Asnos de saco y corbata

19 de junio del 2013

Calígula nombró cónsul a su caballo, casi todo el mundo lo sabe. Pero si hubiese nacido en Colombia, Calígula, y probablemente su caballo también, habrían llegado al concejo, al congreso o incluso a la presidencia de la República. Por una sencilla razón: el nuestro es un pueblo estúpido a la hora elegir a sus gobernantes. La democracia será un sistema político insulso, es cierto, pero de ninguna manera podría causar tanto daño como lo ha hecho en Colombia sin la irrefutable ayuda de un buen grupo de electores torpes: la masa de votantes.

Basta con mirar la historia: Santos, Uribe, Pastrana, Samper, Gaviria, Barco, Betancourt, Turbay… lista sin fin de imbéciles, lo que no me impide, en este punto, realizar la siguiente anotación histórica de gran pertinencia: pocos saben que un caballo fue, en realidad, presidente de Colombia en sus inicios, cuando todo apenas comenzaba a irse a la mierda. Sus políticas internacionales sobre la exportación de estiércol sumieron al país en su primera crisis económica. Mantuvo, eso sí, excelentes relaciones con Estados Unidos. Ése ha sido el común denominador de los presidentes de Colombia.

Este chiste tonto (felicitaciones, se dio cuenta) es cómicamente trágico porque, en Colombia, un caballo perfectamente podría llegar a la presidencia. Bastaría con que se declarara abiertamente cristiano y supiera articular algunas frases de cajón fáciles entre los relinchos y estornudos equinos. Y que llevara saco y corbata, y una camisa bien planchada, y que estuviera siempre acompañado por tres o cuatro camionetas de escoltas.

No estoy diciendo nada nuevo: los colombianos saben ―paradójicamente― que su país es y ha sido gobernado por incompetentes desde sus inicios. Pero, a veces, una o dos anécdotas macondianas nos recuerdan, con el característico escupitajo caliente en la cara que nos lanza, día tras día, la realidad colombiana, que la gente de poder, nuestros legisladores, nuestros líderes políticos, son, casi todos, unos idiotas babeantes. Tanto, que merecerían ser confinados en un cuarto sin ventanas en el peor asilo de locos de la Francia del siglo XIX, cuando los locos eran, en verdad, llamados «idiotas». Con el perdón de los locos de verdad.

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La lista no tiene fin, comenzando por nuestro venerable presidente (cuya cara de caballo risueño va bien su discurso complaciente), quien se regocija con un acuerdo de distribución de tierras con las FARC cargado de obviedades y lugares comunes («salud, educación, vivienda», «la gente, el pequeño productor, la lucha contra la pobreza») pero sin profundidad, sin fondo, y con un desdibujado sentido de la realidad; o nuestros honorables congresistas, por ejemplo, Roberto Gerlein, el senador más antiguo del país, quien lleva siendo elegido popularmente desde 1978… ¡1978! …y recientemente mojó prensa con sus declaraciones cargadas de odio en contra de los homosexuales; o nuestros venerados concejales, por ejemplo, el señor Jorge Durán Silva, quien también vivió sus quince minutos de fama a raíz de una serie de comentarios ―también estúpidos, también vacíos, también cargados de odio― en referencia a las mujeres lesbianas. Idiotas todos, otra vez, con perdón de los locos auténticos.

Es cierto que estoy cayendo en un serio error conceptual: estos incompetentes que ustedes han elegido ―así es, yo nunca he votado― no son equiparables ni a un «enfermo mental» ni a una bestia equina. Me disculpo por el desliz en mis metáforas: los locos suelen ser personas lúcidas condenadas al olvido por su particular manera de ver el mundo, y los caballos son, sin duda, uno de los especímenes más hermosos e inteligentes sobre la faz de la tierra. No, nuestros líderes políticos serán cortos de inteligencia, pero tienen sus facultades mentales intactas, es decir, son responsables directos e incuestionables de las imbecilidades en las que incurren, justamente, en razón de su reducido intelecto. Una tragedia que es tristemente cómica.

Con esto, no nos sorprenderíamos demasiado si un asno llegara al congreso de la República y se le viera agitando las pezuñas, apretando la Biblia contra el pecho, lanzando al aire expresiones dignas de un líder político respetable: «mujerzuelas», «sexo excremental», «perfumar un bollo», etcétera, defendiendo los intereses de un procurador de sotana y condenando a las personas por lo que hacen en la privacidad de sus hogares. Así las cosas, Calígula fue, tal vez, el más realista de los políticos que jamás haya habido, pues le ahorró esfuerzos innecesarios a la masa descerebrada (yo sé, redundancia) cuando se tomó la libertad de nombrar a su caballo como cónsul. Aquí, en Colombia, no contamos con un loco de semejante lucidez en el poder, lo que resulta en esta estúpida masa de votantes reeligiendo a los mismos asnos de saco y corbata, una y otra vez, una y otra vez.

Para la muestra: ¡1978! El pueblo colombiano lleva eligiendo y reeligiendo al homofóbico, misógino y profundamente ignorante senador Gerlein desde 1978, es decir, desde hace 35 años. Nada que agregar. Que vivan Colombia y su gloriosa democracia.

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Imágenes: China Mike

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@nykolai_d

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