La modernidad de la resocialización carcelaria

29 de abril del 2019

En el siglo XVIII llegó la inclusión del trabajo como una forma de reintegración a la sociedad.

La modernidad de la resocialización carcelaria

Entre 1844 y 1866 la población de este centro penitenciario trabajó en la tabacalera –recibiendo una remuneración– para cumplir con parte de la pena que cumplía, lo que evidencia la llegada de la modernidad a las prácticas de castigo en Colombia.

En su tesis, la magíster en Historia Maribel Venegas Díaz, de la Universidad Nacional de Colombia (U.N.), se encargó de seguir el rastro del Centro de Reclusión de Guaduas, cuya población de reos estuvo conformada en un 74 % por mujeres, como uno de los pocos vestigios sobre ese periodo en el que se instauraron los establecimientos de castigo instituidos por el primer Código Penal de la República.

Este trabajo le permitió hallar evidencias de un periodo de cambios en el que la modernidad europea también permeó las prácticas de castigo adoptadas en los inicios de la República en Colombia. Entre estos cambios se destaca la inclusión del trabajo como una forma de reintegración a la sociedad, incluso para las mujeres, quienes en esa época no eran consideradas como ciudadanas.

En este Centro, la investigadora halló registros de una tabacalera que funcionaba con mano de obra de las personas que se encontraban pagando sus penas. Se trataba de un taller creado por el presidente Pedro Alcántara Herrán –por medio del decreto del 28 de junio de 1844– para darles ocupación a los reos, supervisados por el director del centro.

Según los hallazgos de la investigadora, los reos estaban divididos en dos grandes secciones: una para mujeres y otra para hombres, sin comunicación entre ellos. Cada sección estaba dividida en subsecciones compuestas por entre 18 y 22 reos, y en cada mesa de trabajo había cerca de 10 de ellos, vigilados por el que tuviera mejor conducta, quien de paso recibía una remuneración por esto.

Tanto en la sección de hombres como en la de mujeres había una persona “inteligente en la construcción de cigarros”, quien con un sueldo (entre 18 y 20 pesos mensuales) hacía las veces de capataz y vigilaba la conducta en las mesas.

“El condenado también trabajaba durante la colonia, pero era una forma de humillación y de anulación física y social, porque eran trabajos pesados. En la época estudiada el trabajo llegó a ser una forma de integrar al reo a la sociedad pensando en el futuro, cuando este terminara su condena”, afirma la historiadora.

Para ella, a través del trabajo se pensó en las mujeres como una parte integrante e importante para la República, convirtiéndolas en sujetos económicos protagonistas en la producción tabacalera de mediados del siglo XIX.

Al respecto, resalta el hecho de que hubieran sido contratadas como parte de una empresa de la familia Samper Agudelo, importante en la política y la economía de la historia republicana de Colombia.

La magíster asegura que la investigación “traza la historia del castigo en un periodo en el que este se ha estudiado muy poco y del que hasta ahora no existía evidencia acerca de estos lugares de reclusión”, hilando de esta manera la historia de finales de la colonia con los principios de la época republicana y los finales del siglo XIX.

Rastros de la historia

El estudio se desarrolló a través del análisis de documentos como decretos y leyes –con los que se determinó el marco legal en el que se estableció y desarrolló el centro de reclusión–; diarios de viajeros en los que se relata la historia de la época en Guaduas, además de las percepciones que se tenían sobre el lugar de castigo y las visitas de cárcel.

“Estas fuentes, las más valiosas, son documentos oficiales en los que un representante del ejecutivo visitaba el lugar y en las que se registraban descripciones muy detalladas”, explica la historiadora.

Estos documentos se obtuvieron especialmente del Fondo de Tribunales del Archivo General de la Nación, la Biblioteca Nacional y la Biblioteca Luis Ángel Arango.

Con información de agencia Sinc.

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