máquina de escribir.

Rubén y Pedro son solo algunos de esos personajes, que aunque invisibles para muchos y llamativos para otros, sacan de apuros a más de uno que necesita algún documento.

Lo cierto es que en un mundo con tantos teléfonos inteligentes y computadores con la última tecnología, estas personas con sus antiguas máquinas de escribir parecen desafiar la era digital.

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