Tumaco, un arenal de oro

Tumaco, un arenal de oro

13 de noviembre del 2010

Quien llega a Tumaco tal vez se sorprenda al dar con una señal de tránsito que no va a encontrar en otro lugar del mundo: un rombo de fondo amarillo que muestra la silueta negra de una persona pateando un balón de fútbol.

El detalle no es gratis. Mientras en otros lugares hay señales similares de niños saliendo de la escuela, este apartado puerto de Nariño que da la cara al Pacífico produce tantos futbolistas como colegiales. De hecho, y sin que haya una estadística exacta, se calcula que Tumaco le ha dado no menos de mil cuatrocientos jugadores al fútbol colombiano y mundial. De sus calles, sus playas, sus terrenos baldíos salieron hombres como Willington Ortiz, Leider Preciado, Jairo Castillo, y más recientemente, Pablo Armero y Carlos Darwin Quintero.

Porque en Tumaco cualquier lugar se vale para jugar: el antejardín de una casa,  una vía transitada, poco transitada, o no transitada en lo absoluto. Asfalto, arena, grama, casi la única constante son los arcos improvisados, hechos con arrumes de ropa, canastas de gaseosa o simplemente piedras, que es lo que sobra en este pueblo de menos de doscientas mil personas al que no le sobra el dinero.

Uno de los lugares donde el fútbol no es exactamente una diversión sino una posibilidad tangible para salir de la pobreza es la cancha de El Bajito –que en realidad son cuatro-, ubicada en la playa del mismo nombre, la más conocida de todo el lugar.
El Bajito es una invitación a jugar fútbol. Con su suelo de arena y porterías de palos cuadrados de madera, como las de vieja data,  hay partidos todo el día, todos los días: rodillones que corren a dos kilómetros por hora, aficionados que se reúnen informalmente cualquier domingo por la mañana, o escuelas de fútbol como la dirigida por Nery Estupiñán, un hombre que dirige a los suyos enfundado en una camiseta de Millonarios y que supo descubrir a Jairo “El Tigre“ Castillo, figura hoy del club argentino Godoy Cruz, cuando era apenas un niño que vivía en la Avenida de los Estudiantes, a solo un par de cuadras de allí.

Por los ojos de Nery han pasado miles de niños, de hecho, pasan cientos solo en una tarde de jueves, por decir algo. Menos del 10% llegará a profesional porque la vida más allá de Tumaco da duro. Adaptarse al frío, a los avatares de la gran ciudad, a la excesiva competitividad, a tener que transportarse en bus y no en canoa o a una comida exótica son obstáculos imposibles de sortear a veces.

Colega suyo, es Máximo Eladio Tello, director de una escuela de fútbol llamada Atlético Junior. Su mayor orgullo es haber descubierto a Leider Preciado, que supo hacerse grande con Santa Fe y después pasó por clubes como Once Caldas, Cali, América, Racing de Santander en España y Deportivo Quito en Ecuador, no sin antes haber marcado gol en el Mundial de Francia 98. Ese tanto contra Túnez es el último anotado por Colombia en una Copa Mundial, y lo hizo un hijo de Tumaco.

Por formarlo y venderlo a Santa Fe, Tello recibió veinte millones de pesos, cifra que se convirtió en ochenta cuando el atacante se fue a la Liga española. La cifra es toda una fortuna si se tiene en cuenta que muchos de los traspasos de juveniles se sellan por unos cientos de miles de pesos, o por una bolsa de balones, una docena de uniformes nuevos o algunos pares de guayos, no necesariamente nuevos. Una vez más, y no sobra recordarlo, por cada Leider que salta a la fama, hay miles de jóvenes que se quedan como pescadores, o vendedores ambulantes, en el mejor de los casos. Las cifras oficiales dicen que solo el 5% de los que terminan el colegio llegan a la universidad, y que muchos de ellos se dedican a la delincuencia, o a la vagancia.

Quienes han triunfado en el fútbol le agradecen a los suyos, generalmente con casas que en una urbe no pasarían de ser viviendas clase media, pero que en un sitio como Tumaco son castillos.  Colombia, la madre de Leider, tiene una casa color amarillo de dos plantas, vidrios polarizados, rejas y aire acondicionado, mientras que Gustavo Armero, hermano de Pablo, el que juega en Udinese, vive en una casa decididamente mejor que la de sus vecinos, donde el cemento reemplazó a las tablas de madera, y el cemento al barro seco. Entre los favores recibidos por su hermano están también varios electrodomésticos y una camiseta del Palmeiras, club brasileño en el que jugó antes de irse a Italia.

La vida en Tumaco transcurre entre partidos aficionados, clases de matemáticas en la escuela y de fútbol en El Bajito. Si se cuenta con suerte, se llegará a profesional, se volverá a la tierra natal solo de visita y será recibido como un héroe. De lo contrario, habrá que arrancarle a la vida, o mejor dicho, al mar, los recursos para llegar al final del día. Una cancha de fútbol o la inmensidad del Pacífico, esas son las opciones.

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