Almuerzos, a $1.000

Almuerzos, a $1.000

25 de mayo del 2018

Por cuestiones del destino visité la ciudad de Cúcuta hace unos días. Y no me aguanté las ganas de ir hasta la frontera, la polémica línea imaginaria que desde hace más de 3 años y todos los días marca el destino y la suerte de más de 60 mil venezolanos que pasan a Colombia a buscar un mejor futuro.

En los límites de Cúcuta existen los puentes Simón Bolívar, que da paso hacia Ureña, y el Francisco de Paula Santander, que da paso hacia San Antonio del Táchira. Desde el punto de Migración Colombia y hasta el filtro de paso para entrar a Colombia o salir de Venezuela, extranjeros y propios han convertido este tramo en un verdadero San Andresito.

Al iniciar el recorrido encontré toda clase de promociones gastronómicas:

  • 5 colombinas, a mil pesos.
  • Empanadas y arepas, a 500 pesos.
  • Cerveza, a mil pesos.
  • Cualquier porción de lo que me pude imaginar, a mil pesos.

Pero lo que más me sorprendió fue algo que, con el sueldo de mi primer trabajo compré casi todos los días: almuerzos a mil pesos. Si… Cuando inicié mi vida laboral uno de mis primeros hogares fue el Congreso de la República, lo que significó grandes jornadas en compañía de los padres de la patria. Largos y extenuantes debates, proceso 8.000 e infinidad de aprobación de leyes hicieron parte de la tarea.

Pero como el hambre no perdona, pues me tocó conseguir un lugar cercano al Palacio de Gobierno para alimentarme. Y encontré una tienda en la que el almuerzo ejecutivo, en el año 1996, costó 1.300 pesos. Mi sueldo no superaba los 200.000, entonces la oferta fue lo máximo: me dio la oportunidad de tomarme la mejor sopa de patacón que he probado en la vida.

De esta experiencia surge mi asombro por los “almuerzos a mil”. Tras escuchar el grito ensordecedor de la promoción, porque el voceador sí que tiene pulmones, a mi cabeza llegaron cientos de reflexiones e inquietudes. La primera, ¿con cuánto dinero puede mantenerse una familia venezolana? El salario mínimo en Colombia es, para muchos, una verdadera ofensa al trabajo. Los $781.242 que lo componen no alcanzan para una vida regularmente digna; aunque, a pesar de esto, la gente se da ‘mañas’ para sobrevivir.

Pregunté ¿Cuál es el valor del mínimo, en Venezuela? La respuesta: 2’100.000 bolívares. Casi 3 veces lo que un colombiano se gana, en materia de números, pero no en equivalencia. Y llegó la tercera pregunta.

-Y ¿para qué alcanza este dinero?

-Para comprar una libra de carne.

-¿Cuánto vale?

-Vale 2’000.000 de bolívares.

Buscarle justificación a esa marea de personas cabizbajas, con gestos de angustia, abatimiento o melancolía, que caminan en busca de un mejor futuro no fue necesario. Lo entendí todo. Envuelto por la sorpresa, seguí avanzando hacia el vecino país y me dejé llevar por los pregones y las ofertas.

“Se compran celulares, tablets; cigarrillos, a 200; helados, a 500”. Y el que más me llamó la atención fue el servicio prestado a los transeúntes que, sofocados por el calor y el peso de las maletas, encuentran como aliviar parte del recorrido.

Los carreteros se han convertido en la solución de primera mano. Según Juan Pérez*, un adolescente cucuteño de 18 años que debe sacar a su familia adelante, la frontera se ha convertido en el mercado persa de las oportunidades de paso. Él cuenta que las personas, agotadas de caminar, utilizan sus servicios.

“La cargada de las maletas, desde el punto de Migración hasta la mitad de la vía vale cinco mil pesos; hasta el final, vale ocho mil. Y yo me gano, al día, entre 15 y 20 mil pesos”, aseguró Juan.

Si este oficio lo trasladamos a un aeropuerto podríamos decir que la oferta es una ganga. Pero si tenemos en cuenta que para un venezolano gastar 8 mil pesos es casi derrochar el 70 por ciento de su salario, es una situación absurda.

Al cruzar el aviso que dice “vuelva a Colombia” la despedida la da un parlante con una cuña de Migración Colombia que invita a tener los papeles en regla para poder circular por Cúcuta, sin ningún problema, y para poder regresar al vecino país sin inconvenientes.

No es fácil encontrarse con este monstruo de desigualdad. No es fácil ver las filas de personas, que desde tempranas horas esperan a que los sitios de giros y remesas sean abiertos para poder enviar dinero a sus familiares. No es fácil escuchar a los cucuteños decir que están cansados con la situación y que la ciudad se está desbaratando. No es fácil decirle a un venezolano que se devuelva para su casa, cuando no tiene cómo.

Estamos ad portas de las elecciones presidenciales. Mi invitación es a no permitir que Colombia caiga en malas manos. Todos tenemos la opción de madrugar, desayunar, recoger el paraguas y salir a votar. No hay excusas para no hacerlo. Si queremos que esto mejore, pues levantemos la mano y arranquemos a cambiarle la cara al país.

Yo ya sé por quién voy a votar; mi esposa también; mis familiares, también. Entonces, lo único que queda por hacer es programar el despertador.

Ojalá y haga buen día, este domingo, para que la fiesta electoral no se ahogue…

@HernanLopezAya

* Nombre cambiado.

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