Una escritora de ojos verdes que convirtió la angustia en poesía

Una escritora de ojos verdes que convirtió la angustia en poesía

25 de enero del 2013

Desde 1901, solo doce mujeres han ganado el premio Nobel. La primera fue Selma Lagerlof, que lo obtuvo en 1909; la ultima, la hija de unos granjeros rumanos, quien en 2009 recibió la noticia de que había sido la escogida: Herta Müller. Nacida  en 1953 en Banato, una región al oeste de Rumania donde la lengua madre es el alemán, Müller tuvo que soportar el brutal régimen del dictador Nicole Ceausescu.  El dolor, la injusticia, la soledad, la represión de un gobierno que mantuvo el poder en Rumania durante veintidós se convirtieron en el sustrato de su obra, que, como anotó Bernd Graff en una nota publicada por el diario alemán Suedeutsche Zeitung: “Se caracteriza por las invenciones lingüísticas que expresa la falta de vivienda, el hambre, el miedo, el rechazo y la persecución”.

La literatura ha sido su forma de canalizar todo lo vivido en Rumania. Y es que esta mujer pálida y delgada,  de ojos verdes y muy negro, tiene un pasado cargado de injusticia. Durante su juventud se unió a un grupo de estudiantes que defendía la libertad de expresión y se oponía al régimen de Ceausescu. Mientras estudiaba germanística y romanística, trabajó como traductora en una fábrica de maquinaria. Su discurso de aceptación del Nobel da cuenta de esos días: “A las cinco de la mañana me levantaba, y a las seis y media empezaba el trabajo. Por la mañana resonaba el himno sobre el patio de la fábrica a través del altavoz, durante la pausa del mediodía se escuchaban los coros de los obreros. Pero los obreros, que estaban comiendo, tenían ojos vacíos como hojalata, manos embadurnadas de aceite, y su comida estaba envuelta en papel de periódico. Antes de comerse un trocito de tocino, le quitaban la tinta del periódico rascándola con el cuchillo. Dos años transcurrieron al trote de la cotidianeidad, cada día igual al otro”.

Nicole Ceausescu

Müller tuvo que soportar las injusticias de la dictadura de Ceasescu, que duró veintidós años.

Cuando Müller llevaba tres años en la fábrica, tuvo el infortunio de conocer al servicio secreto rumano: la Securitate. Un agente la visitó en tres ocasiones para presionarla y obligarla a servir de informante, a lo cual Müller se negó tajante y valientemente. Así narra la autora la tercera visita del sujeto:

“La tercera vez se sentó y yo permanecí de pie, porque había dejado su cartera sobre mi silla. No me atreví a ponerla en el suelo. Me insultó tratándome de necia redomada, holgazana, putilla, tan corrompida como una perra vagabunda. Empujó los tulipanes hasta casi el borde de la mesa, en cuyo centro puso una hoja de papel vacía y un lápiz. Rugió: escribe. De pie, empecé a escribir lo que me iba dictando. Mi nombre con fecha de nacimiento y dirección. Y después que yo, independientemente de la proximidad o del parentesco, no le diría a nadie que…, y entonces llegó la horrible palabra: colaborez, iba a colaborar. Esta palabra ya no la escribí. Puse el lápiz a un lado y me dirigí a la ventana, por la que miré hacia la polvorienta calle. No estaba asfaltada, baches y casas gibosas. Y esa calleja ruinosa se llamaba, encima, Strada Gloriei: calle de la gloria. En la calle de la gloria había un gato trepado en la morera desnuda. Era el gato de la fábrica y tenía una oreja desgarrada. Encima de él brillaba el sol matinal como un tambor amarillo. Dije: N-am caracterul. No tengo este carácter. Se lo dije a la calle, fuera. La palabra CARÁCTER puso histérico al hombre del Servicio Secreto. Rompió la hoja y tiró los trozos al suelo. Pero probablemente se le ocurrió que tendría que presentarle a su jefe la prueba de que había intentado incorporarme a su red de espionaje, porque se agachó, recogió todos los trozos en una mano y los metió en su cartera. Luego lanzó un profundo suspiro y, en medio de su derrota, arrojó hacia la pared el florero con los tulipanes, que se estrelló y crujió como si hubiera dientes en el aire. Con la cartera bajo el brazo dijo en voz queda: esto lo pagarás muy caro. Te ahogaremos en el río. Como hablando conmigo misma dije: Si firmo eso ya no podré vivir conmigo y tendría que hacerlo yo. Mejor háganlo ustedes. Y al instante la puerta de la oficina ya estaba abierta y él se había marchado. Y fuera, en la Strada Gloriei, el gato de la fábrica había saltado del árbol al tejado de la casa. Una de las ramas se mecía como un trampolín”.

Herta Müller

Hoy, Müller se considera una mujer feliz, a pesar del dolor de su pasado. Está radicada en Berlín y no piensa volver a vivir en Rumania.

En 1979, Müller fue despedida de su trabajo. Tres años después publicó su primer libro, En tierras bajas, que fue publicada en edición censurada. Así empieza: “Las flores lila junto a las vallas, la malvarrosa con su fruto verde entre los dientes de leche de los niños. El abuelo decía que la malvarrosa vuelve tonta a la gente, que no hay que comerla. Y claro está que no querrás volverte tonta”.

Sus obras siguientes también fueron censuradas. En 1985, la situación era intolerable. Müller empieza a buscar un lugar a donde ir. En 1987 se refugia en Alemania,  donde vive hoy. Su paso de un país a otro quedó consignado en un escrito de 1989 que lleva el bello de título de Viajera en una sola pierna.

En entrevistas ha dicho que no volverá a vivir en Rumania, porque “la gente no tiene por qué vivir en el lugar donde nació”. Su pasado de angustia y soledad se ha convertido, gracias a su pluma, en una obra tan cruda como bellaCuando se supo que Herta Müller había ganado el Nobel, la mayoría de críticos estuvieron de acuerdo en que había ganado una gran escritora.