El hombre que desafía al mundo

El hombre que desafía al mundo

20 de marzo del 2011

Fueron ochenta y cinco minutos para la historia. Luego de siete días de protestas antigubernamentales y represión, en ocasiones brutal, el líder de Libia –El Líder, así le gusta que lo llamen, El Líder de la Revolución– se dirigió a sus compatriotas y al mundo. Muamar el Gadafi lució errático, más que nunca. Se dejó ir en un ejercicio de asociación libre que haría sonrojar a Hugo Chávez Frías, quizá el único aliado que le queda, ahora que el final se acerca. Improvisó; leyó las hojas que le pasaban sus áulicos; citó pasajes de su Libro Verde, la catequesis de la revolución libia, inspirada en el Libro Rojo, de Mao; declamó un poema y, cuando le informaron que por problemas de sonido no se había podido oír, lo repitió; repasó episodios sueltos de la historia (la masacre de Waco, Texas; la caída de la Unión Soviética; la batalla por el control de Faluya durante la invasión a Irak; la lucha contra Haile Selassie, emperador de Etiopía); tomó agua; se detuvo a recobrar el aliento; gesticuló amenazante; habló de drogas, barbudos con turbantes, Al Qaeda, la pena de muerte, las cenizas de sus abuelos, beduinos, la juventud de Libia, superpotencias, un califato inminente, Facebook y los medios de comunicación extranjeros, petróleo, palacios y Túnez.

Sus compatriotas lo sufren hace 41 años. Y siempre ha sido así. Una mezcolanza, escribió Robert Fisk, el corresponsal de The Independent en el Medio Oriente, entre “Mickey Mouse y profeta, Batman y Clark Gable y Anthony Quinn en el papel de Omar Mukhtar en León del Desierto, Nerón y Mussolini”. Sí: Nerón. El emperador que tocaba el arpa y declamaba versos mientras la eternidad de Roma ardía en llamas. Si no fuera una tragedia sería una comedia.


Gadafi insistió en discurso de 85 minutos, que no dejaría el poder en Libia.

Gadafi se había dejado ver brevemente el lunes, en su primera aparición ante las cámaras desde que Libia se contagió del espíritu revolucionario que despachó a los déspotas de sus vecinos Túnez y Egipto. El abuelo de las mil cirugías plásticas apareció montado en un campero desvencijado, cubriéndose de la lluvia con un enorme paraguas blanco. Detrás, las ruinas de un edificio. Como si fuera una personalidad de la farándula respondiendo preguntas a los paparazzi, Gadafi organizó unas cuantas palabras de cualquier manera. Comenzó por desmentir el rumor de que había huido hacia Venezuela. Venía de la Plaza Verde de Trípoli, dijo. Había conversado ahí con unos jóvenes. Todo bajo control. La escena completa no duró más de quince segundos.

Mientras tanto, los reportes desde las calles de Bengasi y Trípoli, las ciudades más importantes de este país de seis millones de personas, eran desconcertantes. Ante la ausencia de periodistas independientes que reportaran en directo desde el lugar, reinaban la confusión y la incertidumbre. Se decía que las fuerzas del régimen habían respondido con violencia a las protestas, que los muertos se contaban por cientos. Otros rumores advertían que aviones con mercenarios de Zimbabwe, Nigeria o Chad volaban hacia Libia. Las redes sociales bullían con información imposible de verificar: fotos y videos aficionados que transmitían episodios desesperados, sonidos de tiros y gente huyendo, escenas de hospitales llenos de heridos y cadáveres, personas despedazadas y otras imágenes atroces.

En medio de la zozobra, era claro que el miedo ya no era suficiente para que Gadafi mantuviera subyugados a sus compatriotas. Algunas partes del país cayeron en manos de las facciones opositoras a su régimen. A pesar de la represión, la gente siguió protestando. “Llegamos a un punto de no retorno”, relata Adam Ahmed, un estudiante universitario radicado en Estados Unidos, que ha permanecido en contacto con sus familiares y amigos en Libia. El miedo subsiste, pero no paraliza. Por primera vez en su vida, Ahmed sopesa la posibilidad de que el destino de su país y el del tirano no estén entrelazados.

Para el dictador, sin embargo, no cabe ninguna duda. “Yo soy la revolución”, proclamó desafiante, durante su alocución de ayer; “no me iré de Libia, moriré como un mártir”. Gadafi nació en un campamento beduino en 1941, y creció admirando las ideas de izquierda de Ernesto “Che” Guevara y el nacionalismo de Gamal Abdel Nasser. Con 27 años, y como capitán del ejército, participó en el golpe de estado contra el rey Idris, el 1 de septiembre de 1969. Así comenzó la revolución.

A comienzos de los setenta, el coronel empezó a implementar los principios de la “jamahirya”, una suerte de república popular islámica, con principios consignados en los tres tomos del Libro Verde. En teoría, El Líder no es dueño de los palacios donde vive, ni de la fortuna que despilfarra en fastuosas celebraciones, ni de los camellos que lo acompañan en sus desplazamientos, ni de las reservas de petróleo y gas de su país –las más grandes del continente africano–, que nacionalizó apenas llegó al poder. No, las riquezas de Libia pertenecen a su gente. “Hagan lo que quieran con ellas”, dijo, a propósito del tema, durante su reciente intervención televisiva.

El presidente de Libia se volvió el mecenas de grupos guerrilleros y terroristas de pelambres variados, y también un aliado incondicional de la antigua Unión Soviética. Su presunta participación en varios atentados, en particular la detonación de un artefacto explosivo en una discoteca de Berlín frecuentada por soldados estadounidenses, terminó costándole la vida a una de sus hijas, fallecida durante los bombardeos que en represalia ordenó Ronald Reagan en 1986. Fue desde aquellas ruinas, convertidas en “museo de la destrucción”, que Gadafi pronunció sus palabras el martes. De ahí sus lamentaciones: “bombas cayeron sobre mis casas, mataron a mis hijos; ustedes, ratas, ¿dónde estaban?”.


El coronel que llegó al poder hace 40 años no tiene nada que ver con el dictador que gobierna hoy.

Entre los actos de terrorismo internacional que se le atribuyen al “Zorro de Libia”, el más trágico fue el atentado contra el avión de Pan Am en 1988, que estalló sobre los cielos de Escocia, ocasionando la muerte de 270 personas, en su mayoría ciudadanos de Estados Unidos. Por este suceso, Libia recibió sanciones de la ONU y fue incluida en la lista de países terroristas del Departamento de Estado.

A pesar de su prontuario, y en el contexto de la geopolítica de la Guerra contra el Terror y la seguridad energética europea –este continente es el más grande importador de petróleo libio–, en los últimos años los países de occidente le han dispensado al coronel un tratamiento de jefe de estado amigo. En 2008, Estados Unidos y Libia volvieron a establecer relaciones diplomáticas, y la Secretaria de Estado Condolezza Rice visitó Trípoli. Ese mismo año, el coronel fue invitado a la reunión del G–8, el club de los países industrializados. Jack Straw, canciller inglés durante la administración del primer ministro Tony Blair, se animó a calificar a Gadafi de “estadista”. Hoy en día, el país tiene un asiento en el Consejo de Derechos Humanos de la ONU.

Durante el verano de 2009, y para sorpresa de la comunidad internacional, en especial de los familiares de las víctimas, la justicia escocesa liberaba a Abdelbaset al–Megrahi, condenado a cadena perpetua por el atentado contra el avión de Pan Am, conocido como el “Lockerbie bombing”. Aunque oficialmente se esgrimieron razones humanitarias, dado que Megrahi padecía un cáncer de próstata en estado terminal en estado avanzado, desde un principio se supuso que detrás de la decisión se escondían poderosos intereses políticos y económicos, como las inversiones multimillonarias que la BP procedió a hacer en Libia. Estas sospechas parecieron confirmarse a finales del año pasado, con la publicación de los cables diplomáticos conseguidos por Wikileaks, y que daban a entender que el gobierno británico había cedido ante el chantaje del país petrolero.

Los cables diplomáticos también contenían perfiles detallados del dictador, desde alusiones a su vida personal, hasta análisis sobre la manera como había logrado mantenerse en el poder. Dejaban claro que Gadafi no era únicamente un hombre excéntrico y exageradamente vanidoso, sino también un político hábil y un experto manipulador. Las menciones a su legendaria guardia pretoriana de “amazonas” (no confía en los hombres), y a la “voluptuosa” enfermera ucraniana que lo acompañaba en todo momento fueron la comidilla de la prensa internacional. Su debilidad por las mujeres ha sido ampliamente documentada. En noviembre de 2009, por ejemplo, mientras asistía a la Cumbre Mundial sobre la Seguridad Alimentaria en Roma, aprovechó para departir con 200 modelos italianas, transportadas en bus hasta sus cuarteles. Su intención, dijo, había sido convertirlas al Islam. Las imágenes de las atractivas italianas, que fueron seleccionadas por una agencia de modelos con base a su altura (por lo menos 170 centímeros), cada una con su respectiva copia del Libro Verde y del Corán, le dieron la vuelta al mundo.


El atuendo que viste acentúa su rostro áspero y autoritario con el que intimida a la población.

Las imágenes que venían desde Trípoli el martes pasado no tenían nada que ver con las anécdotas folclóricas de un reyezuelo con ínfulas de playboy. “No tendremos misericordia”, avisaba el sexagenario Gadafi, desafiante hasta el último momento. A pesar de mostrar evidentes señales de agotamiento, en sus ojos todavía brillaba la oscuridad. “Revolución, revolución”, terminó diciendo, antes de que las cámaras de la televisión estatal libia cortaran las transmisión. Totalmente indiferente a la naturaleza trágica del momento, el dictador seguía imbuido hasta la médula en sus delirios de megalómano. No se daría por vencido sin luchar. De cualquier manera, ¿a dónde podría ir? Se cuentan con los dedos de una mano los países dispuestos a refugiar al coronel. Venezuela es uno de ellos. Hugo Chávez y Gadafi tienen muchas cosas en común. Llevan una relación fluida, se han visitado varias veces. En octubre el año pasado, el presidente venezolano recibió el título de doctor honoris causa de la Universidad de Libia. “Nuestros países tienen que convertirse en pequeños tigres de acero para luchar contra el capitalismo”, dijo en aquella ocasión. Gadafi parecía eterno. Había logrado sobrevivir a la Guerra Fría y la Guerra contra el Terror. Era amigo de Chávez y de Clinton. Su dictadura era la más longeva del planeta, su hijo estaba listo para sucederlo.

De repente, todo ha cambiado. “Está acabado”, aseguró desde Virginia Adam Ahmed, el estudiante universitario que, como tantos compatriotas exilados, ha seguido con el alma en vilo los acontecimientos en su país; “la única pregunta es: ¿cuántas vidas más se llevará con él?”.

http://www.youtube.com/watch?v=m6CwPCv8Hwg
Primer video divulgado por  la prensa occidental sobre la rebelión del pueblo Libio.

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