Buscando los audífonos perfectos desde 1989, le dije a mi novia en chiste, como si bromeáramos por medio de tweets. Me lo quedé pensado y caí en cuenta de que no era un chiste sino verdad. ¿Cuántos reproductores de música portátil he tenido desde pequeño? Un walkman, un discman, un radio, un minidisc, un iPod. Todos con audífonos imperfectos. Primero con auriculares muy grandes para mis oídos de niño, luego con hebillas que me hacían doler la cabeza y finalmente con audífonos marca Apple que se dañaban a los meses de comprados. El reemplazo se hacia siempre necesario. En busca de los audífonos perfectos. Perfectos en comodidad, sonido y estilo. Pero sólo he encontrado temporales. Siempre yendo a lugares tecnológicos y quedándome a mirar audífonos y referencias. Comprando audífonos regulares, audífonos con bajos, audífonos con control remoto, audífonos de diadema y con mil mili watts de potencia negros y rojos. Audífonos de los que se meten en los oídos y siempre se caen cuando Transmilenio frena. Buscando siempre con un presupuesto limitado que ahora va en cien mil y que no paso por el temor casi religioso al despilfarro. Tal vez, me digo, si gastara más, en unos Marshall o en unos Bose, dejaría de buscar. Pero me lo digo y no lo hago.
“No music, no life”, rezaba el eslogan del desparecido Tower Records. En el fondo eso es lo que hay detrás de esa búsqueda. La influencia del cine de querer que la vida aburrida que tenemos transcurra con la banda sonara perfecta, como en las películas. Y como en ellas, con el personaje caminado imbuido totalmente en su música, música en 5.1 y con una fidelidad envidiable. Sí, la búsqueda de los audífonos perfectos es la búsqueda porque la música, mi música, sea la banda sonora de mi vida, pero que lo sea mientras el resto de sonidos molestos y detestables se hayan ido en off. Dejando que yo sea, aunque sólo en apariencia, el director de ésta. Es culpa del cine, como muchos otros deseos e ilusiones, que como ellos, tal vez nunca se cumplan.
Buscando los audífonos perfectos desde 1989, le dije a mi novia en chiste, como si bromeáramos por medio de tweets. Me lo quedé pensado y caí en cuenta de que no era un chiste sino verdad. ¿Cuántos reproductores de música portátil he tenido desde pequeño? Un walkman, un discman, un radio, un minidisc, un iPod. Todos con audífonos imperfectos. Primero con auriculares muy grandes para mis oídos de niño, luego con hebillas que me hacían doler la cabeza y finalmente con audífonos marca Apple que se dañaban a los meses de comprados. El reemplazo se hacia siempre necesario. En busca de los audífonos perfectos. Perfectos en comodidad, sonido y estilo. Pero sólo he encontrado temporales. Siempre yendo a lugares tecnológicos y quedándome a mirar audífonos y referencias. Comprando audífonos regulares, audífonos con bajos, audífonos con control remoto, audífonos de diadema y con mil mili watts de potencia negros y rojos. Audífonos de los que se meten en los oídos y siempre se caen cuando Transmilenio frena. Buscando siempre con un presupuesto limitado que ahora va en cien mil y que no paso por el temor casi religioso al despilfarro. Tal vez, me digo, si gastara más, en unos Marshall o en unos Bose, dejaría de buscar. Pero me lo digo y no lo hago.
“No music, no life”, rezaba el eslogan del desparecido Tower Records. En el fondo eso es lo que hay detrás de esa búsqueda. La influencia del cine de querer que la vida aburrida que tenemos transcurra con la banda sonara perfecta, como en las películas. Y como en ellas, con el personaje caminado imbuido totalmente en su música, música en 5.1 y con una fidelidad envidiable. Sí, la búsqueda de los audífonos perfectos es la búsqueda porque la música, mi música, sea la banda sonora de mi vida, pero que lo sea mientras el resto de sonidos molestos y detestables se hayan ido en off. Dejando que yo sea, aunque sólo en apariencia, el director de ésta. Es culpa del cine, como muchos otros deseos e ilusiones, que como ellos, tal vez nunca se cumplan.
