La prodigiosa memoria de un veterano de guerra

19 de noviembre del 2014

Fue en 1953, se casó en cuatro idiomas, su mejor amigo murió en el frente.

La prodigiosa memoria de un veterano de guerra

Por: @jcmentefacto

Está viejo pero no cansado. Su rostro evidencia las marcas del paso del tiempo y aunque tiene una memoria prodigiosa hay cosas de la guerra que hubiera preferido olvidar.

Luis José Quijano Aguilar, veterano, y uno de los supervivientes de la guerra de Corea (1950 -1953), no es ajeno a los recuerdos dolorosos. También lea: Él es el hombre que inspiró el dicho “pero tengo programa” en La Luciérnaga

Aunque prefiere hablar de cosas más amables parar reírse y hacer gala de su inquebrantable memoria, también recuerda el chisme que circuló en los puertos del país cuando los soldados colombianos empezaron a regresar de combatir en una guerra ajena a la que fueron invitados para exterminar comunistas. También lea: El hombre que teje en medio de las tormentas

Recuerda que se murmuró por varios años que todos los veteranos de la guerra de Corea “eran desequilibrados mentales.” El rumor hizo mucho daño. Había soldados a quienes a pesar del reconocimiento y las condecoraciones que les dio el gobierno, deambularon años por el puerto. Con medallas, sin dinero ni trabajo.

Quijano, quien recuerda sin esfuerzo la fecha que se retiró de la Armada, “el 20 de abril de 1966”, habla orgulloso de uno de esos records que pocos tienen en cuenta: “Soy el único sobreviviente de los marinos que se casaron en Japón, país que se convirtió en el laboratorio de la guerra.” Lea también: Lea esta nota antes de subirse a un barco

Pese a que los libros de historia dicen que la guerra se acabó en 1953, la ONU ordenó a varias de las naciones que participaron en el conflicto “quedarse más tiempo para verificar que se cumplieran los acuerdos alcanzados”, esa prórroga, aunque inesperada, permitió que Luis, a millones de kilómetros de su natal Guadalupe – Santander, “un pueblito que no estaba en el mapa sino cuando nací”, se encontrara de frente con el amor.

veterano de la Guerra de Korea

Pese a que Luis conoció a ese amor de ojos rasgados hace más de sesenta años, tiene claro todos y cada uno de los momentos que vivió a su lado. Decir que este hombre que hoy tiene 84 años tiene memoria fotográfica no es exagerado. Se acuerda con una precisión asombrosa de los detalles de esa novia y posterior esposa que conoció en la guerra.

“Cada marino tenía sus pasa tiempo. Unos iban a tomar, otros a bailar, a comprar, en fin. Mi hobby era salir a pasear. Pero ese marzo me perdí. Me subí al tren y no supe regresar. Entré a una vieja tienda en la que nadie hablaba inglés, salvo una mujer hermosa que aunque tampoco lo hablaba bien, encontró la forma de entenderme.

En Japón yo andaba de arriba para abajo con una libreta café con hojas amarillas en la que tomaba apuntes, entre ellos algunos modismos japoneses que usaba para hacerme entender.

En esa misma libreta escribí las explicaciones que esa hermosa mujer me dio: ‘coja el taxi hasta tal punto, o si va a volver en tren haga esto y bájese en tal estación’, no le presté mucha atención. Estaba exhorto, nublado, esa mujer era prácticamente perfecta o al menos yo la vi así.”

Cuando cuenta anécdotas, Luis habla fuerte. Mueve los brazos, las manos, los ojos. Es muy expresivo. “Le pedí que me escribiera la dirección de esa tienda. Yo tenía que volver”, dijo antes de soltar una pícara risotada.

Esa mujer que le dio las indicaciones para volver a la ciudad costera japonesa de Yokosuka, “donde descansaban las tropas”, se convirtió meses después en su esposa. “El día de la boda Eriko estaba sencillamente hermosa. Lucía un kimono de ceremonia, en su cabeza tenía un gorro que contenía ocho libras de arroz, disque para la prosperidad”, se ríe, “estaba completamente vestida de blanco y negro y una sonrisa se dibujaba en su rostro. Yo lucía mi uniforme impecable, limpio, pulcro. Los zapatos negros y relucientes como el sol, en mi pecho pendían dos medallas.

“La guerra se vivió bajo durísimas condiciones, con inviernos en que la temperatura caía hasta los 30 grados bajo cero. Ese día no fue la excepción, hacía un frío de miedo”, recuerda.

A medida que avanza con su narración, Quijano, huérfano desde los quince años, recuerda cada vez más detalles. Habla de colores, olores, fechas, nombres de ciudades japoneses difíciles de nombrar.

“Un día antes del matrimonio, el sábado 23 de enero de 1954 en la Iglesia Otsu (Japón), Eriko tuvo el bautizo ecuménico, necesario para podernos casar.

veterano de la Guerra de Korea

La ceremonia de matrimonio se hizo en cuatro idiomas para garantizar la validez: El ‘sí’ lo tuvimos que dar en japonés y en español, inglés, el idioma del enlace, y latín, el idioma obligatorio de la religiosidad.

La fiesta fue buenísima. Había que escuchar la orquesta dirigida por el marinero electrónico Pablito Castelar. La trompeta con la sordina, ¡cómo sonaban!”, Luis cierra los ojos y sonríe.

Mueve delicadamente de izquierda a derecha la cabeza, parece como si estuviera dibujando en su cerebro las imágenes de ese día. Cómo tomó delicadamente a Eriko Miyakawa por la cintura, cómo brindó con sus compañeros con champagne, cómo organizó una recolecta para regalarle una campana a la iglesia en la que se casó, la cena, todo.

Aún moviendo la cabeza de un lado a otro, imaginándose el sonido de una sobria trompeta, cuenta que la foto de su boda “salió en primera página de El Tiempo del 6 de Febrero de 1954, con un título: Oriente – Occidente Japón y Colombia.

Recuerda el sabor del ponqué: “dulce pero suave, crema blanca, quise repetir.”

De repente Quijano se queda callado, abre los ojos, pone las manos sobre la mesa e inhala como para tomar fuerzas y contar lo que viene.

“Duramos 52 años de casados hasta que la muerte vino a visitarla el tres de febrero de 2005. Ya vivíamos en Bogotá.”

Si quienes inventaron los chismes de la locura de los marinos que llegaron de Corea hubieran visto esta escena, se habrían llenado de motivos. El día del sepelio de Eriko, que se realizó en el Cantón Norte de Bogotá, Luis protagonizó una acción que describe con una palabra: “Dolorosa.”

“Qué le pasó, por qué se vino desde tan lejos, ahora me dejó solo”, el veterano de guerra Luis Quijano le hablaba al cadáver de su amada. Evita repetir el discurso que dijo ese día, pero advierte: “Hice llorar a más de cuatro.”

veterano de la Guerra de Korea

No tarda mucho en recordar otra anécdota, como para hablar rápido de otra cosa. Su memoria lo lleva y lo aterriza en los recuerdos del primer día de guerra en Corea.

Al conflicto, que fue el resultado de la separación de Corea entre sur y norte, fueron enviados 1.063 colombianos de los cuales murieron 18, 159 resultaron heridos y 96 fueron reportados como desaparecidos.

“El primer día de combate es de mucho pero mucho nerviosismo, por nuestras mentes pasan rápido toda nuestra familia, novias y amigos. Uno se pregunta: ¿Por qué estoy yo aquí tan lejos de mi patria? – ¿será que el fin de mi vida va a ser en esta tierra lejana?

Se hizo un intenso bombardeo a la Costa Coreana. El calor de la acción nos quita el miedo, después de esta impresión, viene la euforia. ¡No nos pasó nada! Luego viene la alegría de ser veteranos.”

Entre la biblioteca que es la memoria de Luis Quijano, rescata estos recuerdos:

– Marinos estadounidenses agarrados a los puños con los ingleses, porque borrachos los americanos decían a gritos: “Fucking Queen.”

– En Hong Kong comprábamos relojes a tres dólares. Funcionaban durante ocho días. No había garantía y la reparación valía diez dólares.

– Llegaron a Corea en barco llamado ‘Aiken Victory’, lleno de puertorriqueños y colombianos. Los boriquas siempre les ganaban las apuestas.

– Los filipinos, contra todo pronóstico, bailaban mejor que los colombianos.

– Luchaban con bayonetas caladas, un arma muy afilada que se acopla al extremo del cañón de un fusil para combatir cuerpo a cuerpo.

Luis Quijano recuerda como si fuera ayer la muerte de su mejor amigo en el frente.

“El domingo 13 de septiembre de 1953 nevegábamos el Mar Amarillo. Dos fragatas debían intercambiar sacos con correspondencia, víveres y munición. Uno de esos sacos cayó al agua.

Para recuperarlo se hizo una acción rápida y con poca coordinación. Las fragatas chocaron con violencia. Esto sumado al oleaje, hizo que se doblaran como velas de cebo. Mi compañero, que pilotaba una de las naves falleció. Otros sobrevivieron. El señor Héctor Perea, un negro imponente, muy dicharachero y alegre, falleció porque tenía el salvavidas de adorno (sin inflar). El Mar Amarillo, lejos de su Chocó natal, se convirtió en su tumba.”

Al conflicto de Corea se le conoce como la Guerra Olvidada. Nombre que contrasta con la memoria de Luis Quijano, quien no ha olvidado un solo detalle.

Cuando este hombre, que luego de salir de la marina decidió estudiar contaduría, habla de la guerra frunce el ceño: “Me da fastidio cuando escucho que alguien habla de guerra: No sabe de lo que está hablando. Estuve en el teatro de la guerra donde se ven muertos, heridos en medio del frío esperando atención la noche entera. Se ve mucha miseria, y no se puede andar solo porque lo atracan. La guerra no sirve para nada, no debiera existir.”

veterano de la Guerra de Korea

Con algo de picardía, Luis recuerda que el día que dio un paso al frente para ofrecerse para ir a la guerra, lo hizo para “no verle más la cara al contramaestre sanadresano Míster Howard. No lo quiero ver a usted más, me enlisté y me fui para Corea.”

En el texto ‘De Corea a la realidad’ de Gabriel García Márquez, el Nobel escribió: “Muchachos de Antioquia, Cundinamarca, Boyacá o la costa atlántica, que todas las noches se acompañaban con el tiple canciones colombianas y escribían cartas a sus parientes y amigos como si aquello no fuera otra cosa que unas extrañas, inesperadas y cómodas vacaciones; buenos muchachos que en su vida habían matado una mosca, se encontraron bruscamente enfrentados a la necesidad de matar, para conquistar 2.000 metros cuadrados de una pelada cresta que para ellos no significaba nada, cuyo nombre original no sabían pronunciar y que en la actualidad muchos no recuerdan.”

Uno de esos jóvenes era Luis Quijano, quien en enero de 1948 ingresó a la Armada. “No conocía el mar, pero cuando lo conocí me enamoré. La brisa, el olor, el cielo azul, todo. Yo ahora llego a una costa y en cinco minutos ya estoy adentro del mar.”

Luis es un hombre romántico. No le bastó con encontrar el amor en medio de la guerra. Tras la muerte de su esposa la soledad lo estaba matando. Pero en su propia familia tuvo la solución.

Tres años después de la muerte de Eriko se dio cuenta que su corazón le pertenecía a la exesposa de su hijo.

Semejante situación es algo que Luis Quijano prefiere evadir. Pero es Roxana quien quiere rescatar la historia:

“Cuando él quedó viudo yo ya me había separado de su hijo. Pero seguía pendiente de mis suegros. Compartía más con ellos que con mi exesposo. Luego de la muerte de Eriko me fui a Aguachica (Cesar) a visitar a mi hermano. Luis me llamó porque dizque se quería casar conmigo. Le dije que no, que no era correcto. Empezó a insistir y le dije, pues hágale a ver.

Obviamente todo el mundo se vino encima, decían que me quería quedar con la plata. Todo empezó a cambiar de rumbo. Nos casamos, y a raíz de los problemas con la familia nos separamos. Al año volvimos y nos propusimos salir adelante. Nos volvimos a casar y ya llevamos seis años de matrimonio”.

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