La colombiana que escapó de una red de prostitución en Ecuador

La colombiana que escapó de una red de prostitución en Ecuador

9 de noviembre del 2015

“Tenía que pagar un dólar para usar el baño allá donde trabajaba, otro dólar para poder tomar agua, y otro dólar para poder dormir en el sitio donde estábamos obligadas a prostituirnos”. Así comenzó el relato Cecilia* de la peor pesadilla que vivió hace dos años a cientos de kilómetros de su casa.

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La historia de terror y magia negra la inició hace dos años en Quito donde ya vivía hace 12 años, en un burdel clandestino, obligada a tener relaciones sexuales con decenas de hombres en el día, en una suerte de esclavitud, humillación y abusos, pues no podían salir del sitio, trabajando de domingo a domingo de siete de la mañana a seis de la tarde.

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Llegó allí por recomendación de una conocida suya que vivía en la capital de Ecuador y quien hacía parte de una poderosa y temida red de prostitución de la que hacían parte colombianas, ecuatorianas y peruanas.

“Allá llegué luego que una compañera del trabajo sexual me convenciera, y me hizo creer que en realidad era mi amiga, pero la verdad trató de hundirme, llevándome a ese sitio. Ella hacía parte de una banda grande de prostitución, pues tenía contactos con varios burdeles y bandas delincuenciales que les prestaban seguridad a las prostitutas”.

Cecilia manifestó que a las mujeres que hacían parte de esa banda de prostitución las hechizaban, y ella estuvo a punto de ser ‘rezada’. “En una vereda lejana a Quito los mismos proxenetas las bañan en la madrugada, las rezan para que les vaya bien en la prostitución. Una vez me iba hacer el hechizo pero me escapé, aunque eso sí me insistieron para que me dejara hacer el baño por un proxeneta. Sin embargo, otra colombiana que hacía parte de la banda estuvo hechizada y de esa manera doblegaron su voluntad”.

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Cecilia, quien hoy tiene 47 años, pasó los días más angustiosos de su vida en ese burdel camuflado en un motel, donde tenía que trabajar encerrada en una habitación bajo llave atendiendo los clientes, y sólo podía salir de la habitación una vez al día para hacer el aseo de los cuatro pisos de la edificación.

“Cuando llegué éramos 19 mujeres trabajando, entre nosotras habíamos varias colombianas, pero el número fue reduciéndose y al tercer día quedábamos nueve. El tipo les pegaba a las mujeres, las violaba, maltrataba. Afortunadamente a mí no me hizo nada de eso porque me di cuenta a tiempo, pero en el sector todas las autoridades civiles y administrativas sabían que en ese lugar funcionaba un prostíbulo de manera ilegal, de hecho llevaba más de 40 años ahí”.

En el momento más crítico a Cecilia literalmente se le apareció la virgen, pues vinieron a su rescate unas monjitas de la Fundación Esperanza que había conocido tiempo atrás.

“Apenas duré una semana en ese sitio porque afortunadamente conocía a unas hermanitas adoratrices, quienes dieron aviso a las autoridades para que me rescataran. Logré comunicarme con ellas, y les dije que me ayudaran a salir porque temía por mi vida, pues el dueño del sitio era una persona muy importante y peligrosa”.

Según Cecilia dos horas después de que llamó a las hermanitas llegó la Policía, capturaron al dueño del sitio y semanas después lo condenaron. “Supe que estuvo un mes preso y después lo soltaron bajo fianza. En la investigación contra él declaramos tres colombianas y otra ecuatoriana, pero lo peor de todo es que el sitio aún funciona”.

No obstante, hubo otro detalle que la salvó de no haberse quedado indefinidamente en ese prostíbulo, a Cecilia no la mandaba un marido, así se le conoce a los proxenetas en Quito.

“Las chicas llegaban allá a través del marido, que es el proxeneta, quien decide cuánto debe trabajar allá la chica, y están afuera del sitio vigilando. Nunca tuve un proxeneta y fue mi salvación para haber salido de ese sitio, así como hijos, o si no los hubieran cogido como rehenes”.

Sin embargo, su calvario en Quito no acabaría. “Nosotras seguimos trabajando en la prostitución porque no recibimos ayuda del gobierno ecuatoriano después de las denuncias que hicimos. Duré nueve meses más en Ecuador, ocultándome porque recibí amenazas de muerte a raíz de las declaraciones que hice”.

En esos nueve meses Cecilia estuvo bajo la protección de la Fiscalía ecuatoriana, aunque sólo contó con tres meses de ayuda en la alimentación y arriendo, “y eso porque moví cielo y tierra. Estuve en un hotel casi encerrada seis meses. Allá también la Fundación Esperanza intentó ayudarme, pero al parecer fueron amenazados para que no lo hicieran y renunciaron al caso. Las demás chicas que estaban en el mismo sitio no decidieron seguir declarando en el proceso porque no recibieron ayuda por parte de las autoridades”.

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“El fiscal que me rescató también tuvo que apartarse del caso, así como otros funcionarios tuvieron que renunciar, por las influencias que el dueño del burdel tenía. En el tiempo que duré en el hotel me robaron las pertenencias que aún tenía en el apartamento donde viví por varios años. No podía ir a mi apartamento muy seguido porque las amenazas en mi contra seguían, y sin embargo me robaron mercancía que tenía para la venta por catálogo, cosméticos, calzado y ropa. Pero lo raro es que los únicos que sabían que tenía allá la mercancía guardada y que obtuve con ahorros que hice, era la Fiscalía y yo”.

Cecilia sospecha que la Fiscalía ecuatoriana no quería que ella revelara más detalles del caso, pues estando bajo su cuidado fue atacada por desconocidos cuando salió del hotel.

“Una vez que salí del hotel donde me ubicó la Fiscalía un tipo intentó apuñalarme con un cuchillo, grité, pero la Fiscalía no me creyó. Ese mismo sujeto trató de atacarme en tres oportunidades más. En varias oportunidades marqué los números de los fiscales asignados a mi caso y no contestaron”.

A Cecilia la Fiscalía en Quito le prometió que la ubicaría en otro apartamento, le compraría ropa, le garantizaría la alimentación, medicina, acompañamiento de psicólogo, “pero nunca recibí nada, ni siquiera viáticos para movilizarme desde el hotel hasta mi casa, que me quedaba bien retirado. En todo caso, me decían que por qué no me largaba para mí país. Salí a buscar trabajo pero no pude de los nervios. Sin embargo, gracias a la Fundación Esperanza empecé a estudiar belleza por tres meses”.

Finalmente el 27 de octubre del 2013, y luego de 14 años de ausencia Cecilia fue repatriada por la Cancillería colombiana por petición de las autoridades ecuatorianas. “Desde que llegué de nuevo al país hubo muchos cambios pero no para mejorar, pues en estos dos años no he recibido alguna ayuda, me tocó empezar desde cero”.

Actualmente Cecilia es masajista, decoradora de uñas, y afirma que hace tres años dejó la prostitución, pero después de tantos años de ejercer ese oficio no pudo traer nada consigo. “El poco dinero que obtuve en el sitio donde estuve esclavizada se lo quedó el dueño del sitio, quien también se quedó con mis documentos, cédula, pasaporte, pasado judicial y carné de sanidad. Allá en Quito quedaron todos mis ahorros, pertenencias, no pude traerme nada, porque quería montar mi salón de belleza cuando llegara a Colombia”.

De vuelta a Colombia Cecilia ha sido ayudada por la corporación Anne Frank, que le ha tendido la mano con asistencia y orientación a víctimas de trata de personas.

*Nombre cambiado a petición de la fuente.