Me colé en los conciertos de Iron Maiden y Metallica

15 de marzo del 2017

La destreza de un rockero consumado.

Me colé en los conciertos de Iron Maiden y Metallica

Puede que no haya un solo rockero en Colombia o en el mundo que no sueñe con ver a las más grandes bandas. Iron Maiden, Metallica, Kiss, Aerosmtih, Guns´n Roses, Black Sabbath, Scorpions entre otros. Los costos de las entradas podrían ir desde el millón y medio hasta los 250 mil pesos. Pero Felipe** entró a casi todos esos conciertos sin pagar un peso. Y no es que él trabajara en la logística de los eventos, o que fuera familiar de alguno de los organizadores. Felipe se colaba.

“El primer concierto al que me metí fue el de Iron Maiden en 2008. Era la primera vez que la Banda venía a Bogotá y todo mundo estaba loco por ir. En esos días yo era estudiante como de segundo semestre, y no tenía ni un peso”.

“Casi todos los rockeros andamos pelados: si hay para una cosa no hay para la otra. Yo todo me lo gastaba en buses o en copias, y ni para eso alcanzaba”, dijo Felipe

Efectivamente, el primer concierto que dio la legendaria banda británica en Colombia fue un hito. En aquella ocasión miles de fanáticos llenaron las calles que circundaban el Parque Simón Bolívar. Incluso hubo algunos que acamparon desde días antes.

En el DVD de su gira Fligh 666, Dave Murray, guitarrista de la Banda, dijo que “era nuestra primera vez en Colombia, y tocamos en un parque enorme. Había tiendas de campaña a lo largo de cinco kilómetros. Llevaban allí una semana o diez días para poder estar cerca del escenario. Nunca había visto algo así. Al verlo se te acelera el pulso y te da un subidón de adrenalina”.

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“Yo sabía que no podía pagar la boleta  —dijo Felipe—. Y en realidad no pensaba entrar al parque. Lo que unos parceros y yo íbamos a hacer era comprar unas polas y sentarnos afuera a escuchar. Llegamos al parque como a las dos. La fila era largisíma; pero había más gente por ahí, esperando. Éramos más los que paila. Y de pronto la gente se empezó a calentar. Los únicos que estaban cuidando la reja eran unos chucaros (auxiliares de policía) todos flacuchentos. Entonces un man que estaba re ebrio se paró y gritó algo así como ¡Por Maiden muchachos! Y todos salimos a correr como locos.

“Tumbamos rejas, atropellamos gente, cascasmos policías. Eso fue un despelote. Y abrimos un hueco en la reja y entramos. Me acuerdo que corría por los potreros de ese parque como alma en pena. Y entré. No lo podía creer”, dijo Felipe.

“Ese día cayó un aguacero terrible. Pero nadie se movía. El concierto empezó puntual, a las ocho de la noche. La primera que tocaron fue Aces High. Yo había quedado cerca del escenario. Cuando sonó la canción me puse a llorar de emoción. Y desde ese día me pasó algo: más que el concierto que fue severo, colarme me quedó gustando.

Él es un tipo alto y flaco. Tiene unas manos grandes, huesudas, que tiemblan un poco mientras él sostiene su Piel Roja que se deshace lentamente. Como una estrella de rock de los 80 lleva el pelo largo, liso, negro y brillante, cae casi que hasta su cintura. Viste con una pesada chamarra negra, unos jeans viejos y desgastados y unas Reebook que el mismo llama “clásicas”. Sus gafas Ray-ban de piloto le dan cierto parecido a Cliff Burton, primer bajista de Metallica. Se ve, en realidad, como cualquier rockero.

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Y sí: Felipe es como cualquier rockero. “Pero yo no me veo así siempre —aclara con seriedad—. Cuando voy al trabajo me pongo más elegante y me recojo el cabello con una cola de caballo. Hay personas que creen que porque uno es metalero o rockero, pues es una especie de desechable, de marihuanero o algo así. Sinceramente, y estoy seguro,  que los que piensan que uno, por tener el pelo largo, es un criminal, o una persona bruta, son  gente muy estúpida. Y el mundo está lleno de gente estúpida”.

Puede que la apariencia de Felipe no encaje dentro de algunos de los prototipos que la sociedad moderna impone. Pero a él eso no le importa mucho. No es como se ve; es como es. Y Felipe es un hombre brillante. Se graduó con honores de ingeniería en una universidad pública, y ahora prepara su tesis de grado de Magister en ingeniería de Software, en  una universidad privada, que él mismo se paga con su trabajo.

En la práctica de colarse había algo. Era como si liberara una gran cantidad de adrenalina, que sumada a los efectos sedantes de la música, en Felipe surtía efectos indescriptibles. Fue como si él desarrollara una adicción. Y una técnica para suplir esa adicción.

“Siempre me daba algo de susto. Uno no sabe en qué problema se podía meter. Pero igual me arriesgaba siempre. Lo único que tenía que pasar para que me colara era que los eventos fueran en el Simón. En el Coliseo, en el Campín, o por allá en el norte era más difícil. Ese parque es muy grande y por todo lado uno se puede meter. Sólo hay que pillar las fallas de la logística y listo”, dijo.

“Por ejemplo, en el concierto de Metallica en el 2011, llegué la noche anterior. Salté en una reja, de esas que quedan por el lado de la Virgilio y me metí. Luego me escondí en una parte que había muchos árboles. Ahí me quedé hasta que abrieron puertas al otro día. Tocaba esconderse muy bien. Llevaba una maleta con comida y todo eso. Si me daba chichí hacía ahí mismo, con cuidado. Cuando sabía que todos estaban ocupados con el ingreso, me acerqué a las mallas esas que ponen alrededor del escenario y pasé por debajo. No le voy a negar que es difícil, pero si uno tiene cuidado lo logra”.

El palmarés de Felipe es abultado. Y nunca lo agarraron. Entró, valiéndose de tretas diferentes, a conciertos tan importantes como el de KISS, Aerosmith, Black Sabbath, The Cure, Scorpions, dos veces a Metallica y dos veces a Iron Maiden. No siempre debió saltar o romper rejas, o correr como despavorido. En el recital del 20 de marzo, también de la poderosa banda de rock británica, llevó una boleta vieja de un partido de fútbol, y le arrancó el código de barras. En la entrada del evento dijo que en el despelote —que no podía faltar en un concierto de Rock—, se la habían roto.

Casi que con lágrimas rogó al de logística que lo dejaran pasar. Por supuesto que el no fue rotundo. Pero Felipe insistió hasta el punto de que lo mandaron con el encargado, que mantuvo la negativa. Felipe, que no se rindió, regresó con su pedazo de boleta junto al joven de logística y le dijo, firme y seguro: su jefe me dejó pasar. El tipo lo miró. No le creía. Entonces, con la propiedad que da saber lo que se está haciendo, Felipe entregó la boleta y saltó el torniquete. Dio los primeros pasos despacio, tranquilo, pero sabía que en cualquier momento su treta se iba a caer, así que corrió tan rápido como pudo.

“Colarse en un concierto tiene algo de emocionante; mucho en realidad. Pero hay algo más allá: la música. Uno hace esas cosas es por amor al rock, y por nada más. Todo por el rock.

**Nombre cambiado por solicitud del entrevistado

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