Siete sapos que no me trago del “McSocialismo”

15 de junio del 2013

En la vida pública se proclaman defensores de la igualdad, pero en su espacio íntimo se comportan como tiranos sin misericordia.

Me he ganado muchas discusiones en estos últimos días por mi forma de pensar sobre el McSocialismo en Latinoamérica. No me interesa que nadie esté de acuerdo, pero me está costando mucho trabajo tragarme algunos sapos de quienes arremeten contra los ricos mientras se hacen más ricos. Tengo mis propias críticas contra sistemas distintos, pero hoy el turno es para este. 

Hay varios ejemplos exitosos de políticas de gobierno socialistas en Latinoamérica — sin mencionarlas asumiré que el lector las conoce. A buen entendedor, pocas palabras.

Mi escepticismo frente al McSocialismo empezó cuando tenía 14 años y leí Animal Farm de George Orwell. Una pila de animales de granja se amotinan para destronar a los humanos déspotas que los explotaban, más conocidos como “parásitos”. Eventualmente, un cerdo llamado Napoleón cambia el principal mandato de la revolución: “Todos los Animales son Iguales”, por “Todos los Animales son Iguales, Pero Algunos Son Más Iguales que Otros”.  Ahí fue cuando entendí cómo hasta las revoluciones más justas y puras se pueden degradara a sí mismas.

Con McSocialismo me voy a referir a un híbrido que nace cuando un ser humano (político) se afilia públicamente al socialismo revolucionario pero en lo privado gravita hacia el capitalismo salvaje. Entendiendo el socialismo como sistema político-económico-social, voy a referirme a políticos que se pavonean por ahí con su “socialismo revolucionario” delante del pueblo y abren cuentas en paraísos fiscales para que ese mismo pueblo jamás descubra su revolucionario balance. Claramente, no es esta una crítica a la socialdemocracia bien llevada, ni a políticas socialistas exitosas y coherentes con impacto a largo plazo.

De hecho, los sapos que no me pasan del McSocialismo se resumen, precisamente, en que le da un MAL nombre al socialismo:

1. La incoherencia. El Papa Francisco me ha puesto a pensar. A pensar en esa idea de coherencia vital, en ese “walk the talk“– en nuestra responsabilidad de acortar el trecho entre el dicho y el hecho. “Predicar y aplicar”, si se quiere. Me complace que el máximo representante del estilo de vida cristiano en la tierra viva en un modesto apartamento, se cocine él mismo, tome el bus. Me desconciertan las excentricidades de quienes las critican a viva voz. La vieja pelea de la pólvora “revolucionaria” contra las ollas “burguesas”.

2. La falta de autenticidad. Me gustaría decirle, al mejor estilo de Don Omar, a los señores McSocialistas: “ubíquense y reconózcanse“. Si lo suyo es la cultura pop, los viajes, los relojes caros, los carros del año, los dólares, Justin Bieber, afíliense a una tendencia de pensamiento que los acoja. Es que ver a un “socialista revolucionario” con cuentas millonarias en Estados Unidos es medio trágico. Muchos les creeríamos más su manotazo al aire en contra del “capitalismo salvaje” si esa mano no estuviera adornada por un Rolex.

3. El descaro. Superemos por un instante los objetos personales. Digamos que aceptamos un modelo de socialismo en el que los representantes del pueblo arremeten contra los ricos mientras se hacen más ricos. Ya fuera de cuento: ¿Qué onda con andar queriendo darnos lecciones de austeridad? ¿Cómo se traga uno el sapo de trabajar (como MÉDICO) bajo un contrato de $130,000 USD/año por el cual solo le pagan $2,700/año? ¿Capitalista salvaje yo? ¿Cómo logra un sistema como el Noruego combinar socialismo y estar dentro de los primeros 10 PIB per cápita más altos del mundo– permitiéndole a su ciudadano promedio ganar más que uno en EEUU?

4. El debilitamiento de las instituciones. Si las causas que inspiran determinada revolución son tan justas y puras, ¿cuál es la necesidad de atarnos las manos a quienes votamos una vez llegan al poder? ¿Cuál es el miedo? ¿Que cambiemos de opinión, como las gallinas que ya no querían ponerle huevos a los cerdos en Animal Farm? Que, dicho sea de paso, se quedaron sin ración de comida. ¿Por qué, de repente, Napoleón reemplaza los cabildos abiertos de la granja entera por una exclusiva junta de cerdos?

5. El misticismo: Voy a ser clara: todos los gobiernos utilizan cortinas de humo. Más clara aún: todos los seres humanos las usamos. Donde encuentro un problema es en apagar medios de comunicación como si estuviéramos soplando velitas de un pastel. Bajar o limitar internet, amenazar y cerrar canales de TV opositores, meter presos a bloggers (pregúntenle a Joani Sánchez). Admitiré, en este punto, que me resulta fascinante ver a ciertos regímenes tratar de enfrentarse a Anonymous. A Twitter, a los hashtags virales, a Youtube. Si el deporte de ellos es apagar, encender se está convirtiendo en el de muchos.

6. La polarización como base social: Uno entiende esto jugando Jenga. Lo difícil que es construir la torre cuando las barras están separadas. Entre más nos separen, más rápido se cae la torre. ¿Quién decide quién hace parte del “pueblo” y quién no? ¿Me ha juzgado usted ya como “burguesa” a medida de que lee este artículo? ¿Cuénteme, cómo me quito ese rótulo? ¿Qué formulario llena uno para hacer parte del grupo social que la “revolución” defiende, o es que según la cuna en que nacimos venimos predeterminados a ser “pueblo” u “oposición”? Ayúdenme a entender cómo encender unas clases contra otras es sostenible en el tiempo. ¿Cuál es la necesidad de enfrentar y alienar estratos sociales cuando lo que se pretende es la movilidad económica del bajo hacia el medio? A menos de que lo que se pretenda de fondo no sea eso…

7. La manipulación de la obra de Simón Bolívar. Es posible que esto solo me moleste a mí. Pero el Simón Bolívar que escribió “los talentos y virtudes políticas que distinguen a nuestros hermanos del Norte” en la Carta de Jamaica no es el mismo antiyankee enardecido que me venden. Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar y Palacios Ponte y Blanco– el criollo– simplemente no aparece el mismo verdugo de los ricos que uno oye por ahí. Tiene demasiados apellidos. Si Simón Bolívar hubiera nacido hoy, él no sería “pueblo” — tal y como nos lo quieren definir.

@laurabusche

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