Antología de burdeles

Antología de burdeles

12 de diciembre del 2018

Ser un buen hombre es un problema, le decía yo ayer a una amiga mientras paseábamos el perro, implica creer en la honorabilidad del ser humano y todo ese cuento. Hay cosas como por ejemplo, explotar a un semejante, que una persona íntegra no puede permitirse. ¿Pero a quién no le apetece de vez en cuando echar una canita al aire?

El papá de un amigo que tuve en la U, muy conservador eso sí, un tipo ejemplar, para desahogar las penas tenía que ir a un burdel, donde azotaba el trasero de las chicas o pedía a las chicas que azotaran el suyo, dije yo. ¿Estás hablando en serio? dijo ella. Totalmente, dije yo. ¿Por qué no hay burdeles para que las personas virtuosas descansen de su ejemplaridad? dijo ella. Pues sí los hay, dije yo.

Ahí están los Ministerios y el Capitolio Nacional, donde llegas un día agobiado por las obligaciones morales características de un político honesto, y te puedes permitir el lujo de intentar aprobar una reforma tributaria que asfixia a la clase media y a sectores populares con más impuestos, al tiempo que le reducen las cargas a las grandes compañías extranjeras que se la llevan toda. 60 horas semanales de trabajo son una perversión, dije yo. ¿Similar a practicar sexo con correas para el cuello y las manos atadas? dijo ella. Exactamente, dije yo. Porno duro, en fin. ¿Pero a quién no le apetece de vez en cuando alocarse un poco? ¿Quién no alberga en el fondo de su alma fantasías sadomasoquistas? Pues ahí está Duque y su gabinete para dar salida a todas estas necesidades, dijo ella. El burdel es una institución absolutamente necesaria, dije yo. Reconocer su existencia significa reconocer el lado oscuro del hombre. Si bien no tenemos nada contra sus clientes, nos gustan las personas que, como nuestros próceres, se niegan a utilizar sus servicios. 

Le dije: ¡Mira! Recientemente leí un artículo escrito por quizás, uno de los mejores columnistas del The New York Times, David Carr, que en paz descanse. Y en el que desarrollaba la siguiente reflexión: “El dinero tiene unos conductos fijos, al igual que el gas con el que cocinamos o el agua con la que nos bañamos. Desde que nos despertamos hasta que nos acostamos no hace otra cosa que fluir por el interior de conductos inmateriales, aunque tan rígidos como las cañerías de cobre”. Muchas veces pienso que si fuera capaz de hacer un pequeño agujero en uno de esos tubos, podría vivir del goteo que produjera.

En cierto modo es lo que hacen los bancos y las grandes superficies: perforar el sistema, colocar cánulas en los orificios resultantes y desviar hacia sus bolsillos las utilidades empresariales y el sueldo de los colombianos, dije yo. Con la cantidad de dinero que circula por este país, bastaría un orificio microscópico para forrarse, dijo ella. Tienes un temperamento muy inquieto, dije yo. 

Siempre estoy inventando herramientas con las que dejar el sistema hecho un caos, dijo ella. Pero te faltan medios materiales para llevar las ideas a la práctica, dije yo. Ahora se me ha ocurrido un negocio que en Bogotá y Río de Janeiro sería un éxito seguro, dijo ella. Aunque podemos empezar aquí y, luego más adelante, desplazarnos a Brasil, o bien conceder una franquicia a gente emprendedora de aquel país con buenos conocimientos en portugués. Personalmente, soy más partidaria de las franquicias por las dificultades que conlleva instalarse en lugares cuya legislación laboral está sin traducir. En cualquier caso, eso habrá que decidirlo cuando llegue el momento. Muy interesante, dije yo.

El negocio en pocas palabras consistiría en montar un burdel para perros y perras, de manera que estos animales tuvieran donde desahogar sus naturales instintos sexuales sin necesidad de cederles una pierna mientras chismoseamos Instagram ni tampoco preocuparse por los embarazos no deseados, dijo ella. Después de todo, la mayoría de la gente tiene perros sin ‘pedigrí’ a los que es prácticamente imposible encontrar pareja, dije yo. Esto quedaría automáticamente resuelto con un prostíbulo animal, que evitaría la crueldad de castrarlos, dijo ella. A lo que se ve abocada tanta gente que no encuentra otro modo de darles una satisfacción, dije yo.  

La verdad es que ya hemos realizado un pequeño estudio de mercado entre quienes pasean a su perro a la misma hora que nosotros a Don Ramón. (Así se llama el perro: Don Ramón.) Y en principio todos estarían dispuestos a pagar entre 40.000 y 70.000 pesos por acto venéreo, o por polvo, para decirlo de una manera coloquial. Todo dependería del ambiente y de la pareja. Las perversiones a las que como es sabido son muy dados los French Poodle Mini y los perros de tamaño pequeño en general, tendrían naturalmente una tarifa especial: lo que se sale de la norma siempre se cobra aparte. La idea es genial, eso no lo discute nadie, pero claro, la iniciativa requeriría una inversión. 

Podríamos empezar en un apartamento pequeño al sur de la ciudad, decorado con motivos caninos y cortinas de color púrpura, aunque para qué nos vamos a engañar: un apartamento dista mucho de ser el sitio ideal para esta clase de establecimiento revolucionario. Lo ideal sería una pequeña finca en las afueras, dije yo. Donde los dueños pudieran tomarse una cervecita mientras sus animales se desahogan. El servicio de bar constituiría un agujerito más en los conductos del sistema: un ingreso adicional, igual que la maquinita de chocolatinas o el spray repelente de pulgas. Además, si la finca fuera lo suficientemente grande, se podría acotar una zona como cementerio de animales, dijo ella. Esto, que si nos ponemos a pensarlo se trata de una propuesta mucho más absurda que la nuestra, ha triunfado ya en Bogotá y en otras ciudades del mundo. Y es normal, la gente tiene sus sentimientos y los sentimientos, en un sistema liberal, producen dinero contante y sonante. El que no se forra es porque no quiere, o porque no encuentra un socio capitalista, o porque no tiene un amigo en un ministerio que es lo que nos pasa a nosotros.

Puedo certificar que la mezcla entre cementerio y prostíbulo todavía no se le ha ocurrido a nadie. Seguro que muchos French Poodle Mini  y perros-ratas, con las perversiones que han aprendido de sus dueños, prefieren fornicar junto a la tumba de un loro, o de un pastor alemán. Pero eso cuesta un dinero, o sea, otro agujero en la tubería. Un negocio sin riesgos, ya digo, sobre todo con una legislación laboral que favorece más el parto de perros que el de niños. Instinto comercial nos sobra, pero nos falta liquidez.

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