Bernando Beltrán, otro colombiano que no regresó

2 de junio del 2019

Era mesero de la cafetería del Palacio de Justicia cuando lo tomó el M-19.

Bernando Beltrán, otro colombiano que no regresó

Era miércoles. Bernardo Beltrán se levantó a las seis de la mañana, como de costumbre, y se alistó para dirigirse al Palacio de Justicia.

Sandra, su hermana menor, lo acompañó a la puerta de su casa, ubicada en Fontibón y allí le deseó un buen día. Bernardo caminó hacia la parada del bus, pero en la esquina se detuvo y giro para volver a mirarla, levantó su mano y la agitó para despedirse de nuevo. Es lo último que ella recuerda.

Han pasado 30 años y Bernardo no ha vuelto a su casa.

Bernardo Beltrán Hernández era mesero del restaurante del Palacio de Justicia cuando ocurrieron los fatídicos hechos del 6 y 7 de noviembre de 1985. Estudió mesa, bar y restaurante en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA). Hizo las prácticas en el Hotel Hilton. Trabajó en el restaurante La Hierra, el Museo de Arte Moderno y por último, en el Palacio de Justicia.

Bernardo es uno de los once desaparecidos, resultado del asalto por parte de la guerrilla del M-19. La toma, que duró aproximadamente 28 horas, dejó 94 muertos, entre quienes se encuentran 33 guerrilleros y 11 magistrados. La acción tenía como objetivo enjuiciar al presidente en turno, Belisario Betancur, por incumplimiento del cese al fuego con esta guerrilla.

La eterna espera

La mañana del seis, Sandra se encontraba en un supermercado comprando víveres. Al mediodía, en el radio del vigilante, escuchó el boletín en el que se anunciaba la toma del Palacio por parte del M-19. Volvió rápidamente a su casa para informarle a su madre sobre lo que acababa de escuchar. No la pudo contactar, porque trabajaba en una planta, donde estaba prohibido hablar al teléfono.

A las cuatro y media de la tarde, la señora María de Jesús Hernández de Beltrán y don Bernardo Beltrán, padres de Bernardo, se encontraban ya en casa, acompañados de varios familiares, amigos y vecinos. Todos estaban atentos al noticiero que se reproducía en la radiola.

Luego de un par de horas, doña María planeaba irse al centro junto a Fernando y Fanny, hermanos mayores de Bernardo. Sin embargo, los medios pedían a los oyentes que por favor no se acercaran al lugar de los hechos.

En la noche del primer día de la toma, doña María recibió una llamada de un tal señor Meléndez, quien le decía que había visto salir a Bernardo del Palacio junto a un soldado, agarrados de la mano, hacía la Casa del Floreo.

La información le dio tranquilidad a la familia Beltrán, por muy poco tiempo. Conocidos le dijeron a don Bernardo, que de pronto, su hijo pudo haber quedado desorientado, así que subía todas las noches a la terraza con un cigarrillo para estar pendiente de la llegada de su hijo.

En la mañana del 8 de noviembre, Sandra y sus padres se dirigieron al centro para buscar a Bernardo. Doña María le preguntó a uno de los soldados que acordonaban la Plaza de Bolívar sobre el paradero de los empleados de la cafetería. Le dijeron que se los habían llevado para el Cantón Norte, ubicado en la calle ciento diez con carrera séptima, donde supuestamente se encontraba detenido. Hasta allí se fueron los tres, pero allí no tenían a nadie.

Don Bernardo visitó medicina legal por 17 días seguidos, en la mañana, en la tarde y en la noche. Revisaba los cuerpos que llegaban la institución, sin rastro alguno de Bernardo.

La lucha legal

Con el pasar de los días, los Beltrán coincidieron en la búsqueda de Bernando con familias de otros empleados de la cafetería desaparecidos como Héctor Jaime Beltrán y Carlos Rodríguez. Desde entonces, se hicieron compañía en el dolor y también en la esperanza.

En el camino de la desesperación un abogado penalista, Eduardo Umaña Mendoza, fue la luz al final del túnel. Era el único que los escuchaba y que mostró interés en investigar, en paralelo a la búsqueda que hacían las familias por estaciones de policía, hospitales y medicina legal.

“Fue una sorpresa cuando empezamos la lucha legal. En la Constitución de 1886 no se consideraba la desaparición como un delito”, recuerda Sandra con cierto tono de rencor.

Durante 13 años, junto a Umaña Mendoza, los familiares de Bernardo y otros desaparecidos tocaron las puertas de todas las entidades del Estado: Procuraduría General de la Nación, Presidencia de la República y ministerios varios, sin respuesta alguna.

El caso estuvo cerrado por 10 años hasta que el fiscal Mario Iguarán lo reabrió de tanto que insistieron las familias de la víctimas. Más adelante se designó a la fiscal Ángela María Buitrago, para que continuara con el proceso.

Como un decreto, llegó “la bala en la cabeza”

El sábado 15 de abril del 1998, después de 13 años de investigación, asesinaron a Eduardo Umaña Mendoza.

El miércoles anterior a la muerte de Umaña Mendoza, doña María le había sugerido al abogado que se fuera del país o utilizara un perfil más bajo.  “Tranquila, no me va a pasar nada. Si pasa, prefiero una bala en la cabeza a una desaparición”, le respondió el abogado, como una premonición.

Eduardo Umaña Mendoza fue asesinado con tres balas en el cráneo. Con su muerte, se apagó algo de la esperanza a la que siempre se negaron a renunciar los familiares de Bernando y otros desaparecidos. Eduardo fue siempre la cara de la investigación, de la lucha, del dolor, de la perseverancia.

Una vida sin nada que celebrar

Con la desaparición de Bernardo, no hubo más Navidad, Año Nuevo o Día de la Madre en la casa de los Beltrán.

Los  intentos de encuentros con aires de celebración eran muy amargos. Evitaban temas que sabían terminarían en llanto, aunque a veces eran ineludibles. Los diciembre sin Bernardo ya no los festejaban, pero procuraban siempre estar familia.

Cada uno vivió el duelo de forma diferente. Los padres de Bernardo se dedicaron a rezar por su hijo. Su hija Fanny, la mayor, se trasladó a Bogotá por cuatro meses para acompañarlos. Fabio, quien es un año menor que el desaparecido, vivió como una tortura el dolor su papá y su mamá..

A Diego, el menor de todos y el consentido de Bernardo, el desaparecido, resintió, sufrió y lloró la ausencia de su madre, quien concentró sus esfuerzos en vida en buscar a su hijo mayor.

“El núcleo familiar se vio desintegrado. Si la familia se sentaba y había algo que le gustaba a Bernardo, había llanto. Si había un abrazo familiar, más llanto y cuando uno recibía la bendición de los padres, peor. Esto destruye a cualquier familia”, reflexiona Sandra.

La noticia que no llegó

Doña María de Jesús murió sin volver a ver a su hijo desaparecido. Una diabetes que se alimentó de estrés y tristeza, redujo su salud notablemente. El último de cuatro derrames cerebrales acabó con su vida el 4 de noviembre de 1999,

Bernardo era recordado por sus padres como el hijo modelo y como el ‘compinchero’, por sus tres hermanos. Hincha de Santa Fe y devoto de la Virgen del Carmen. Era un hombre estricto, hogareño, cuentan, y algo psicorígido con su imagen. Se levantaba todos los domingos a hacer aseo en la casa para que sus hermanitos descansaran de las fiestas, a la que él los llevaba.

Para la familia Beltrán, Bernardo está vivo.

La esperanza nunca abandonó a don Bernardo. No solo lo esperó cada noche cada coche en la terraza mientras fumaba. Condujo el bus de la empresa transportadora Metropolitana para la que trabajaba, con el deseo de un día regresar con su hijo a casa. La ruta que realizaba entre Fontibón y Germanía siempre fue una tortura. Si veía un indigente por la calle 19, se bajaba en pleno servicio para confirmar si era su hijo.

El duelo silencioso

A la desintegración de la familia por la desaparición del tercer hijo de los Beltrán, se sumó la muerte de dona María.

Un duelo silente marcó los días de don Bernardo. Seis cervezas y una pinta de aguardiente envasada en una botella de Pony Malta lo ayudaban a dormir en las noches. Lo desesperaba no saber nada de su hijo y no tener a su lado al amor de su vida, el que todavía lo hacía respirar.

El 16 de julio del 2015, a seis días de que Bernardo hijo cumpliera 54 años, a don Bernardo se lo llevó un cáncer de próstata. La noche anterior, a Sandra la asombró escucharlo hablar en el cuarto solo con sus difuntas hermana y esposa.

—Papá ¿con quién habla? −le preguntó Sandra asombrada a su papá

—Con su mamá y su tía −

— ¿Dónde?

—Ahí en la cama, sentadas y muertas de la risa, ¿no las ve?

La esperanza

Sandra decidió asumir en solitario la lucha por conocer el paradero su hermano. Trabaja en una veterinaria en Bogotá, aunque vendió su casa materna por considerar que era demasiado grande y dolorosa para ella. Allí estaban anclados los recuerdos de su papá, su mamá y su hermano. Y con ellos a flor de piel, era más difícil seguir en pie.

También decidió mantener alejada a la resto de la familia la labor de búsqueda de Bernardo.

Fernando vive en Estados Unidos, Fanny en Tolima y Diego en Bogotá, con quien no suele frecuentarse.

En septiembre del 2017, Bernardo apareció.

Después de casi 30 años, Medicina Legal y la Fiscalía encontraron sus restos en Manizales, Santander. Se encontraban en la tumba del magistrado auxiliar, Jorge Alberto Echeverry, quien también había sido asesinado en la histórica Toma del Palacio de Justicia. Ahora es la familia del exfuncionario público la que batalla por saber dónde está su familiar.

A Sandra la vida le ha arrebató a tres familiares, los más importantes, dice.

Todavía se se levanta pensando qué le dirá a los medios cuando le pregunten sobre su hermano y a quien acudirá para seguir buscándolo.

Entre tintos y cigarrillos, ella aún espera a Bernando. Lo imagina bajándose de un bus que cubra la ruta Germanía-Fontibón; hasta puede escucharlo escucharlo decir: ‘ya llegué’.

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