“Querida Kitty”

24 de mayo del 2011

La noche era fría en Ámsterdam. A principios de noviembre de 2007, el invierno se acercaba en aquella ciudad que pisábamos por primera vez. Eran las cinco de la tarde y hacíamos fila en una casa de grandes ventanales justo al frente de un hermoso canal. Pocas personas estaban delante de nosotros. Yo seguía sin creerlo: habíamos llegado.

Era una calle común y corriente, justo en el centro de Ámsterdam.  Su dirección: Prinsengracht 263-267. Las personas, a pesar del clima feroz, transitaban en sus bicicletas. Las hojas de los árboles apenas se veían.  El lugar no tenía nada en particular que lo distinguiera de la imponente arquitectura de aquella ciudad.  Pero ahí estábamos, justo al frente de la puerta, mi papá, mi mamá, mi hermana y yo. Un agradable cajero recibió nuestras boletas de ingreso y entramos.

Once años antes y muy lejos de allí, en la clase de Español de las 10 de la mañana, Gloria, la profesora, nos pidió a las alumnas de noveno A reunirnos en grupos de 5 integrantes. La idea era que cada miembro del equipo hablara de su libro favorito con las demás. Sigo sin recordar cuál fue la sugerencia que les di a mis compañeras. Pero, como si fuera hoy, recuerdo que Paula pronunció su nombre: Ana Frank.  “La niña judía que se escondió de los nazis” dijo ella, desprevenida, como si todas supiéramos de su existencia. Después de darnos una pequeña reseña, quedé intrigada con aquella historia. Por eso,  esa misma tarde y después de salir del colegio, fui al Centro Comercial Oviedo con la única intención de encontrar aquel libro.  Y ahí estaba, escondido en el rincón de una vieja estantería: El Diario de Ana Frank, un libro de bolsillo, con el dibujo de una niña rubia mirando un arcoíris.

Con expectativa, me encerré en mi cuarto ese fin de semana con un solo objetivo: leer a Ana. Me olvidé de las tareas de geometría o de las fiestas del fin de semana. Me quedé con Ana, a solas, tres días seguidos. Recorrí en mi imaginación su casa en Ámsterdam, imaginé los rostros de sus padres, de su hermana, de sus amigas del colegio que tanto la querían, de sus compañeros de infortunio en el anexo… sufrí su encierro como mi encierro, lloré cuando lloraba, en silencio, aquel rechazo que los demás le proferían… me enamoré de su amor, Peter, y esperé su primer beso como si fuera el mío. Era el recorrido por muchas, y profundas, emociones humanas, despojadas de cualquier afán, de cualquier pretensión: su única motivación era escribirle a Kitty, su amiga secreta. En el anexo secreto.  Todo era un mundo fascinante. Todo era real.

El domingo, exhausta, leí la última página de su diario. Dolida, leí su epílogo, sin creer lo que estaba leyendo: su amargo final. Sabía que esa historia me marcaría para siempre. Y no estaba equivocada.

Con el paso de los días,  Ana seguía en mi mente. Yo tenía 14 años. El afán de saberlo todo sobre ella, su familia, la guerra, los nazis  y, sobre todo, su muerte, absorbían mi tiempo. Hice obras de teatro, cuentos, poemas sobre ella. Hice de todo para saberlo todo sobre aquella famosa niña que como yo, quería ser periodista y escritora. Pero solo me faltaba una cosa: llegar a Holanda para visitar el refugio que inspiró aquella maravillosa historia. Y allí llegué, sin prisas, 11 años después. Con miedo. Con una felicidad enorme. Había llegado el momento de sellar una historia. Ana estaba frente a mí.

Al entrar al museo, el silencio predominaba. El pequeño grupo de turistas que nos acompañaba en el recorrido apenas murmuraba. Parecíamos cómplices de aquel silencio que Ana y sus compañeros de encierro tuvieron que guardar mientras permanecían ahí, escondidos, cuando ni sus pasos podían sonar. El recorrido por las oficinas en el primer piso termina al observar una escalera de madera inclinada, y al final de ella, una gran puerta giratoria. Subimos. Era el anexo.

Yo temblaba, me sentía como en un sueño. Al entrar, en una de las paredes permanecían las fotos de los refugiados.  Después pasamos a las habitaciones.  En el cuarto de los Frank, un pequeño mapa ilustra el avance de la guerra. En una pared amarillenta, unas rayas horizontales hechas en lápiz me llamaron la atención.  Después lo supe: era la forma como los padres de Ana llevaban el registro del crecimiento de Ana y su hermana. Y llegamos, el momento y el lugar sublime: ahí estaba el cuarto de Ana, el lugar donde ella, sola, había escrito aquel horror. En las paredes aún se conservaban algunos de los posters de sus actores favoritos  y de la realeza europea que tanto le fascinaban; una cama pequeña al lado izquierdo de la habitación y en una urna, solemne,  el diario, con una pasta cuadriculada roja y blanca. Estuve ahí algunos minutos.  Ahí estaba, el libro motivador de tantos millones de personas alrededor del mundo. El diario íntimo de una niña que ahora es parte de la Historia universal. El libro que a mí me había sacado tantas lágrimas. Ahí estaba su espíritu, su voz y su protesta. De ese momento no existe ningún registro (pues en aquel museo prohíben tomar fotografías) pero jamás lo olvido. Yo flotaba. Solo flotaba. Era mágico estar allí.

Al salir del museo, no sé cuánto tiempo después, el mundo parecía otro. Las calles estaban más oscuras, más solas. Todos parecían haber huido del frío. No llovía. Entramos a un restaurante árabe a comer. Los demás hablaban del recorrido al otro día por la ciudad. Yo no entendía nada. Mi mente y mi corazón seguían en el anexo secreto de Ana Frank. Seguían recorriendo sus pasillos, mirando sus paredes, grabando para siempre aquel momento. No lo he olvidado.  Aún sigo escribiendo sobre ella, 15 años después de haberla conocido. Aún está ahí, en mi biblioteca, cuando quiero recorrerla, de nuevo, como la primera vez.

Twitter: carito97

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