“Yo hablo inglés, pero despacio”

23 de junio del 2011

Como todos los días,  mi placer como lectora y mi deber como periodista me obliga a leer desde temprano todos los periódicos y revistas nacionales. El lunes pasado,  me encontré en eltiempo.com un artículo de Diego Santos, Editor Jefe de este periódico, titulado ferozmente “Golpeada y hundida, la ortografía mutó a horror-grafía” (http://www.eltiempo.com/gente/golpeada-y-hundida-la-ortografia-muto-a-la-horror-grafia_9672224-4).  Este artículo,  desesperanzador y dramático,  trata sobre las conclusiones a las que llegó Santos después de revisar los exámenes de ortografía de un grupo de estudiantes universitarios.

El análisis que publica en su artículo es alarmante: “Los resultados de las pruebas de ortografía de los universitarios que quieren hacer sus prácticas en algún medio de comunicación son desoladores. Sobre un máximo puntaje de 50, el promedio de las notas ronda entre los 20 y 23 puntos. Por debajo de 20 es común y ver un 26 o 27 es motivo para celebrar. Y así estamos”.

Es previsible. A nadie le importa tener una buena ortografía. Seamos claros: eso no da plata. Escribir mal o bien no le quitará ceros al cheque que recibes cada mes, no tendrás menos amigos, no serás menos atractivo ni menos exitoso. Por lo tanto, eso no importa.

Cuando se habla de ortografía, de lo bien o mal que escribe una persona, yo siempre recuerdo la misma frase “yo hablo muy buen inglés, pero despacio”. Una frase contradictoria y hasta graciosa, pero humilde y sabia. Y me gusta.

Por eso, yo, a pesar de haber ganado concursos de ortografía en el colegio, a pesar de escribir cuentos, poesías, crónicas, historias y reportajes desde que era una adolescente, a pesar de que escribir (y escribir bien) sea mi obsesión desde hace ya tiempo, yo también digo, sin vergüenza: “yo sé hablar inglés pero despacio”, es decir, aunque me apasione y me obsesione la ortografía y el arte de escribir bien, no lo sé todo, soy consciente que es imposible saberlo todo y no doy por hecho que ya sé algo porque ya me lo enseñaron. Es ridículo, es mediocre. Por eso repito: yo sé escribir bien, pero despacio. Y con un diccionario a la mano, por favor.

La educación que recibimos tiene la culpa, pero no toda. Muchos se precian de que en su colegio les hacían dictados todos los días, sin falta. Pero lo que no recuerdan es que del colegio salieron hace 15, 20 o 30 años. Y de las universidades es mejor ni hablar. En la mía, me dieron un solo curso de redacción en toda la carrera. Sólo una profesora (sí, sólo una) rebajaba la nota a final al sumar los errores ortográficos cometidos. Y yo estudié Comunicación Social y Periodismo en una de las mejores universidades del país. Cuando salí a la calle, a escribir, a corregir textos, me di cuenta que poco sabía. Entendí que ni el colegio ni la universidad podían enseñarme lo que yo tenía que saber. Era mi obligación consultar, aprender y entender. Y todos los que usan un computador, ya sea para escribir un memorando o una carta de amor, deberían hacer lo mismo.

La ortografía es ahora un saber arcaico. Los que queremos un español bien escrito somos quijotes golpeándose, testarudos, contra los molinos de viento (como lo cita Santos en su artículo), y así nos quedaremos por siempre.  Nos ven como enfermos mentales, como aquellas señoras que limpian el polvo en las casas ajenas sin que nadie se los hubiera pedido. Somos menopáusicos, cascarrabias, buscapleitos, sicorrígidos. Lo que para nosotros es un deber moral,  para otros puede ser un chiste y nada más. Un descuido.

Los periodistas debemos tener buena ortografía. Es parte fundamental de nuestra credibilidad como profesionales.  En eso estoy de acuerdo. Pero eso no exime a los demás profesionales de tener una buena ortografía también ¿O usted, querido lector, le creería a un médico que le recete, para el más agudo de sus dolores “4 inyesiones en la mañana y 4 pastiyas en la noche”?. No. Definitivamente no. Saldría corriendo de ese consultorio y pediría, mínimo, una segunda opinión.  Quien hable un idioma debe tener un respeto mínimo por él, no importa si es médico, arquitecto, cirujano, ingeniero o publicista. No hay disculpa.

Sólo basada en mi experiencia es que concluyo que leyendo no se aprende a escribir correctamente.  Tampoco escribiendo se aprende a escribir correctamente. Sólo dudando se aprende a escribir correctamente.

Para escribir bien (o tratar de hacerlo) la clave es dudar. Dudar de lo que escribimos y lo que leemos. Leer desde la valla de la carretera y el periódico de las mañanas hasta los libros de 400 o 500 páginas. Pero leyendo críticamente. Nada de cursos de lectura rápida ni de devorarse un libro porque sí. Despacio, solo despacio, palabra por palabra. Sólo así nos entrenaremos para ver errores donde los hay y donde no los hay creyendo que los hay. Encontrarán miles.

Dudando de todo, apelando humildemente a Descartes y a su duda metódica, es que estaremos cerca de escribir bien. Es lo único que nos queda. No confiando ni en nosotros mismos. Esa es la clave (o por lo menos mi clave, la que he usado los últimos años cuando me di cuenta, definitivamente, que poco sabía, que el idioma que hablo es tan amplio y mutante que no puedo saberlo todo. Repito: hablo inglés, pero despacio).

Para mí, la buena ortografía es sinónimo de gracia, de talento, de cultura. Una persona que escriba bien me da confianza, me muestra, a través de sus frases bien escritas y de su estilo cadencioso, aquello que quizás no conozco o no he conocido de ella: los libros que ha leído, los viajes que ha hecho, lo alto y cómodo que se mueve por el mundo. No es añadidura, no es casualidad. Para mí, una persona que escriba bien me atrae, me embelesa. Me interesa, me doblega. Y aunque Miguel Bosé cante enamorado “con tu mala ortografía, te amaré” a mí me cuesta. Y mucho.

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