En Bogotá se venden libros “por amor al arte”

2 de febrero del 2019

Conozca la difícil tarea de ser un vendedor de libros.

En Bogotá se venden libros “por amor al arte”

Foto: Steffany Rodríguez

Proust, Flavert, Auster, Camus, Cortazar, Borges, Ocampo, Galeano, Benedetti y Casares comparten un pequeño espacio al sur de Bogotá, obras apiñadas en el anaquel del medio de la librería de Socorro Moreno ubicada en la localidad de Kennedy, en Bogotá. De esos nombres y otros muchos que han pintado con letras el universo depende su familia.

En el proceso le gusta echar un vistazo a las portadas de los textos que piensa vender. Cuando compra libros usados tiene que hacerles un proceso de restauración, pues muchos llegan con hojas desgastadas o rayadas. Con cinta y corrector en mano, Socorro va pasando página por página con una delicadeza increíble devolviéndole al libro su vitalidad. A veces se demora más de lo normal pues se detiene y lee un poco.

Tiene un par de muebles en madera al fondo y dos vitrinas en frente. Hay cientos de libros ubicados allí. Desde literatura romántica, clásica y ficción hasta el Álgebra de Baldor que muchos jóvenes por estos días requieren para su temporada escolar.

Su negocio está dentro de una gran bodega que se divide en 26 quioscos más, todos de compra y venta de libros. Socorro lleva vendiendo obras literarias por más de 25 años. Se sienta en una butaca de madera alta y aguarda a que un aventurero lector, sea hombre o mujer, joven o viejo, pase por allí y decida entrar directo a su depósito.

Librería de la señora Socorro / Foto: Steffany Rodríguez

Esta mujer con sonrisa contagiosa, que habla pausado, con 52 años encima y que se siente como la guardiana de la Biblioteca de Alejandría señala que hay libros necesarios para todo aquel que tenga dos ojos en la cara, dice que lo que más vende es literatura clásica, la misma que también llaman universal.

En medio de una charla con KienyKe.com de repente fuerza su voz: “A la orden caballero, siga le tenemos el libro que busca” canta, pero otro vendedor sale de su local y se lleva al cliente con afán ofreciéndole precios bajos. Ella solo sonríe, sube tiernamente los hombros y dice: “el próximo será”.

Vuelve a la conversación y dice que vender libros no es cosa fácil, pero en su mirada se ve que maneja el tema como una experta, alguien que podría vender una piedra si quisiera. Según el Dane, para 2017 los colombianos leyeron 2,9 libros en promedio, pero a Socorro no le gustan estas cifras. Como buena vendedora prefiere creer que son muchas las personas que leen y está empeñada en hacer que a los jóvenes les atraiga la lectura.

“Yo siempre motivo a los niños que vienen a que palpen un libro, que lo sientan, es sabroso coger el libro y sentir cada página. Es una experiencia que a través de una pantalla no la pueden evidenciar“, dice mientras cierra los ojos como si recordara la primera vez que leyó ‘El Amor en los Tiempos del Cólera’ de Gabriel García Márquez.

Ha leído tantas veces esa obra que ya olvidó cuántas, le queda más fácil recordar cuantos ejemplares ha vendido este año: dos.

Cuenta que desde hace dos años la situación está complicada. Las ventas han disminuido y en vez de buscar culpables, prefiere concentrarse en su labor como vendedora y simplemente contesta en un tono tranquilizador: “lo hago por amor al arte”.

Foto: Steffany Rodríguez

Y es que las plataformas digitales parece que se están llevando el mercado. Este año el Ministerio de Educación por ejemplo, prefirió optar por plataformas digitales para que los niños de colegios públicos se interesen por la lectura. Sin embargo, para Socorro esto no es lo mismo.

“Yo voy a eventos y me gusta hablar con los jóvenes que me encuentro sobre algún libro. Y me doy cuenta que quienes leen por su celular o computador no lo leen completo, es como si fueran a lo más importante y dejan la historia inconclusa”, afirma ella.

Esta gran bodega parece olvidada en el tiempo. El color amarillo en el letrero de su entrada está desgastado y con fuertes trazos en color negro arman la palabra ‘Libros’, de alguna manera logra ser llamativo. Allí también está el local de Sandra Ubaldo que tiene 41 años. Usa lentes y un labial rojo vivo.

Zona de librería Kennedy / Foto: Steffany Rodríguez

Lleva vendiendo libros desde hace 20 años. Antes en San Victorino, centro de Bogotá y hace 10 años en este local que se ubica en Kennedy. Dice que la literatura es lo que más vende y agrega que “este año se ha movido menos los libros grandes de aprendizaje porque en los colegios han pedido mucho digital y el libro pierde valor”.

Con cierta preocupación manifiesta que es bastante complejo este cambio, porque de vender libros en físico dependen muchas familias. A esto le suma que es bastante ardua la tarea de venderlos “porque hay gente que no le llama la atención la lectura y hay libros que por el precio muchos no lo compran“.

Para esta mujer emprendedora un libro significa todo, desde su economía hasta el impacto que ayuda a generar cuando vende uno.

“Yo leo bastante y pienso que los libros son conocimiento y crean cultura”.

El Centro

Por otro lado, en el centro de la capital del país donde los ciudadanos acostumbran a ir para comprar al por mayor, en sus calles se ubican cientos de personas que con una reja o una bolsa en el suelo acomodan los libros piratas. Copias de grandes obras como ‘Rayuela’ de Julio Cortázar, impresas en baja calidad y a tan solo 15.000 pesos, cuando original puede costar 50.000.

Foto: Steffany Rodríguez

José García lleva una década ubicado sobre la icónica carrera Séptima de Bogotá. Le gusta hacerse con sus libros junto artistas que hacen sus shows en esta calle frente a las cientos de transeúntes, le gusta el ruido y además entre más gente, hay más compradores.

Libros que no quiso decir dónde los conseguía, pero que por ser tan baratos los hacen accesibles para muchos. “La literatura no debería tener un costo en realidad, los libros deberían ser gratuitos”, afirma José.

Foto: Steffany Rodríguez

Admite que es un daño colateral para la economía de los autores y de las librerías que comercializan legalmente estos ejemplares, y como si se sintiera regañado insiste en que los libros deberían ser más baratos y que él solo ayuda a que algunas personas puedan acceder a una lectura.

José se queda hasta que la noche acobija el centro de la ciudad y las luces artificiales se encienden. Habla con amigos sobre autores, historia y política. Argumenta que en estos días donde los jóvenes entran a clases muchos se acercan a comprar uno o dos libros y de su bolsillo izquierdo saca varios billetes que da fe de ello. Pero admite que hay meses donde es más difícil vender libros: “es una tarea agotadora”.

Hay que tener labia para vender, pero en este caso también hay que saber sobre lo que se vende. No solo son vendedores son grandes lectores, sus vidas giran en torno a este negocio que para ellos deja recursos y a otros les dibuja un mundo mágico al cual todos, de vez en cuando, deberíamos escapar.

Por: Richard Stevens Ladino

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