Vivir en la Comuna 13

Vivir en la Comuna 13

19 de noviembre del 2010

A medida que se sube en las comunas, esos barrios colgados de las faldas de los cerros que rodean a Medellín, el mundo funciona al revés. Así lo percibió el fotógrafo Federico Ríos, quien se propuso vivir en la Comuna 13 para captar con su cámara Nikon el día a día de la zona urbana más caliente de la ciudad. La bienvenida que le dio Ildenilson, un curtido pandillero de pocos años de edad, fue clara y escueta: “Yo sumo, resto, multiplico y mato”.

Y con él empezaron las historias escabrosas de muchachos que confirman que la guerra del sector es, en realidad, una “guerra boba”, como ellos mismos dicen, por el control de metros cuadrados. “Bolas”, otro pandillero, le mostró las 19 puñaladas que le propinaron cuando atravesó un barrio vecino camino al colegio. Los agresores lo consideraron un infiltrado en busca de información en territorio ajeno. Los barrios están divididos por marcas invisibles que imponen reglas de vida o muerte. La condición es “no ha visto, no ha oído, caye y viva bueno”. Los niños son utilizados para llevar información, trasladar armas o hacer inteligencia.


Fotos: Federico Ríos

Una suerte similar sufren todas las personas desconocidas o ajenas al barrio. “Cero forasteros. Si no es de aquí, no pasa. Si no tiene quién hable por él, no pasa. Aquí entra gente y nos mata a dos o tres, entonces para evitar malos ratos más bien cero”, dice “El Flaco”, uno de los líderes del sector.

Federico Ríos se ganó la amistad de pandilleros, amas de casa, tenderos y vendedores ambulantes de El Salado, Nuevos Conquistadores, El Corazón, Belencito, Independencia 1 y 2, barrios marcados por la desconfianza para tomarles el pulso desde dentro. Allí se vive el infierno y la crudeza de la guerra urbana mezclada con la pobreza, la falta de oportunidades, la venta de drogas, la extorsión y los asesinatos en cabeza de combos como “Los de la Boa”, “La plancha”, “115”, “Picuas”, “Los calvos”, “Los conejos”, “Los de la Torre”, “Nandito” y “Las curvas”, que no le permiten a nadie crecer alejado de la zozobra.


Fotos: Federico Ríos

Ríos aprendió que cuando los niños, las amas de casa, los tenderos y los vendedores ambulantes utilizan el nombre de Marcela, no es para referirse a la más bonita del barrio, sino para advertir de la presencia de la Fuerza Pública por si acaso está en curso alguna fechoría. Todo el barrio es cómplice.

Las balaceras se anuncian porque los vendedores de arepas y de empanadas no sacan sus toldos a la calle, y las bandas tienen tal nivel de organización que cuando la Policía o el Ejército capturan a uno de sus integrantes, de inmediato actúa un grupo de abogados para evitar la judicialización de los delincuentes. Los menores saben de legislación para evadir culpas. No hay justicia que valga.

Allí se duerme poco. Los combos viven atentos a cada movimiento, a cada visitante, a cada ruido. A punta de vicio y trago se mantienen despiertos. Los jóvenes que están solos, sin familia, pasan sus días con un plato de arroz y un bocado de atún, o una arepa con agua de panela o gaseosa.


Fotos: Federico Ríos

El dinero que obtienen por las actividades delincuenciales no se ve. Pareciera que todo se va en droga, el combustible que alimenta la adicción y la compra de armas y municiones. Una bala, por ejemplo, vale $2.500, una suma irrisoria si se tiene en cuenta el valor de una vida. Pero eso, la vida, allá vale poco. Cuando de crueldades se trata no hay límites, como la historia que Ríos escuchó sobre la vez que descuartizaron a punta de sierra a “Ivanoso”, el jefe de uno de los combos.

Durante la época en que subió y bajó de la comuna, Ríos aprendió a moverse entre callejones, escaleras y cambuches donde los pandilleros guardan el radio, un sartén para cocinar o un colchón para dormir la resaca de la droga, el licor y las noches en vela que deben pasar para garantizar la seguridad del sector. Allí no hay calles bien trazadas y las casas están levantadas con dos o tres palos de madera. Allí viven cinco o seis personas de una misma familia que, con el tiempo, apuntalan con algo de cemento.

Federico Ríos no se conformó con retratar la guerra con imágenes, sino que también quiso analizarla. Leyó textos de analistas, políticos, religiosos y organizaciones no gubernamentales, y entendió que la guerra de hoy es la misma que comenzó hace ocho años, después de las famosas operaciones militares Orión y Mariscal en la Comuna 13.

La guerrilla de las Farc y el Eln fueron desplazadas, pero llegó la ley de Diego Fernando Murillo, “Don Berna”. Su reinado en las comunas de Medellín duró hasta junio de 2008, cuando el gobierno lo extraditó. La dispersión y el caos delincuencial reinaron y la ciudad quedó a merced de dos nombres que los medios repiten sin cesar: Valenciano y Sebastián. Los dos huyen de la justicia, pero tienen en jaque a la ciudad.


Fotos: Federico Ríos

¿Por qué es tan importante el control de las comunas y sostener una guerra degradada, donde se matan hasta por un par de tenis? Las comunas, según Ríos, son el centro de dos operaciones importantes para la delincuencia: por un lado, sirven de entrada y salida de armas y drogas de Urabá a Medellín, pero también es donde se planean y llevan a cabo los secuestros y las extorsiones de empresarios, ganaderos y gente del común.

Esta realidad convertida en imágenes está presente en una serie de fotografías que Ríos llamó 13×3, un nombre que refleja la vida en la Comuna 13: un enjambre de barrios controlados por tres jefes de bandas: Sebastián, Valenciano y Los Gaitanistas; con tres fuentes de ingreso, extorsión, venta de alucinógenos y vueltas (encargos especiales como asesinatos), y con la presencia de tres protagonistas: sociedad civil, combos y autoridad.