Bucaramanga, la ciudad no tan bonita

8 de septiembre del 2011

En una edición del sello DeBolsillo he vuelto a releer El libro de Arena, del mágico y a veces pedante, gran Jorge Luis Borges. Según los estudiosos de la cuentista borgiana es un conjunto de  relatos de menor acierto, pero sin duda borgiano en su entidad; debe ser, presumo yo, por que fue antecedido por la […]

En una edición del sello DeBolsillo he vuelto a releer El libro de Arena, del mágico y a veces pedante, gran Jorge Luis Borges. Según los estudiosos de la cuentista borgiana es un conjunto de  relatos de menor acierto, pero sin duda borgiano en su entidad; debe ser, presumo yo, por que fue antecedido por la joya: El informe de Brodie, una de las cúspides de la literatura fantástica. Este libro contiene el único cuento de tema amoroso que escribiera el argentino: Ulrika, famoso sobre todo en Colombia por llevar implícito un homenaje a nuestro país.

 De una  manera precisa y contundente Borges nos descubrió; comprendió nuestra esencia y en un análisis crítico nos resumió en una sola frase: ser colombiano es un acto de fe. Nada era gratuito en las letras de Borges y  en su paso por el país algo debió de detectar en cuanto a pobreza cultural y de servicios que detenta nuestra patria.

                                 

El viernes 26 de agosto estando en la llamada Ciudad Bonita, mis pasos me condujeron a una librería de la que tenía algunas referencias y con nombre evocador: Abrapalabra. Un local amplio y fresco que me permitió liberarme del sol que zigzagueaba por entre los  techos y árboles  fue el abrebocas ante una bien provista selección de nombres y títulos. Media hora después y sentado en el piso, varios libros acompañaban mis piernas mientras decidía que letras infantiles llevaba. De pronto una fuerte voz de mujer me sacudió al preguntarme si era de un colegio. A una pregunta sorprendente una respuesta simple: no, contesté. Y sin la altiva y firme manera que siempre he alabado en la raza santandereana, pero sí con verdadera grosería que resulta de la mediocridad, esa mujer de vestido blanco volvió trizas mi espíritu de comprador y de lector: “No baje más libros porque nadie en esta librería tiene tiempo de volverlos a sus estantes respectivos” . Esa mujer encarna el servicio que se apresta a llevar cultura al pueblo bumangués. Esa mujer, me enteré al momento de comprar solo dos libros de los tantos que tuve para escoger, es la gerente de  la librería.  

Un día más tarde, entré al otrora bien posicionado Mercadefam. Ese  centro de acopio, resultado del esfuerzo y tesón de unas familias de raigambre santandereano y orgullo para las demás, tiene ahora un  nuevo dueño y un nuevo nombre: Carrefour. Un mesón ovalado coronado por esplendidos olores frutales, en medio de tantas góndolas, atrajo mi atención. Decenas de clientes lo abarrotaban. Era el mismo donde antaño compartí con tantos amigos y calme innumerables veces mi sed gracias a  sus jugos y ensaladas. Al cabo de  diez minutos pasados frente a la soledad de una caja que esperaba mi dinero sin nadie quien lo recibiera, comprendí que  no solo el letrero era diferente. Un poco angustiado por lo que estaba descubriendo de nuevo  y en otro sitio, intente hacerme escuchar  por una muy bella chica que sin ningún  asombro por mi pérdida de tiempo contestó: “ Tiene que esperar a que alguien se aparezca y pagar, sin el recibo de caja no le atiendo ”… ..¿Tengo?-dije yo- volviendo mis pasos sobre la puerta principal para jurar no volver a entrar.

El manto nocturno cubría el cielo  de la ciudad de las cigarras. El ruido ensordecedor de las bocinas  de los coches que transitaban ese domingo 27 de agosto por la autopista sur contrastaban con la soledad del carril destinado en forma exclusiva a los buses de Metrolinea –el sistema de buses articulado que atraviesa  gran parte de la ciudad-; a lo lejos la sirena de una ambulancia era el coro perfecto al vallenato de Diomedes Díaz que emitía la estación de radio y salía por las ventanas del taxi que me transportaba hasta la casa de mis padres. En un abrir y cerrar  de ojos vi la ambulancia al lado mío. ¿Cómo es posible-me pregunté-, si por un lado circulan más coches y por el otro los bolardos que delimitan los carriles?  Y así  empezaron a desfilar detrás del carro de servicios médicos, otros taxis, buses de servicio urbano, coches particulares y las motocicletas. Sin ningún reparo y a costa de ser los causantes de cualquier accidente habían traspasado los bolardos y orondos corrían por la vía que no les correspondía. Mi taxi se desvió hacia su destino final, más no mis ojos que no se apartaban de la espera de ver aparecer  el verde de los autobuses o de la policía de tráfico. Nunca aparecieron ni los unos ni los otros.

Leyendo a Borges con la lentitud que impone la vida tumultuosa de las ciudades desmedidas y desordenadas como Bogotá, me encuentro con la disyuntiva de analizar mi sangre y mi estirpe. Como el ciudadano corriente que soy, que no cuenta ni a la hora del voto, sé y entiendo que mucho anda mal en mi tierra y que son demasiadas cosas las que deben reformarse, las empresas que deben acometerse, las verdades que deben decirse y los riesgos que es preciso correr, para forjar una historia de verdad. Un historia de cultura, de comprensión, servicio y aceptación enmarcada dentro de la hidalguía, varonía y valor del carácter típico  santandereano, para no ser ni sentirnos como el protagonista del ya aludido relato:

 “Nos presentaron. Le dije que era profesor en la Universidad  de los Andes en Bogotá. Aclaré que era  colombiano.

Me preguntó de un modo pensativo:

-¿Qué es ser colombiano?

-No se –le respondí-. Es un acto de fe.

-Como ser Noruega-asintió.”

Alberto Salazar C

Salazarycastellanostecomunica@hotmail.com

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