Accidentes aéreos de un tipo y de otro

18 de mayo del 2011

Nunca se me va a olvidar el día en que se mató Pedro Juan Moreno. La fecha exacta tuve que consultarla en Wikipedia (24 de febrero de 2006), pero todo el resto lo tengo más que presente. En ese momento, y por un accidente del destino, estaba trabajando en la campaña al Senado de una maravillosa mujer (omitiré el nombre porque no viene al caso). Estábamos en la recta final de una campaña que duró menos de dos meses (la decisión de lanzarse al senado de mi entonces jefe fue una decisión de último momento) y teníamos que recorrer las principales ciudades del país en tiempo record. Para lograrlo, en la campaña habían conseguido una avioneta pequeña y precaria pero muy eficiente.

Ese día—24 de febrero—yo había amanecido en Bogotá, estaba pasando la mañana en Pereira y por la tarde iba a Armenia. A eso del medio día me llamó la persona que estaba organizando la visita y me dijo aterrada que Pedro Juan Moreno se acababa de matar en un accidente aéreo. Su preocupación—más allá del hecho evidente—era que los periodistas que nos estaban esperando en Armenia probablemente se iban a ir a cubrir “lo de Moreno” y no tenía sentido que siguiéramos en la correría. Yo le dije a mi jefe, mi jefe me dijo que tal vez era mejor que volviéramos a Bogotá, llamé al piloto, no me contestó, le dejé un mensaje, mi jefe cambió de opinión porque a pesar de que no fuera nadie no quería quedar mal con la gente que la estaba esperando en Armenia, volví a hablar con el piloto, cambiamos los planes, el piloto se fue a tanquear, regresó y nos montamos en la avioneta.

Mi referencia de Pedro Juan Moreno era La Otra Verdad. La revista se la mandaban a mi jefe de cortesía y no alcanzaba a llegar cuando el intendente C, él encargado del esquema de seguridad de mi jefe, ya la había hecho suya. El Intendente me contaba una historia de conspiración diferente todos los días sacada de su medio de cabecera y yo simplemente moría de la risa. Todas las historias de La Otra Verdad parecían sacadas chismes de cafetín. Hoy podríamos decir que parecían sacadas de Twitter.

Mi referencia a accidentes aéreos en correrías por el país era Juan Luis Londoño. Londoño se había matado tres años antes en un viaje de trabajo. Por el mal clima, el pésimo mantenimiento y una grandísima dosis de afán, la avioneta en la que iban se estrelló contra un cerro en Tolima.

Apenas nos montamos a la avioneta mi jefe se durmió, yo me quedé leyendo. El trayecto parecía un poco largo para ir de Pereira a Armenia. Mis cálculos eran que no debía demorarse más de 10 minutos, pero ya llevábamos bastantes más en el aire. No me acuerdo qué estaba leyendo, pero debía de estar bueno porque ni siquiera me preocupé por la demora. En ese momento, M, otro intendente del esquema de seguridad de mi jefe que nos estaba acompañando en el viaje, me dijo con cara de angustia que mirara por la ventana. Me asomé y me golpearon los invernaderos y el ganado Holstein tan de la Sabana de Bogotá. Estábamos llegando a Eldorado.

En algún momento se cruzó la comunicación. Mi tesis es que cuando el piloto se fue a tanquear, oyó el mensaje que le había dejado la primera vez que lo llamé y pensó que era la última palabra. Mi jefe y yo llegamos a Bogotá. Ella furiosa y yo angustiada. Renuncié y no me aceptó la renuncia. Me regañó y tenía toda la razón. Tuve que montarme un par de veces más en esa avioneta cafetera y al final todo salió bien.  Nunca más nos volvimos a equivocar de destino. De hecho, creo que a nadie más en el mundo le ha pasado algo así.

Lo importante de esta historia, además del hecho de que los pilotos de aviones puede eventualmente equivocarse de dirección, es que Pedro Juan Moreno se mató y todavía nadie sabe muy bien qué pasó y que Juan Luis Londoño se mató y si eso no hubiera pasado, tal vez el sistema de salud colombiano no estaría colapsando.

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