Asumir la guerra es un deber impostergable

12 de julio del 2012

Este artículo ofrece una reflexión encaminada hacia despertar del letargo que ha convertido nuestra guerra en un paisaje inamovible.

La guerra ya no nos dice nada, no nos transmite nada. Insensiblemente la reportamos en la prensa, la TV y la Radio sin pesar alguno. ¿Qué significa para nosotros la trémula agitación  que nos llega a través de las pantallas por estos días? ¿Qué produce en nuestra mente el sonido abstracto de las balas que salen disparadas en forma de ráfagas desde los helicópteros o  bajo  las copas de los árboles?

Pienso que  a nadie le importa la guerra y me ofendo. Pero me equivoco de tajo;  no le importa la guerra a quien no la vive, no le importa a quien no la sufre, no le importa  a quien no lo toca. No me importa ni siquiera mí que escribo estas palabras con más desesperación  que otra cosa.  Siendo periodista, siento que no le importa tampoco a mis colegas, quienes dan fe de ella a diario sin siquiera  una pequeña inflexión en  su voz que deje entrever un halo de compasión.

Parece que en Colombia este oficio de la información se ha vuelto un militante más de la barbarie, un camuflado dotado de cámaras y micrófonos para hacer presencia en el combate, un insensible ante sus embates monótonos incapaz de romper las dinámicas del dolor y la muerte.

Tal vez es una falla de enfoque epistemológico  y los límites del periodismo no dan para más que para convertir a su formato las cifras deshumanizantes de la guerra. Seguramente hay  cierta actitud de servilismo en nuestra labor y dejamos colar  el sufrimiento con un antifaz estadístico incapaz de funcionar como conductor para la carga emotiva que implica vivir en medio del conflicto.

Es cierto que se puede intuir en los cubrimientos una clase de indolencia informativa, que sólo se preocupa por cumplir con su deber bajo la vieja premisa de las cinco W, inventada en la primera guerra mundial con el fin de dar los datos concretos de lo sucedido en el campo de batalla.

Pero no menos  verdadero resulta pensar que el problema de la objetividad (constantemente martillando sobre la cabeza del humano que toma un micrófono y escribe unas notas) impide emprender una cruzada más arriesgada  a decir algo que comunique más, contar una historia que le dé rostro al conflicto y alejarse, de vez en cuando, de los comunicados esquemáticos ofrecidos por militares, guerrilleros, ministros y presidentes.

He visto varios medios asumir estos riesgos sólo cuando hay un clima de opinión que los cobija, un golpe de raiting que les da alas para llegar un poco más lejos. Sin embargo, esos momentos son tan efervescentes como efímeros,  y es entonces cuando la guerra se convierte en un asunto olvidado y pasa a ser la evidencia plena de cuan cobardes podemos llegar a ser a la hora de asumir nuestras verdades.

No obstante, resulta caprichoso echarle toda la culpa al periodismo de un  problema que es de doble vía. Aquella ciudadanía que recibe a diario la información parece conforme con lo que le llega. Casi nadie quiere cambiar la comodidad de sus sueños por la reflexión insomne de cómo acabar este conflicto, cómo hacer pequeñas obras que aporten, si no al exterminio de la guerra, por lo menos a la creación de una conciencia más compasiva con la realidad del otro.

Hay quienes prefieren seguir viendo con tranquilidad los noticieros y pensar que han cumplido con su papel de ciudadanos sólo con saber cuántas bajas hubo de bando y bando al terminar  la jornada. “Es un país que no tiene memoria, que se ha acostumbrado a que la corrupción sea parte del paisaje y a que la violación de los derechos humanos sea algo normal”, me advertía con decepción Néstor López, un periodista que lleva ya más de 17 cubriendo esta lluvia de balas.

Hoy creo que esa frase no puede ser más acertada y me doy cuenta de que he hecho parte de ese país insensible durante mucho tiempo. Pero al volver sobre las palabras de López rescato una idea que me da vueltas en la cabeza: no podemos abandonar (como ciudadanos o periodistas) la esperanza de ejercer una fuerza transformadora, y crear una  Colombia solidaria de la que debemos formar parte.

Hablo de esto y no de otra cosa porque  no sé cómo salir de la guerra, ni tampoco sé dimensionar sus consecuencias políticas y  económicas. Pero sí sé que tenemos el deber (más humano que profesional) de asumirla como propia, pues sólo así vamos a recibir sus noticias no con la comodidad de quien puede cambiar el canal, sino con la consciencia de quien sabe que debe cambiar su país.

Twitter: @rincondesantos

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