Una charla honesta con el otro Vallejo

Una charla honesta con el otro Vallejo

16 de Mayo del 2017

En un café que lleva por nombre el apellido famoso en el mundo de la literatura por la obra del escritor que renunció a la nacionalidad colombiana para adoptar la mexicana y que está ubicado en el corazón del barrio Laureles, en el occidente de Medellín, Aníbal, el hermano de Fernando Vallejo, pasa algunas horas de sus días conversando sobre los dos temas que han marcado su vida: el arte y los animales.

Desde ese pequeño espacio, invadido por libros, cuadros y aromas cafeteros, el Vallejo abogado, docente y decano retirado de la Facultad de Artes de la Universidad de Antioquia, en donde trabajó por 27 años, asegura sin pretensiones que puede contar la historia de la ciudad desde el punto de vista animalista. Más tristemente, desde las difíciles luchas para acabar con el maltrato animal.

A este Vallejo de semblante serio y aparentemente malhumorado, como a su hermano, no le da miedo expresar sus opiniones aunque puedan levantar ampolla.

Por eso se reconoce pesimista a la hora de pensar en el futuro de la causa animalista y, especialmente, sobre el porvenir de la Sociedad Protectora de Animales de Medellín, entidad que preside ad honorem hace tres décadas y que este próximo 27 de junio cumplirá 100 años “sin pena ni gloria”, dice él, porque el trabajo que ha hecho es muy poco valorado y su historia a nadie le interesa.

De hecho, cansado de que los políticos asuman la causa animalista como un asunto de votos y no de ética, decidió retirarse de la Junta Protectora de Animales el año pasado, que por ley debe conformar cada municipio, y abandonar la columna en el periódico el Mundo en el 2015, que le permitió exponer en 845 artículos todo lo que pasó y sigue pasando alrededor de los animales en la capital paisa y en el país.

“Se defiende el perro pero se come la vaca, despresada en la mesa”

Aníbal no se arrepiente de haber recorrido en su carro todos los colegios e instituciones de Medellín para interesar a los más jóvenes en el bienestar animal, tampoco de su participación en los congresos de ética para defender los derechos de los animales que son usados en los laboratorios de centros de investigación, pero está decepcionado.

“Cuando empecé a levantar los animales de la calle los perros ladraban, pero ahora dan votos. Los políticos han cogido la bandera animalista para cosechar las cosas que se sembraron, manipulando a la comunidad y creando una generación obcecada, completamente agresiva y violenta con el ser humano y el animal, perdiendo el norte y la brújula de cómo debe ser su actuación con los animales”, explica Vallejo.

El abogado está convencido de que “se ha creado un montaje alrededor de la protección animal completamente de carácter económico”.

“Se defiende el perro pero se come la vaca, despresada en la mesa, o al marrano o la gallina. […] Y lo han deteriorado de tal manera, que ya les dicen los cuatro patas, los peluditos, con un romanticismo bobalicón e inmaduro, con más sentimentalismo que razón, con más apasionamiento que dignidad, y con una visión sesgada de lo que es el ser humano en su relación con el animal”, agrega.

“Nos llenamos de proteccionistas, de animalistas, de personas defensoras de los peluditos, sin argumentos y sin razón”, asegura.

El deber ser, según Aníbal, es actuar sin doble moral.

“Los animales están compartiendo un espacio que nosotros invadimos. Los desplazamos, los masacramos y los seguimos explotando para nuestro interés. No se puede tener la doble moral de jalarse los cabellos e insultar usando las redes porque una persona le pegó una patada a un perro, sin rechazar a todos los que están detrás de esas otras cadenas: de los productores de calzado, los mataderos, los centros de investigación”.

Aníbal Vallejo

“Los perros nunca me mordieron, pero los humanos sí”

30 años de lucha han dado frutos, pero no suficientes y algunos ni siquiera reconocidos. Por eso a Aníbal, por medio de sus palabras, transmite pesimismo sobre el trabajo en defensa de los derechos de los animales.

Uno de ellos, y que pocos destacan, es que fue gracias a una acción de tutela que interpuso la Sociedad Protectora que Medellín cuenta con el centro de bienestar animal La Perla.

“Que no vengan a decir con el pecho henchido que Medellín es ejemplo en Latinoamérica y el mundo. La historia tiene mucho oculto. Los alcaldes no han actuado por magnanimidad, generosidad, dignidad, lo hicieron por un fallo de tutela”, expresa Aníbal sobre la acción legal que obligó al municipio a asumir la responsabilidad de lo que por muchos años, incluso hoy, se le exige a la Sociedad Protectora.

Aníbal lamenta que la entidad que preside haya sido señalada y desprotegida hasta el punto de considerar que no tiene futuro.

Treinta y tres proyectos fallidos para tener una sede con las condiciones adecuadas para la atención de los animales y sus propietarios, cero socios y 50 animales que no han podido encontrar una familia que los adopte, porque son muy grandes y muy viejos, es el panorama actual de la Sociedad.

“La satisfacción moral me queda, los perros nunca me mordieron, pero los humanos sí. A mí me llegaron a acusar en la Contraloría porque supuestamente me estaba robando la plata. Cuando de mi hermano recibí donaciones de dinero de sus premios, conferencias y derechos de autor para sobrellevar los gastos”.

La Sociedad, explica Aníbal, por muchos años fue vista como una dependencia del Estado sin serlo.

“Tengo una lista de entes oficiales pidiendo la intervención de la Sociedad Protectora de Animales para que vaya, decida, sancione, para que eduque, forme o sensibilice. Soportando una carga sobre otra, con una violencia agresiva contra una entidad que nadie se preocupa en pensar en cómo y con qué se sostiene”, dice.

“Esto no le interesa a nadie”

La preocupación de Aníbal es que la protección de los animales se reduce al perro, al gato o a los animales domésticos, pero “hay otro montón de temas que no se pueden tocar”.

Entre ellos, explica, no se habla ni se pide intervención frente a los mataderos clandestinos, la comercialización de animales no aptos para el consumo humano o sobre la granjas de animales ubicadas en parqueaderos de centros comerciales en donde reciben todo el dióxido de carbono.

Tampoco se discute sobre la formación que se imparte en las universidad que perpetúa el mensaje de que si un propietario no tiene dinero para pagar, no se atiende al animal, no importa el sufrimiento que esté padeciendo.

“Esto no tiene arreglo porque no formamos a las generaciones y nuestros políticos y personajes públicos son depredadores”, comenta.

También, señala, “está aumentando considerando la población de animales. Tenemos seis o siete facultades de veterinaria, hay consultorios por todas partes, centros de belleza, de apareamiento, servicios de cremación, peluquerías a domicilio, spa, están haciendo de todo. Esto es un negocio”.

“Uno no puede con tanta carga”

Ese desencanto de querer lucha con argumentos, convicción y lógica por los derechos de los animales ante una sociedad que reconoce el problema pero no quiere solucionarlo de fondo, lleva a Aníbal a afirmar que le da mucho guayabo “ver a los jóvenes con ese embeleco por salvar a los animales”.

“Esto es muy difícil, porque los vecinos son duros, ninguno los quiere junto a la casa, porque les resta valor”, dice.

Además, expresa, “el animal que uno recoge lo marcará toda la vida, eso hay que saberlo llevar, porque sino llegan los problemas familiares”.

Anibal y su esposa han sobrellevado la carga, aunque él reconoce que es incapaz de ver a un animal a los ojos cuando la única opción para aliviar su sufrimiento es la eutanasia.

Sus hijos, Aníbal, Silvia y Natalia conocieron a Medellín en el albergue de la Sociedad Protectora en una especie de pasantía que su padre les pedía hacer antes de emprender sus estudios profesionales. Los dos primeros, reconoce Vallejo, no han vuelto a ir, Natalia sí, pero le afecta mucho.

Su hermano Fernando también visitó las instalaciones hace un par de años, pero, dice: “no lo vuelvo a llevar”.

No debe ser sencillo ver el maltrato en los ojos de animales abandonados. Sin embargo, aunque apelar al sentimiento es una manera válida de buscar apoyo para algunas organizaciones, en la Sociedad, explica Aníbal, “no se usa el dolor del animal para despertar conmiseración”.

“Eso es malo, porque no dignifica. No debemos convertir los movimientos de defensa animal en esto”, insiste.

Toda la historia de la Sociedad Protectora de Animales que Aníbal ha recopilado en 30 años de liderazgo está en un archivo, en 300 páginas de un libro que decidió no publicar y en 24 infografías que exhibe en las instalaciones de la entidad y en el café Vallejo.

“Escribí en vano, hablé en vano”, sentencia, pues está convencido de que a nadie le interesa el tema.

“Visité centros de investigación para ver el maltrato animal, me metí en el matadero, reuní a matarifes, comerciantes, transportadores, no me negué a ir a ningún lado, pero me duele lo que está pasando con los animales en Medellín. […] La Sociedad va a ajustar 100 años. La gente me pregunta cómo lo vamos a celebrar, pero yo no tengo por qué celebrar, sería una tarea de la ciudad para dignificar la labor de quienes hicieron posible que no fuera el matadero que ha sido Cali o Bogotá”.