¡Sí, sí, Colombia!

1 de abril del 2011

Que Cristopher Alexander Jácome Sanguino, un joven de 17 años, haya sido asesinado a balazos en Cúcuta mientras jugaba un partido de fútbol sin haber metido un autogol, no es una noticia que llame la atención. Que sus amigos de la barra del “Indio” lo hubieran llevado, con ataúd y todo, a ver el juego que enfrentaba a su equipo del alma con el Envigado, un partido para morirse del aburrimiento, fue una noticia que le dio la vuelta al mundo.

Este hecho ilustra, a mi manera de ver, tres de las características típicas de la sociedad colombiana que impiden la búsqueda y aplicación de lo que llamo soluciones creativas al conflicto armado actual.

La primera de ellas, es la casi atrevida realidad según la cual los colombianos, como mecanismo de defensa, naturalizamos la violencia y a su consecuencia más aterradora: la muerte. Para que un ataúd sorprenda y movilice sentimientos de dolor y rechazo, tiene que pasar lo que pasó en el General Santander la semana pasada. Estamos llegando a un punto de no retorno. Hoy, convenientemente, dejamos de sorprendernos y conmovernos por la muerte generada por acciones violentas. Los titulares nos estremecen cada vez menos, las imagenes ya no nos impresionan y la indiferencia crece cada vez más.

Nuestros jóvenes entienden que lo violento es una normalidad del acontecer nacional y, peor aún, de sus vidas cotidianas. Los padres son violentos, agresivos, represivos. Los docentes unos tiranos. Los taxistas unos bárbaros. Somos una sociedad intolerante y poco respetuosa. La amabilidad y la cordialidad se volvieron una muletilla que algunas ciudades usan para vender y atraer turismo. La desconfianza es un comportamiento que muchos de sus habitantes usan como estilo de vida para sobrevivir en ambientes inseguros y violentos.

Así es la vida en nuestras ciudades: Confiar es sospechoso, sospechar es natural. Asesinar para sobrevivir, violentar para alcanzar.

El otro rasgo que deja en evidencia el hecho del ataúd en el estadio cucuteño es que, por un lado, los colombianos somos unos excelentes transgresores de normas. El coronel Pico, a quien este hecho podría costarle su cargo, manifestó aún sorprendido frente a los medios de comunicación: “al estadio solo entran mayores de edad, sin ningún tipo de trompetas o palos, y mucho menos armas”. Aunque no existe una norma escrita que impida el hecho de que puedan entrar muertos al estadio, se entiende, aplicando el simple sentido común, que un ataúd (con Cristopher o sin él en su interior) es un elemento que puede ser utilizado para infringir daño físico cuando está en manos de unos personajes cuyos antecedentes evidencian el uso de la violencia. A mí me han impedido entrar al Campín con lo que hoy llamamos de manera elegante, y como consecuencia de la globalización, vuvuzela, porque podría eventualmente atentar contra la integridad física de las personas a mi alrededor, y no se referían a que los decibeles emitidos por el ensordecedor ruido pueden ocasionar, como está demostrado, daños en el oído de mis vecinos, sino porque puedo agarrar a trompetazos a un hincha del equipo contrario. Si no entra una trompeta de plástico, no debería entrar un elemento, como un ataúd, que potencialmente se puede convertir en unos trozos de madera filosa con puntillas en sus extremos.

La tercera característica se deduce de la anterior. No solo nos saltamos las normas, sino que la autoridad encargada de hacerlas cumplir no utiliza el mismo rasero para castigar dichas infracciones, cuando efectivamente logra ser eficiente para castigarlas.

Últimamente en Colombia pasan cosas muy raras: un ataúd en un estadio; un contratista defendiéndose de la acusación de corrupción que se le hace, diciendo que ésta es inherente a la naturaleza humana; la Selección Colombia ganando un amistoso internacional. Algo me dice que este blog, si la cosa sigue así, va a ser todo un éxito.

Imagen tomada de: www.laopinion.com.co

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