¡Adios mamacita!

23 de septiembre del 2018

Por Hernán López.

¡Adios mamacita!

Por estos días el tema de la violencia de pareja ha sido la comidilla de muchos. A pesar de ser una constante en la sociedad colombiana, cada vez que una mujer sale a denunciar una agresión se desata un maremágnum de declaraciones, apoyos, versiones, opiniones y rechazos. Y cada vez que un hombre hace lo mismo, la mamadera de gallo es monumental.

El incidente entre un par de actores de nuestra ‘farándula criolla’ dio pie a una desaforada jornada mediática; una correría en la que, como consecuencia fatal, uno de los métodos de seducción criolla fue catalogado como agresión, cayó bajo el concepto de arma letal y fue definido por varias personas como el irrespeto más grande que ha dado la cultura popular: me refiero al PIROPO.

Según la Real Academia Española (RAE), el piropo tiene dos definiciones. La primera, “variedad de granate de color rojo intenso”. La segunda, “un dicho breve con que se pondera alguna cualidad de alguien, especialmente la belleza de una mujer”.

Eso es: ponderar la belleza de una mujer. Ellas también lo han usado para “ponderar la belleza de los hombres”, pero ese es otro tema. Con este escrito quiero defender la utilidad y el valor de tal estrategia de conquista que, así no lo crean, ha permitido unir a clases sociales; a feos y bonitos; y a gordos y flacos, entre muchos otros.

El que nunca haya ‘echado un piropo’, que tire la primera piedra. Y el que se atreve a criticarlos, por buenos o malos que sean, creo que tiene ‘rabo de paja’. Si bien es cierto que los hay de ‘todo calibre’, el que los sepa maniobrar va a conseguir lo que, en muchas ocasiones, no se logra con una billetera repleta o con una cara bonita.

Mi primer acercamiento con los piropos fue gracias a la cultura popular paisa; mi papá hace parte de ella. El hombre, oriundo de Génova (Quindío) tiene guardado en su memoria un cúmulo de halagos tradicionales que, así no lo reconozca, utilizó en el arte de la conquista.

Acá, varios:

  • Me tenés caminando en las pestañas.
  • Carro viejo, pero bien tenido.
  • Mujer: mátame antes de que me muera.
  • Si así es verde, cómo será maduro…
  • Caballo grande, ande o no ande.
  • Dios bendiga el pavimento que pisa ese monumento.
  • Suegra: le cambio a su hija por mi papá y le encimo dos tíos.
  • Tú de rojo y yo con este antojo.

El viejo conquistó a mi mamá con su parla y su humor. Entonces, como noté que la estrategia funcionó me di a la tarea de, además de consultarle al experto, buscar en libros de pasajes y frases bonitas.

Acá, varias:

  • ¿Quién fuera bizco para verte dos veces?
  • Con esas curvas y yo sin frenos.
  • ¿Qué hace una estrella volando tan bajito?
  • Eres más bonita que la Virgen María.
  • Quisiera ser gato, para pasar siete vidas a tu lado.
  • Y luego dicen que los monumentos no caminan.

Haciendo un análisis semiológico, epistemológico, lingüístico y antropológico de estas frases, durante más de 20 años, descubrí el porqué de mi soledad en varias primaveras de adolescencia. Definitivamente dejé a un lado el recurso y exploré otras alternativas; no volví a ‘piropiar’, por lo menos con este estilo, porque cada día era más difícil que me pusieran cuidado.

En el recorrido de las relaciones interpersonales descubrí nuevas formas de sacar provecho a las situaciones de conquista y pude alagar sin ofender, sin sonar trillado y utilizando las situaciones del presente para destacar ‘lo bonito’ de la interlocución.

Claro. Algunos de mis compadres de infancia y colegio se desenvolvieron mejor con los fraseos y se ahorraron un montón de vergüenzas. Les pregunté sobre sus frases más oportunas a la hora de la adulación y, como al hombre que denuncia el maltrato, la consulta se convirtió en una monumental mamadera de gallo.

Lo único en lo que coincidieron es en que los piropos, además de ternura y galantería, son sinónimo de sonrojo y risas. A las famosas del país les han indagado constantemente por este tipo de arrumacos y su aceptación. Y ellas han asegurado que, al finalizar la frase, al menos una sonrisa ha aparecido.

Acá, varios de los recibidos:

  • Tené cuidado con el sol, porque los bombones se derriten.
  • ¿Dónde estabas, mujer’, que caíste del cielo?”
  • Si te arrestan por exceso de belleza, yo pagaré tu fianza.
  • Si así es el infierno, que me lleve el diablo.

Entonces, ¿por qué categorizarlos y satanizarlos? ¿No sería mejor ‘tomarla suave’ y divertirse? Bien lo escribió la columnista Mar Candela en uno de sus textos: “el piropo sí debe entenderse como derecho a seducir y ser seducidas, que tenemos todas las personas. Si nos daña psicológicamente porque son expresiones que atentan contra nuestra dignidad humana, eso no es un piropo. Eso es violencia verbal”.

Las cosas, a los extremos, son nocivas. A pesar de que muchas mujeres han sido víctimas de frases ‘pesadas’ en las calles el piropo, como concepto, no es ofensa. La culpa del ultraje es de quien lo comete. Y, por desgracia, son muchos los abusos perpetrados.

Muy a pesar de lo que pueda resultar, intentaré nuevamente ‘echar halagos’. No para conseguir amores, porque ya los tengo (mi esposa y mis hijas). Pero si para aprender cómo, con una frase, se puede alegrar la vida.

¿Se le miden?

@HernanLopezAya

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