“No hay…”

24 de marzo del 2011

La tienda estaba en la cuadra opuesta de la casa, ya la había visto antes pero no compraba ahí, había otras más cerca en la misma cuadra y en las siguientes de la misma calle, y por evitar el cansancio no iba hasta allá, prefería excusarme diciendo “no hay”, cuando me pedían hacer mandados, con tal de eludirla. A propósito, recuerdo el día que mi papá me envió por el periódico El País, volví muy orondo con la respuesta de siempre, “no hay” – no hay en dónde- pregunto papá- no hay periódico, respondí haciéndome el pendejo, -en donde no hay-, insistió papá con mucha calma, y con ojos sonrientes como cuando tu oponente va a hacer mate en tres jugadas. No hay en la tienda, no hay periódico en la tienda Insistí, – no pedí que lo compraras en la tienda, te pedí sencillamente que lo trajeras, tu responsabilidad es llegar con lo que te pedí- repuso. Me demoré más tiempo de lo requerido, solo por no ir hasta la tienda de atrás; llegue a dos cuadras de la galería Alameda y lo hallé. Tengo aún la sensación que a papá no le interesaba la prensa y menos a esa hora de la tarde de domingo, solo darme una lección, Nunca la olvidé.
Mi orgullo me impedía ir a aquella tienda. Tenía un aspecto lúgubre, las estanterías de la pared y el mostrador, aunque eran de madera como la de las otras denotaban abandono, como cuando el negocio no da para más. Y el hombre que allí atendía estaba conforme al lugar, se pertenecían.

El plan era perfecto, conocía el lugar y al dueño, así que quien atendiera no me conocía. Nunca había comprado allí.
Salí de casa con paso decidido voltee la cuadra con destino a la tienda, pase frente a la casa de Jenny, hacía cinco días había llamado su atención, cuando con la bici de frenos contra pedal aceleré para frenar en giro de la llanta trasera con pie izquierdo al piso junto a su andén donde estaba jugando con sus muñecas. No conté con el arenal que había en el suelo, el giro de la bici se amplió y el resultado final: las rodillas golpeadas con raspaduras y la indiferencia de Jenny.

En mi recorrido las cuadras estaban desoladas, voltee nuevamente la esquina, ya estaba cerca, mi corazón latía con fuerza, ya no estaba tan decidido, pero en fin, cuando me encontré frente al mostrador atine a preguntar “a cuánto valen los sandis,” también llamados bolis. Los flaquitos eran de los malos, daban parásitos, los gorditos de los buenos. No escuche la respuesta, al fin y al cabo no pensaba pagar, solo dije deme uno, de los verdes. En cuanto lo tuve en mi mano sin pensarlo dos veces salí corriendo de la tienda, en sentido de terminar la vuelta a la manzana, el plan fue perfecto, el mostrador impedía la salida de aquel hombre, voltee ya más tranquilo la esquina solo esperaba llegar a casa y disfrutar mi Sandi. Sorpresa, sentí pasos fuertes y respiración agitada tras de mí, aceleré cuanto pude pero sentía que no avanzaba, mi único recurso: calcular el giro de mi brazo hacia atrás, de tal manera que en hábil lanzamiento el Sandi llegara nuevamente a las manos de su dueño sin tocar el piso, fue lo único que funciono de mi improvisado plan, voltee nuevamente la esquina, ya no había pasos ni respiración tras de mí.
Llegue a casa. Me dije a mi mismo, a mis escasos siete años de edad: “no hay…”.

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