Uribe entre Lombana y Granados

18 de agosto del 2011

Quiénes son los abogados que defienden gratis al expresidente Álvaro Uribe en el proceso de las ‘chuzadas’.

Uribe entre Lombana y Granados

Los penalistas Jaime Lombana, de la Universidad del Rosario, y Jaime Granados, de la Universidad Javeriana, fueron los escogidos por el expresidente Uribe para liderar su defensa en el proceso de las ‘Chuzadas’ a magistrados, periodistas y dirigentes de organizaciones sociales que se adelanta en la Comisión de Acusaciones de la Cámara. Los dos hacen la defensa ad honórem porque consideran que no solo es un privilegio que puede redundar en ventajas profesionales a futuro, sino que creen defender a un hombre probo.

JAIME LOMBANA


A Jaime Lombana, el abogado defensor de cuatro presidentes de la República, treinta ministros, políticos y empresas de renombre, sólo lo defienden Nelson y Jaguar, dos perros Rottweiler. Los caninos  tienen un lugar especial en su gran casa de terrazas y pinturas costosas, de  piano en la mitad de la sala y bar para disfrutar en privado de un buen trago con los amigos.

Estos dos perros son una defensa escuálida si uno piensa que este penalista, con veinte años en el oficio, ha cosechado muchos y poderosos enemigos. Hoy es el principal defensor del ex presidente Álvaro Uribe en su presunta responsabilidad en el caso de las “chuzadas” del DAS. Es tal su devoción a la defensa del ex presidente que lo defiende en 187 procesos, que van desde calumnia e injuria hasta prevaricato y traición a la Patria. Lombana hace esas defensas sin cobrarle ni un sólo peso. También acompañó gratis a Jerónimo, el hijo menor del ex presidente, en un proceso menor por la copia de un examen en la Universidad de los Andes.

Lombana es un hueso duro de roer. Ha sido la piedra en el zapato de la Comisión Nacional de Televisión –en el caso de los dineros de David Murcia, dueño de DMG por la licencia de su canal Elite– y como defensor de RCN y Caracol en la adjudicación del tercer canal. En ese episodio no se ahorró adjetivos contra los comisionados, a quienes llamó “temerarios” y “tercos” por pretender adjudicar el canal por otra vía que no fuera la de la subasta pública. Su caso emblemático fue el de Comsa, aquel grupo español que incumplió en la construcción de un túnel entre Bogotá y la Costa Caribe. Lombana fue más allá de la defensa: pidió que los ejecutivos de esa compañía fueran extraditados a Colombia para pagar sus deudas.

Este penalista es conocido por su potencia en la discusión, quizá una herencia genética de su ascendencia santandereana. Ha manejado casos tan peliagudos como el del niño que se ahogó en la piscina del Hotel Hilton en Cartagena, y la defensa de los soldados que se encontraron la guaca de las Farc.

Le gusta tanto la pelea jurídica que en ocasiones se ofrece a defender, sin cobrar, causas que considera justas. Con los honorarios que recibe en los otros pleitos logra el equilibrio económico. Siempre está metido en temas estatales y no defiende narcotraficantes ni parapolíticos. “Esos casos no me gustan. Prefiero defender los intereses del Estado que a un corrupto”, afirma.

En sus ratos libres, este abogado se divierte jugando basquetbol, montando  en bicicleta con su hijo y chupando paletas de 2.000 pesos, placeres muy modestos en un hombre que conoce de opulencia y comodidades. Lombana prefiere escapar del estereotipo de muchos abogados, que por su capacidad económica viven en medio de la riqueza, lujos y excentricidades. No colecciona relojes caros, no lo desvelan los carros lujosos, no es socio de clubes, no tiene fincas y sus vestidos no son de marca ni hechos a la medida. Los restaurantes lujosos y las casas en el extranjero no lo descrestan. ¿Falsa modestia? Quizá sí, porque es una persona que ha acumulado fortuna por defender a los poderosos.

Lombana habla de manera abierta de sus amigos, entre los que se encuentra el hoy ministro del Interior, Germán Vargas Lleras, pero también dedica parte de sus conversaciones para hablar de sus enemigos, entre los que se encuentran algunos políticos y colegas.

Este penalista está lleno de citas y de amenazas.  Va de un lugar a otro, de fiscalía en fiscalía, de juzgado en juzgado. No tiene tiempo para nada. Aún así no delega responsabilidades. La última cita la tiene hoy en la Comisión de Acusaciones de la Cámara, en la que tendrá que demostrar que el ex presidente Uribe no fue responsable de los seguimientos a los magistrados, periodistas y políticos de oposición.

Allí tendrá que batirse frente a las acusaciones, hasta hoy documentadas, de Piedad Córdoba, Gustavo Petro y el periodista Daniel Coronell, a quienes el gobierno anterior persiguió hasta el cansancio. Puede que los políticos y el periodista no sean como los Rottweiler que lo cuidan, pero sí perros Doberman. Y mientras saca todo su arsenal jurídico y político, el ex presidente Uribe acompaña a George Bush en la inauguración de su biblioteca en Dallas. De nuevo será Lombana, solo, el encargado de ladrar duro.

JAIME GRANADOS

El penalista Jaime Granados vale lo que pesan todos los libros que ha leído. Es culto, de léxico exquisito y su vida entera ha estado ligada a la lectura. Sus amigos dicen que puede recitar todo cuanto ocurrió en la segunda guerra mundial. No en vano dice que se leyó durante veinte años un libro diario de historia o filosofía. En épocas de universidad no salía de la biblioteca personal del decano de Derecho de la Javeriana Javier Giraldo.

Siempre ha querido ganar. Fue miembro del equipo de conocimientos generales del Colegio de La Salle, donde derrotó a cuanto alumno se enfrentara. Ya en la Universidad, integró al lado del hoy magistrado Rodrigo Escobar Gil, el grupo de los llamados “pilos” de la Corte Suprema. Se graduó con honores en 1985 con una tesis que hablaba sobre la negativa del indulto político a guerrilleros. Ese día, por coincidencia, el M-19 se tomó el Palacio de Justicia.

Se acuerda de todo, relata hechos con precisión, cita fechas, autores, nombres, países, ciudades. Es una máquina a la que no se le olvida nada. Recuerda, por ejemplo, las anécdotas de una oficina que montó en 1986 con su amigo Rodrigo Escobar, en un cuarto de escobas sin ventanas en un viejo edificio del centro de Bogotá.

Pero los tiempos cambian. Después de haber estado en Puerto Rico como profesor de la Universidad del mismo nombre, de asesorar al secretario de justicia de ese país y de traer a Colombia el actual Sistema Penal Acusatorio, hoy a Granados no lo compran con dos pesos. Tiene una oficina de muchos metros en el norte de Bogotá, donde le hacen venia miles de libros y 25 personas que atienden los casos. Desde allí ha podido representar a los más encumbrados funcionarios, militares y empresarios, y ha asesorado a bancos internacionales que lo ponen en la cima de la profesión.

Mientras algunos colegas dicen que es un mal tipo, otros como su amigo José Tomás Moore aseguran que es honrado, serio, inteligente y que jamás se “tuerce” para lograr objetivos. “Yo no puedo garantizar que la gente me quiera, pero he luchado toda mi vida para que me respeten”, dice Granados.

Tal vez por ese respeto ha podido representar a la empresa Opain, al vicealmirante Arango Bacchi, al ex senador Luis Eduardo Vives, al ex gobernador Miguel Nule Amín; al ex presidente Uribe, al ex secretario general de Palacio Bernardo Moreno y al ex secretario de prensa de la presidencia César Mauricio Velásquez; al ex fiscal general Luis Camilo Osorio, a DMG en su primera fase y hace poco al ex gobernador del Valle Juan Carlos Abadía. Recientemente abandonó el caso de los cuestionados empresarios Nule. Hasta ahora nadie sabe la historia detrás de su renuncia.

Y como todo en la vida ha ganado y ha perdido. Pero de lo que sí está seguro es de combatir hasta el último momento en sus procesos. Granados se muestra humano y señala que defiende gratis a decenas de familias cuyos hijos menores han sido víctimas de violencia o abuso sexual.

Habla con poca modestia. Está forrado con la marca Mont Blanc, paga una oficina de comunicaciones que le ayuda con la prensa y reconoce que tanto libro y tanto proceso lo volvieron sedentario, a tal punto que abandonó el basquetbol, su juego preferido, y hoy tiene 150 kilos de peso.

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