5 horas en El Little French Key – Honduras

5 horas en El Little French Key – Honduras

31 de marzo del 2017

Little French Key es el nombre original de este modesto paraíso en el Caribe. Es un complejo hotelero ubicado a 20 minutos en carro de Isla Roatán, cerca de la bahía Mohagany, en Honduras.

La llegada a Isla Roatán

Me levanté a las siete de la mañana y me asomé por la ventana.  El barco que me transportaba acaba de atracar y a lo lejos les veía sujetar las amarras. Me bañé de prisa y bajé a desayunar. Ya tenía reservado un día en el Little French Key; me recogerían a las nueve de la mañana en el puerto, y me traerían de regreso a las 3pm, pues mi barco zarpaba a las 5pm.

Como en todos los puertos, guías turísticos se preparaban para ofrecer los paquetes por el triple del valor local.  Yo ya sabía que debía salir del puerto y caminar 300 metros hasta encontrar la camioneta con el distintivo de LFK.  Me puse nerviosa, como de costumbre. No veía nada, ni nadie. Sin embargo, al final de la calzada estaba parqueado un morocho en una van un poco vieja. En mi cabeza solo me preguntaba si me debía subir, y qué clase de día en la playa habíamos comprado. Le dije a mi esposo: ¡no hables! (por aquello de su falta de español y la experiencia del abuso económico a los anglófonos). Me miró con desconcierto y se subió. A unos 20 minutos nos bajamos y caminamos por un área llena de arbustos no más de 100 metros. Una lancha nos esperaba para llevarnos al Little French Key.

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A medida que nos acercábamos, el agua se aclaraba progresivamente. Ya podía ver el lugar paradisiaco reservado por internet; todo era exactamente como las fotos lo habían descrito; la luminosidad en la superficie del agua por el resplandor del sol, las mesas en la orilla de la playa, sillas reclinables dentro y fuera del mar, y el bar.

Ordené un Mojito, y me fui a recorrer el cayo en compañía de mi familia y uno de los trabajadores de la isla. Al mismo tiempo, otro joven organizaba el equipo para caretear y la lancha que nos llevaría a tal fin, de manera que pudiéramos maximizar nuestra estadía en el cayo. Durante la caminata, encontré varías jaulas con animales, incluso silvestres; esta fue la parte del viaje que no disfruté. Ver esos animales fuera de su hábitat, encerrados en jaulas con tamaños no proporcionales a su naturaleza, en ese calor imperdonable y sirviendo de distracción para turistas fue tal vez decepcionante.

Nos fuimos a caretear, el agua estaba tibia, el mar calmado, y la colección de peces apareciendo por todos lados hicieron de mi experiencia una fiesta. Nadamos hasta uno de los arrecifes de corales más largos de esa área, donde tengo entendido se puede caretear pero no bucear porque quieren preservar esta estructura subacuática.

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Una hora después regresamos al cayo, y almorzamos comida típica de Honduras: tajadas de yuca frita, arroz con fríjoles, camarones y ensalada. Terminé de pasar el día bronceándome, disfrutando del agua salada y viendo a mi familia saltar incansablemente desde una plataforma con un péndulo a unos 4 metros de altura directo a la piscina natural.

Poco podré decir para contarles lo bien que la pasé. De no haber ido, me habría perdido de un paraíso terrenal; sigo pensando, sin embargo, que es una crueldad albergar animales bajo esas temperaturas tan altas, encerrados como maniquíes al beneplácito de los turistas curiosos por alimentarlos de no sé qué.

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