Existe la posibilidad científica de convertirnos en zombis

Existe la posibilidad científica de convertirnos en zombis

1 de marzo del 2017

Hace mucho tiempo la ciudad quedó completamente desocupada. El panorama es desolador. Algunas casas y los edificios están reducidos a escombros, a cenizas. No quedan sino los muertos.

En una calle larga se ve una procesión precisamente de ellos: de muertos. Caminan lentamente, tambaleándose, como errando. De sus rostros ha ido desapareciendo la carne; no les queda sino una delgada capa de tejido, ya podrido, sobre un cráneo ennegrecido. Algunos no tienen ojos. De sus cabezas cuelgan hilos delgados de cabello sucio.

Esa podría ser una de las tantas imágenes en las que pensamos cuando nos hablan de zombis. Un “apocalipsis” en el que los “muertos vivientes” dominen el planeta es una de las probables, aunque remotas posibilidades a las que podrían llevarnos estos tiempos modernos. O por lo menos así no lo han hecho creer las películas, los libros, los comics o la televisión.

Sin embargo, en la naturaleza, la perspectiva de “los muertos vivientes” no es tan remota, tan extraña, y la ciencia ha documentado casos reales para los que la palabra “aterrador” se queda corta.

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La “avispa parasitaria”

La mariquita es un insecto de jardín que abunda en casi todos los lugares del mundo. Una criatura tan pequeña, con ese gracioso caparazón de colores, parecería que no tendría enemigos. En la naturaleza, eso no pasa: todos tenemos depredadores. El de la mariquita es uno de los más crueles. Se llama avispa parasitaria (Dinocampus coccinellae).

La desprevenida mariquita camina sobre una hoja. De pronto frente a ella se para una avispa pequeña pero que intimida. Antes de que la mariquita huya, la terrible avispa le ha clavado su aguijón y le ha inyectado unos huevecillos y una mezcla química. La mariquita ya no es más dueña de sí misma.

Cuando el huevo eclosiona, las diminutas larvas de Dinocampus coccinellae se empiezan a comer desde adentro al desafortunado huésped. Tres semanas después, cuando la avispa ha adquirido los nutrientes suficientes, perfora el exoesqueleto de la mariquita. Pero no es el final: aunque se ha librado del parasito, la mente de la mariquita sigue cautiva.

Ahora la larva de la avispa se agarra a la parte inferior de la mariquita, envuelta por un capullo, en el que se queda hasta que su desarrollo se ha completado. Desde allí controla todos los movimientos del desafortunado animalito. Finalmente, cuando ha cumplido ese ciclo se va. El huésped muere de inmediato.

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La avispa esmeralda

Las victimas preferidas de la avispa esmeralda (Ampulex compressa) son las cucarachas. En los enfrentamientos estas últimas siempre son las perdedoras, con una precisión quirúrgica, la malévola avispa le inyecta en la cabeza un coctel de sustancias que afecta directamente los neurotransmisores de la cucaracha. Ahora es un “muerto viviente”.

Como si fuera su marioneta, la avispa lleva la cucaracha hasta su madriguera, jalándola de las antenas. Allí deposita sus huevos dentro del huésped. Cuando empollan, las larvas salen y se comen a la cucaracha.  

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Toxoplasma

Toxoplama gondii es un parasito que solo se multiplica dentro del sistema digestivo de los gatos. Antes de llegar allí ha hecho una larga travesía, en la que ha convertido a una desafortunada criatura en un zombi: se apoderó, primero, de un ratón.

A tal nivel afecta el toxoplasma a los roedores, que literalmente pierden el miedo a los gatos. El sofisticado movimiento que hizo el parasito, incluso obliga a quien lo alberga a que se acerque a su natural depredador. El ratón no se esconde. No huye. Va, como sin control de sus movimientos, directamente hasta el hocico del primer gato que encuentre.

Ya dentro del gato, el toxoplasma se reproduce, para luego convertirse en una enfermedad, la toxoplasmosis, que afecta a los gatos y, algunas veces a los fetos humanos. La vía de contagio es por las heces de los felinos. Ya se sabe qué hizo el toxoplasma para llegar allá.

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El parasito de las ranas deformes

Se llama Ribeiroia ondatrae. Es un microscópico parasito que habita en lagos, estanques y ríos. Sus víctimas son dos: los caracoles y las ranas.

En la primera parte de su ciclo de vida, infecta al caracol, ya que se reproduce dentro del sistema digestivo del molusco. Cuando ha cumplido su primera etapa, miles de larvas del parasito salen por las excreciones del caracol, dispuestos a buscar a su otro huésped; uno con el que harán cosas horrendas.

Mientras los pequeños renacuajos nadan desprevenidamente, miles de ribeiroia se enquistan en sus nacientes extremidades, y a medida que el animal crece, también va desarrollando deformaciones, parecidas a sus ancas originales. Será una rana con seis patas o más.

La pobre rana es incapaz de evitar el peligro porque el parasito también se ha alojado en su cerebro. Tiene la necesidad inexplicable de pasar más tiempo en la superficie del agua, expuesto a las aves acuáticas, como la garza por ejemplo, que sin pensarlo ni un minuto se engulliría a la rana llena de Ribeiroia. Luego el ave se irá a otro lago, defecará, y el ciclo del terrible parasito empezará de nuevo.

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La hormiga zombi

Transportadas por el aire, las esporas del hongo Ophiocordyceps, buscan a su víctima. Una desprevenida hormiga será sobre quien caerá la desgracia. Apenas la espora toca  la cabeza del insecto, empieza a perforar hasta llegar al cerebro. Desde allí se hace dueña y señora de la voluntad de la hormiga.

Las órdenes del hongo son muy simples: necesita que la hormiga se aleje del suelo, que no trabaje con su colonia, y que, al contrario, se suba, ojalá a una planta alta y se quede allí, quieta. El instinto de la hormiga la obligaría a ir hasta donde están los suyos, pero no puede. Su tarea es esperar, en medio de una lenta agonía, que la espora del hongo brote, directamente de su cabeza, y pueda soltar nuevas esporas para que el aterrador ciclo empiece una vez más.

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¿Qué dice la ciencia?

De acuerdo con la Revista National Geographic, la explicación a que algunas especies, sobretodo de parásitos se comporten así, estaría en algo que se llama fenotipo extendido.

Vamos por partes. Se sabe que el genotipo es la información genética que posee un organismo en particular. El fenotipo, por otro lado, sería la forma en que los genes se expresan: color de ojos, de cabello, tono de piel etc. En esa medida, y de acuerdo al biólogo Richard Dawkins, “tenía que haber en los parásitos genes más poderosos que aquellos de los huéspedes mismos y que normalmente controlan sus acciones”.

En esa medida, el fenotipo extendido sería una mutación responsable de que ciertas criaturas tuvieran la posibilidad de controlar a otras completamente. Se ha ido desarrollando, explica el experto, por un largo y complejo proceso de evolución.

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¿Qué podría pasar con los seres humanos?

Steven C. Scholzman, profesor de siquiatría de la Escuela de medicina de Harvard, ha intentado demostrar que la posibilidad de muertos vivientes, sería más que una simple especulación o una fantasía de guionistas o escritores con mucha imaginación.

Dice que el caso médico se llamaría Síndrome de la deficiencia de la saciedad atáxica. La clave de la enfermedad, que nos convertiría en zombis, sería un daño irreversible en el lóbulo frontal del cerebro.

Resultaría posible que una persona sufriera un daño cerebral severo, que lo haría perder la conciencia, manteniendo, sin embargo, funciones de movimiento, además del apetito y la compulsión, que se verían aumentados según la gravedad del síndrome. En el lóbulo frontal, también se controlan los sentimientos de saciedad o ira. Alguien enfermo se movería sin conciencia de sí mismo, pero con un terrible apetito y muy, muy enojado. Literalmente, un zombi.

En las películas, las series, los comics o los libros, el tantas veces nombrado “apocalipsis zombi”, empieza, generalmente con un virus terrible. De acurdo con Scholzman, que una infección viral afecte el lóbulo frontal de los humanos no es para nada descabellado. Es más: parece una gran posibilidad. Falta ver cuál sería el origen de la epidemia.

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