Mujer trans lucha por los derechos LGBTI en El Salvador

21 de septiembre del 2019

“Vivimos en una situación donde la sociedad nos discrimina”

LGBT, El Salvador, derechos, violencia

ACNUR

Bianka Rodríguez estaba saliendo de un centro comercial en San Salvador cuando un hombre armado se le acercó y le forzó a que entrara a su coche. Una vez dentro, el hombre conducía sin rumbo por la ciudad, haciéndole entender, por la lista de lugares que ella frecuentaba que le citó, que llevaba tiempo siguiéndola. Se le acercaba para olerle el pelo y revisarle el bolso. Le dijo que le iba a matar.

Al final, la soltó, sana y salva, pero para Bianka el incidente representó otra muestra aterradora de los riesgos que ella, como una mujer transgénero, corría en su país de origen, El Salvador.

“Ya me tenía cautiva y estaba segura de que mi destino era terminar como una cifra más de las compañeras que han sido asesinadas”, dijo Bianka, 26, la presidente y directora ejecutiva de COMCAVIS Trans.

Por su labor en favor de las comunidades LGTBI y trans de El Salvador, Bianka ha sido seleccionada como la galardonada regional para las Américas del Premio Nansen para los Refugiados del ACNUR, un prestigioso premio anual que destaca la labor sobresaliente de individuos u organizaciones dedicadas a ayudar a personas que se han visto desplazadas a la fuerza de sus hogares o apátridas.

“Estaba segura de que mi destino era terminar como una cifra más de las compañeras que han sido asesinadas”.

El Salvador tiene uno de los índices de crimen violento más altos del mundo y es un país particularmente peligroso para personas LGBTI. Las personas trans son todavía más vulnerables. Se estima que por lo menos 14 personas trans fueron asesinadas en El Salvador el año pasado, sin que la justicia haya podido dar ninguna respuesta.

Pandillas violentas controlan grandes extensiones de territorio en El Salvador, por lo que muchas veces a las personas trans les quedan pocas opciones como tener que huir de sus casas y sus comunidades. Durante los seis primeros meses de 2019, COMCAVIS contabilizó 44 casos de personas trans que, a raíz de la violencia, han tenido que desplazarse internamente. A la vez, un número desconocido de personas trans tuvieron que buscar asilo fuera del país.

Además de la amenaza omnipresente de la violencia, la comunidad trans de El Salvador también es víctima de la discriminación, y las personas trans se enfrentan a obstáculos a la hora de buscar alojamiento o empleo, o acceder a la educación o servicios de salud. Esta falta de oportunidades tiende a canalizar las personas trans hacia el trabajo sexual.

“Vivimos en una situación donde la sociedad nos discrimina, el Estado nos discrimina”, dijo Bianka. “Y lo único que nos queda es sobrevivir en un país que únicamente nos ofrece la negación de nuestros derechos”.

Bianka ha enfrentado mucho de los mismos obstáculos que afligen a su comunidad. De pequeña, sufrió abuso de manos de su propia mamá, que no soportaba que su hija fuera trans. Más tarde, la discriminación y el bullying la obligaron a abandonar sus sueños de obtener un título universitario. Desde que asumió la presidencia de COMCAVIS, Bianka se ha convertido en la cara pública de su comunidad, una de las más marginalizadas de El Salvador.

Fundada en 2008, COMCAVIS Trans ha logrado traer más visibilidad y dignidad a la comunidad trans, creando redes de apoyo y recorriendo el país para educar a mujeres y hombres trans sobre sus derechos fundamentales. La organización también es políticamente activa, apoyando legislación que fortalezca los derechos de las personas LGTBI y defiendo a la población trans encarcelada. Pero estos esfuerzos han traído también problemas.

La fundadora y antigua presidente de COMCAVIS, Karla Avelar, tuvo que huir del país y pedir el asilo en Europa a raíz de amenazas contra ella y su familia. Karla ya había atravesado una letanía de dificultades a lo largo de su vida. Una extrabajadora sexual, había sido encarcelada, violada en repetidas ocasiones, y baleada nueve veces. Pero cuando comenzaron las amenazas contra su familia, Karla no tuvo más remedio que huir a Europa, donde ha recibido asilo.

La decisión de asumir el papel de Karla no fue nada fácil, admitió Bianka. Cuando el consejo de administración de COMCAVIS le ofreció el puesto, intentaba convencerles de que no estaba a la altura. Durante los días durante los cuales debatía si aceptase o no la propuesta, se dormía llorando cada noche.

Al final, acabó cediendo—sobre todo, dijo, porque quería garantizar que la organización que había jugado un papel fundamental en su propia vida siguiera brindando ayuda a otras personas trans.

“Vivimos en una situación donde la sociedad nos discrimina”.

“Yo quería tirar la toalla, pero sabía que las personas que se habían acercado a nuestra institución necesitan de nuestro apoyo”, dijo, su voz compitiendo con un coro de ladrido de los perros vecinos y los graznidos de los loros que hacían eco en el pequeño patio de la casa que comparte con su tía.

Nacida en San Salvador en 1993, Bianka se acuerda de que tenía unos cinco años cuando se dio cuenta que se sentía prisionera en su propio cuerpo. Su papá, un arquitecto de formación cuyo hermano era gay, reconocía y respetaba la verdadera identidad de género de esa hija que había nacido en un cuerpo de niño. Pero él se murió cuando Bianka tenía apenas seis años, y después comenzaron los malos tratos de su madre, a quien le enfurecía sus gestos femeninos. Su mamá la golpeaba y le dejaba encerrada en un cuarto. Adolescente, Bianka huyó de casa, abandonando los estudios para trabajar en una panadería en la que también sufría abusos. Unos años más tarde, volvió a casa de su abuela materna, quien había terminado por aceptar su identidad de mujer trans.

Con el apoyo de su abuela, Bianka pudo terminar la escuela secundaria y empezar la carrera de ingeniería agroindustrial. Pero sus colegas le hacían bullying, y un profesor que le dijo que ella, como mujer trans, representaba un “afronto a sus principios,” le hizo la vida imposible. Una vez más, abandonó los estudios y se puso a buscar un trabajo. Pero ahí también, la discrepancia entre el nombre masculino en su documento de identidad y su aspecto físico—había dejado crecer su pelo y se maquillaba y usaba ropa femenina—hizo que nadie le diera un empleo.

Ver también: Una activista transgénero salvadoreña se enfrenta a la violencia
Tras muchos rechazos, Bianka acudió a COMCAVIS y la entonces-presidente Karla le pidió para incorporarse a la organización como gerenta de comunicaciones. Unos escasos años más tarde, Bianka asumiría la presidencia tras la huida de Karla.

“En El Salvador, las personas trans somos agredidas, extorsionadas y asesinadas”, dijo Venus Nolasco, 40, una mujer trans que asistía a un evento organizado por COMCAVIS. “Bianka, como mujer trans, entiende todo lo que enfrentamos a diario. Es extremamente valiente y la admiro mucho”.

El Premio Nansen para los Refugiados lleva el nombre de Fridtjof Nansen, valiente explorador y filántropo noruego que sirvió como primer Alto Comisionado para los Refugiados, nombrado en 1921 por la Liga de las Naciones y recipiente del Premio Nobel de la Paz en 1922 por su trabajo humanitario. El objetivo del premio es mostrar, a través de la labor de los premiados, el valor de la perseverancia y el compromiso frente a la adversidad, tal y como era característico de Nansen.

El día 2 de octubre se anunciará la persona galardonada con el premio Nansen 2019, quien será presentada por ACNUR, la Agencia de la ONU para los Refugiados, y recibirá el premio en una ceremonia en Ginebra, Suiza, que se celebrará el 7 de octubre.

“Este premio no lo veo como para mí”, dijo Bianka, “sino para toda la comunidad trans de El Salvador y todas las personas que han recibido ayuda”.

Con la información de ACNUR

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