Abstinencia

4 de julio del 2012

Desde siempre he tenido una extraña fascinación por las drogas. Cada vez que puedo, busco en internet documentales sobre personas inyectándose heroína o hablando sobre los estragos de años de consumo viviendo en la miseria. En mi casa muchas veces fui testigo del sufrimiento de mi papá por no poder controlar la adicción de mi […]

Desde siempre he tenido una extraña fascinación por las drogas. Cada vez que puedo, busco en internet documentales sobre personas inyectándose heroína o hablando sobre los estragos de años de consumo viviendo en la miseria.
En mi casa muchas veces fui testigo del sufrimiento de mi papá por no poder controlar la adicción de mi hermanastro mayor. A él, que parecía no preocuparle nada más que la forma en que iba a conseguir su siguiente dosis, mi papá trató de ayudarlo de mil maneras.
Recuerdo que cuando salía del colegio e íbamos hacia nuestra casa, debíamos pasar por una zona de Cúcuta donde, por aquella época, pululaban los expendios de alucinógenos. Mi viejo, que sabía que por esos lugares se encontraba su primogénito, disminuía la marcha del carro albergando la esperanza de encontrar, en algún rincón de esas calles, a mi hermano tumbado en el piso.
En varias ocasiones lo encontró, lo subió al carro y lo llevó a la casa donde mi hermano vivía con su mamá y dos hermanos más. Con ellos la relación siempre ha sido muy escasa. Los recuerdos de momentos compartidos son inexistentes y, más allá de un par de visitas suyas a mi casa, nunca ha existido una relación que valga la pena ser rescatada. Un problema de dinero antes de que mi papá muriera, terminó por alejarlos totalmente de mi vida y la de él, que sin entender cómo eso había pasado, murió sin dirigirles la palabra.
El martes 10 de enero de 2006, cuando mi mamá me llamó para decirme que mi papá acababa de morir, sentí una puntada a la altura de las rodillas que por poco me tumba al piso. El ruido a través del teléfono, de un vecino que no conocía y que trataba de tumbar la puerta del baño donde mi papá se había encerrado para morir, es el mismo que acompaña mis pesadillas desde entonces.
Una vez el corazón de mi papá dejó de latir, entró la llamada de mi media hermana, que aún hoy sin saber cómo, halló la manera de llamarme a la casa donde vivía en Bogotá, ciudad en la que ella también se había residenciado años atrás.
Luego del saludo, bastante sobrio, me dijo que no podía ir a Cúcuta al entierro del viejo. Y yo, que sabía cuánto dolor se habían causado ellos dos, solo atiné a decirle que no se preocupara, que todo iba a estar bien y que no me equivocaba al decirle que mi papá se había ido de este mundo sin odiarla. Desconozco si esa afirmación era cierta.
Más tarde, ese mismo día, en Cúcuta y en la casa de velación donde yacía el cuerpo de mi papá rígido, frío e inexpresivo, volví a ver a mi hermano, aquél que años atrás, en medio de sus alucinaciones, le robaba lágrimas silenciosas a mi viejo.
Entró sin saludar y se paró justo al lado del ataúd donde dos velones ensombrecían el rostro de mi papá, su papá. Permaneció ahí, estático, por dos horas. Con su mano derecha posada sobre el ataúd y la izquierda sosteniendo la gorra que siempre llevaba consigo para ocultar su calvicie prematura, mi hermano mayor, el primogénito, lloró, sollozó y quizás pidió perdón por sus actos.
Luego, con la mirada puesta sobre el piso, dio media vuelta, atravesó la sala, abrió la puerta y se fue, sin despedirse. Mi mamá, que había sufrido sus adicciones tanto como mi viejo, solo atinó a decirme en medio de sus lágrimas: “su papá ya lo había perdonado; ojalá él pueda sentir ese perdón”.
Hace un par de meses, después de muchos años sin saber de él, volví a verlo, esta vez, enfermo en una camilla del Hospital Erasmo Meoz. Lo que no pudieron las adicciones, parece estarlo logrando un cáncer, sino trágico que parece haberse posado sobre los Jácome.
En un par de minutos, en el que el silencio primó sobre las palabras, pude ver que estaba sobrio, por fin, después de tanto tiempo.
Y fue ahí, en ese preciso instante, en el que entendí por qué, a pesar de mi fascinación por las drogas, jamás sucumbí a su incesante llamado: no soportaría ver, como él lo hizo ese martes 10 de enero de 2006, el rostro de mi mamá rígido, frío e inexpresivo, en medio de dos velones.

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