EL REY

22 de junio del 2012

Messi sólo ha marcado un gol en los mundiales, con el dudoso mérito de haber sido anotado en la vergonzosa goleada 6 a 0 de Argentina sobre Serbia y Montenegro en Alemania 2006

Lionel Messi es un gran jugador de fútbol. El mejor del mundo en la actualidad. Eso es algo tan indiscutible que probablemente sea la única cosa en el mundo en la que el mundo entero está de acuerdo. Fundamentalismos religiosos, tradiciones gastronómicas, catálogos de obras de arte… Todo lo anterior siempre tiene el color del cristal chauvinista de quien lo mire. Lo de Messi no; chinos, turcos, brasileros (!), españoles, australianos, nigerianos, argentinos –por supuesto- y, cómo no, colombianos convienen en que el pequeño jugador –La Pulga– es un fenómeno fabuloso que asombra prácticamente en todos los partidos: a veces no se entiende cómo una humanidad tan menuda es capaz de sortear, con éxito rutinario, la voluntariosa oposición de formidables atletas cuya profusión actual no tiene precedentes en la historia de ese deporte.

Así como -en el otro extremo de las cosas- hay tantos mejores Dj’s del mundo como DJ’s existen (caso único entre todas las clasificaciones de todos los temas posibles), con lo de Messi ni siquiera se considera competencia el segundo mejor del mundo; ni la propia madre de ese –también- gran jugador de fútbol, Cristiano Ronaldo, se atrevería a sugerir que el portugués rinde igual que el argentino. En el boxeo, debido a las enormes diferencias en los pesos de los púgiles, hay una expresión para designar al mejor de todas las categorías: el mejor libra por libra. En el fútbol, teniendo en cuenta las diferencias en las posiciones de juego (algunas de las cuales gozan de indudable mejor prestigio que otras) podríamos acuñar una expresión semejante: el mejor minuto por minuto. Y ese, actualmente, es Messi.

Todo eso está muy bien; pero de ahí a siquiera sugerir que Messi, ese Hobbit del fútbol, sea mejor que Pelé –O Rei-, hay un abismo de proporciones siderales: Maicao y Nueva York, Fabio Valencia Cossio y Winston Churchill, Jota Mario Valencia y Carl Sagan, Ricardo Arjona y un chimpancé (siendo Messi Ricardo Arjona… Está bien Lio, perdóname esta última). Sin embargo, por muy absurda que nos parezca tal consideración -que Messi es mejor de lo que fue Pelé– han de saber ustedes que hay legiones de oligofrénicos que aceptan tamaño exabrupto sin que se les doblen las rodillas; y sin ni siquiera haber visto un sólo minuto de juego del irrepetible Edson Arantes Do Nascimento. (Aunque esta locura tarde o temprano pasará; noten cómo ya, con más pena que gloria, Maradona fue sacado de taquito de la competencia).

Creo que todos esos disparates encuentran su explicación –como tantas otras cosas de la vida- en la asombrosa ubicuidad contemporánea de la información. Cuando yo era niño –ya Pelé estaba prácticamente retirado, por lo demás- ver un partido de fútbol televisado –cualquiera- era, debido a la excepcionalidad del hecho, un verdadero acontecimiento: nos reuníamos todos los amigos a adivinar, en aquellas imágenes lluviosas en blanco y negro, dónde diablos iba el balón. Y así era en casi todo el mundo (en Estados Unidos, para entonces, el fútbol era prácticamente desconocido). En sus años mozos –los mejores de todo deportista- a Pelé sólo lo veían los que iban al estadio a ver jugar al Santos, su equipo de casi toda la vida (¿40.000 personas? ¿50.000?). Hoy en día, en contraste, son millones los que ven casi a diario los partidos de Messi en High Definition, incluyendo espectadores de países remotos que apenas conocían el fútbol en la época de Pelé.

Son tan desiguales las condiciones de la contienda por el primer puesto en la historia, que de los 1367 goles que anotó Pelé en su carrera deportiva un gran cantidad no fueron grabados; o sus registros visuales se han perdido. De hecho, el mejor gol que -a su juicio- marcó Pelé nunca fue captado en cámaras. Aconteció el 2 de agosto de 1959 en el partido que enfrentaba al Santos con el Juventus. En vano ha tratado, el mejor jugador de fútbol de todos los tiempos, de escudriñar en la memoria fílmica de Brasil con la esperanza de encontrar ese gol mágico; apeló incluso a la providencial posibilidad de que algún coleccionista privado conservara una grabación inédita de la que, sin duda, debe ser la gema más preciosa del gran tesoro del fútbol. Pero nada (como es apenas natural; sería como encontrar los clavos de la cruz de Cristo). La estética universal tuvo que consolarse con una recreación digital del gol.

Por otra parte, la gigantesca operación de marketing desplegada desde hace varios años por los clubes de fútbol –sobre todo algunos europeos como el Barcelona, donde actúa Messi- hace que la distorsión en las dimensiones de jugadores, anacrónicos entre sí, se potencie a niveles ridículos: camisetas, juegos de video, publicidad de todo tipo, y un sinnúmero de elementos casi inexistentes en 1977, cuando se retiró Pelé –para no hablar de 1954, cuando obtuvo su primer contrato-, catapultan a las estrellas de hoy a firmamentos artificialmente inflados, en los que la voracidad de lucro es la estrella que más brilla; estadios llenos y televisores prendidos son el objetivo a conseguir a costa de lo que sea.

También está el hecho de la ventaja que tienen contenidos mass media frescos sobre los antiguos en la maleable mente de los principales generadores de opinión en el tema del fútbol: los adolescentes. A manera de símil, imaginemos a uno de éstos pubescentes contemporáneos opinando que la película Casablanca es superior a Los Piratas del Caribe. Imposible ¿verdad? ¿Quién quiere ver esos vejestorios  de cintas en blanco y negro, llenas de verdadero lenguaje cinematográfico, cuando se puede pasar un rato más light con una efectista película en 3D? Nadie. Falta poco para que unas gafas de tercera dimensión sepulten definitivamente a Garrincha a costa de Macnelly Torres.

No debemos olvidar, además, que los argumentos de los adoradores de Messi son variables, según su conveniencia. Sabedores de que los números no los ayudan, se centran en la parte cualitativa; denigran de la calidad del fútbol de antaño (el mismo Messi ironizó acerca de lo gracioso que sería ver apartes de las jugadas de Pelé –las que, por otra parte, de acuerdo a lo que él mismo confesó, nunca ha visto-): arguyen que la marcación de antes era un piñata de niños comparada con la de ahora, por lo que si fuera posible trasladar un delantero moderno a, digamos, la Copa del Mundo de 1962 sería como soltar un tiburón blanco en un estanque de sardinas. Quizás tengan razón. Pero también es cierto que aquellos jugadores sesenteros no contaban con todas las asistencias médicas, psicológicas, financieras, mediáticas, y de otros tantos órdenes, como de las que gozan los jugadores actuales; al lado de éstos el perrito portátil de Paris Hilton lleva una vida de perros. ¡Imagínense a Pelé favorecido con los espectaculares avances de la medicina deportiva de hoy día!  Por otro lado, como ya anoté, los números no favorecen a Messi; a pesar de que La Pulga compite con Pelé en la consecución de títulos de campeonatos de clubes, todavía dista mucho en cantidad de goles anotados con relación a O Rei; para no hablar de triunfos en las Copas del Mundo –el torneo máximo- o de número de goles marcados en las mismas.

Con respecto a esto último hay un hecho particular que, pase lo que pase, no puede ser cambiado: Messi sólo ha marcado un gol en los mundiales, con el dudoso mérito de haber sido anotado en la vergonzosa goleada 6 a 0 de Argentina sobre Serbia y Montenegro en Alemania 2006. Pelé, en cambio, anotó dos de sus doce goles en mundiales en la Final del Mundo de 1958; esos dos goles ayudaron a Brasil a ganar la Final frente a Suecia, nada menos que el equipo anfitrión. El hecho de que contara con sólo 17 años de edad no hace sino engrandecer la proeza. Si Messi, en una hipotética final Brasil Vs Argentina en 2014, anota en el Maracaná dos goles –así para ese momento tenga 10 años más de los que tenía Pelé en Suecia 58-, y esos goles ayudan a que Argentina gane la Copa del Mundo, podrá –ahí sí- cometer el sacrilegio de nominarse –sólo nominarse- como el mejor de la historia.

Con todo, repasando lo que he escrito, pienso que sería mejor aterrizar un poco las cosas; creo que me dejé llevar por la emoción, y debería, como lo hizo Tarcisio Burgnich, defensor italiano del Mundial de México 1970, tratar de pensar con cabeza fría; Burgnich, para darse fuerzas a sí mismo, justo antes de la Final de aquel certamen -que enfrentó a Brasil e Italia-, reflexionó acerca  de Pelé: “es de carne y hueso, igual que yo”. Una vez vista la Final, que dio su tercer título mundial a Brasil, y en la que Pelé anoto el primer gol y puso los dos últimos, no se puede sino coincidir con la conclusión a la que llegó el italiano después de jugarla: “estaba equivocado”.

Sigue siendo el rey.

@samrosacruz

* Los comentarios, textos, investigaciones, reportajes, escritos y demás productos de los columnistas y colaboradores de Kienyke.com, no comprometen ni vinculan bajo ninguna responsabilidad a la sociedad comercial controlante del medio de comunicación, ni a su editor, toda vez que en el libre desarrollo de su profesión, pueden tener opiniones que no necesariamente están acorde a la política y posición del portal.

Ver comentarios
KONTINÚA LEYENDO