A merced de las instituciones

31 de agosto del 2011

Contrario a lo que dijo inicialmente la misma Policía Nacional, el joven grafitero que murió de un tiro en la espalda nunca disparó arma alguna. Se cae entonces la historia oficial, en la que se denunciaba al joven como un atracador que acababa de robar un bus, con una arma y un botín que no […]

Contrario a lo que dijo inicialmente la misma Policía Nacional, el joven grafitero que murió de un tiro en la espalda nunca disparó arma alguna. Se cae entonces la historia oficial, en la que se denunciaba al joven como un atracador que acababa de robar un bus, con una arma y un botín que no aparecen, y se da paso a un error policial en el que insólitamente muere un joven con un disparo a un par de pasos de distancia. Se cae un caso que hasta Mr. Bean pudo haber descifrado, tal vez porque el encubrimiento parece haber sido diseñado por un personaje como Mr. Magoo o el Agente 86, insignias de la incompetencia.

Casos como estos, de encubrimiento de crímenes por parte de instituciones, de cómo el afán de autopreservación triunfa sobre el interés público, no son nuevos ni extraños. Lo vimos en la Iglesia Católica, con el encubrimiento y protección de abusadores patológicos de niños indefensos. Lo vimos en el Ejército Nacional, con el encubrimiento de prácticas terribles como asesinatos de inocentes a cambio de una felicitación y un par de días libres. Lo vemos hoy en el Congreso, que tramita leyes para protegerse a sí mismo de la justicia. Lo que la gente parece no ver, es que estas prácticas de las instituciones para protegerse a sí mismas son fundamentales en un estado de derecho.

Ya se nos había dado, hace algunos años, una pista con los 10 mandamientos. Claro, nos dice que es importante no matar o robar a nuestro prójimo, pero estas leyes apenas están en sexto y octavo lugar. Lo verdaderamente importante es amar a ése dios, a ningún otro, no darle nunca la espalda. Primero la institución, segundo el prójimo. Y así es que debe ser.

Por supuesto, las instituciones existen para servirnos y protegernos, pero en primer lugar existen para protegerse a sí mismas. Esto tiene una explicación lógica. ¿Que pasaría si supiéramos que hay policías involucrados en asesinatos, robos, paseos millonarios y estafas? ¿O que las cifras de éxitos contra la guerrilla están infladas con asesinatos de inocentes? ¿O que los representantes de Dios en la tierra están tocando a nuestros niños con sus miembros? ¿O que nuestros representantes en el Congreso no están cuidando nuestros intereses sino los de ellos mismos? Si cambiamos, reformamos o ponemos en cintura a las instituciones porque nos matan, roban o violan, ¿quién quedará para protegernos del asesinato, el robo y el abuso sexual?

Por eso la percepción que tenemos de las instituciones es fundamental. Como Amparo Grisales, que se ha convertido en la portavoz de grandes valores modernos como la fama, la belleza, la juventud y el talento, sin importar que sea una vedette de 103 años con poco qué ofrecer y apenas un 40% biodegradable. Porque no importa qué se hace, sino lo que la gente piensa que se hace. En Japón, la policía alcanza niveles de resolución de homicidios de casi un 98%, pero el truco no es una institución infalible, sino una que sólo investiga los asesinatos que puede resolver. Si el caso es difícil, lo dejan de lado para no afectar sus números. Así, la gente sabe que está protegida y que ningún crimen quedará impune. Están protegidos, a pesar de que no lo están.

Debemos aceptar entonces que estamos a merced de las instituciones. Que no importa si tenemos que entregar la vida y renunciar a la justicia en su nombre. Por el contrario, es un honor tener un nombre manchado y una familia destrozada si se cumple el fin de preservar la percepción de competencia, ética y transparencia. Por eso mi saludo a Diego Felipe Becerra, grafitero de 16 años y ahora héroe de la patria, porque su muerte no será en vano. Servirá para mostrarnos que la policía nos protege, que está persiguiendo a los grandes criminales allá afuera. No importa si fue un error de un bachiller con pistola y pésimo juicio, la policía hizo lo correcto en culpar al grafitero y proteger al asesino. Gracias Diego Felipe y gracias Policía Nacional, porque sentirse protegido es más importante que estar protegido.

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