Buscando en el “chifonié”

8 de julio del 2012

Buscando en el “chifonié” mi registro civil,  encontré más de un papel que me devolvió en el tiempo hace varios años. Fotos de colegio, carnets, exámenes y trabajos de anteriores semestres habían antes de llegar al documento;  pero debo confesarles, el cuento que escribí, un verdadero “salpicón” de realidad,  ficción y anécdotas  conocidas, lo leí […]

Buscando en el “chifonié” mi registro civil,  encontré más de un papel que me devolvió en el tiempo hace varios años. Fotos de colegio, carnets, exámenes y trabajos de anteriores semestres habían antes de llegar al documento;  pero debo confesarles, el cuento que escribí, un verdadero “salpicón” de realidad,  ficción y anécdotas  conocidas, lo leí más de una vez,  significo más que una nota para mí;  fue mi declaración oficial de matrimonio con la escritura, la controversia y el toque picante con el diario vivir de la realidad colombiana. Lo cierto es que me impacto encontrar ese escrito otra vez, mucho más que cuando lo escribí, no encontré el archivo de Word, me decidí transcribirlo, para compartirlo con ustedes aquí. Un abrazo. Josías.

Ese viernes en la mañana cuando el teléfono había timbrado casi tres veces, levantó la bocina y  escuchó una voz decir:

-Buenos días, el señor Juan Santa cruz, por favor –

-Si dígame – Contestó él con su voz aun de adolescente.

Realmente no tenía más de veinte años de edad y la expresión: “El señor Juan Santacruz” le dio a entender de inmediato que se trataba de una llamada seria y probablemente importante. Tomó lápiz y papel y apuntó la dirección que le estaban dando telefónicamente.

¡Estaba realmente emocionado! Acababa de recibir una buena noticia. A las tres y media de la tarde de ese mismo día, lo habían citado en la oficina regional de una compañía grande para una entrevista laboral.  No dudó en confirmar su asistencia y tras colgar el teléfono guardó una nota en su bolsillo en la que llevaría escrito: Cra 89 # 28 – 09.

Posteriormente subió rápido al segundo nivel de la casa, entró a su cuarto, tomó un buen baño y empezó a buscar la ropa más elegante para la ocasión. Me pidió que le planchara la camisa manga larga de rayas delgaditas que tanto le gustaba y junto con un pantalón azul oscuro y unos zapatos nuevos muy lindos que le había regalado su padre, salió esa tarde después de almorzar. Le di un beso y despidiéndolo le deseé la mayor de las suertes.

Además de apuesto Juan era un joven inteligente y responsable que prefería conseguir el dinero trabajando honestamente a diferencia de su padre del que múltiples veces se escucho decir que sostenía negocios ilícitos. Juan Media 1.80, tenia su cabello de color  negro profundo que resaltaba entre su piel blanca. De contextura él era más bien  acuerpado y tenía una sonrisa lindísima que combinaba perfecto con los ojos grises y expresivos que se mandaba.

A primera vista cualquiera podía afirmar que era un desprendido total. Pocos sabían de la ausencia de afecto tan grande que tuvo en su niñez por parte de sus padres. Aunque yo siempre lo cuide y lo trate como si fuera mi hijo,  los frecuentes viajes de su padre y las largas vacaciones que se daba su madre en el extranjero hicieron que el niño creciera discutiéndose  así mismo entre un ser duro y sensible al mismo tiempo.

Recuerdo que en una ocasión en el comedor, cuando tenía aproximadamente seis años de edad, después de hacerme una pataleta grande para comer; me preguntó tristemente:

-Seño Tere,  ¿Por qué los demás niños siempre comen con su papi y su mami y mis papis nunca están conmigo? – Realmente no supe como responder. Y no evite llorar. El se levantó del puesto donde estaba sentado, se abalanzo en mis brazos y me abrazó fuertemente como sí supiera que era eso lo que necesitaba. Al instante me dijo tiernamente:

-No llores. Yo a ti te quiero – Desde aquella vez, me fui encariñando día a día un poco mas con esa criaturita que veía jugar, saltar y reír dulcemente. Fue creciendo y sus más grandes secretos durante todo ese tiempo me los habría contado siempre a mí.

Después de buscar durante varios minutos el lugar donde lo habían citado, metió la mano al bolsillo derecho de su pantalón y  miro la dirección que había escrito momentos antes en su casa. Supo que coincidía con el edificio gris de tres pisos que tenía al frente. Desde la calle parecía un lugar bastante sobrio y las ventanas de la fachada eran completamente oscuras. No obstante, un par de pasos mas adelante y él ya estaba dentro esperando en la sala de la oficina que lo anunciaran. Ahí sentado empezó a notar algo extraño. Casi no había movimiento laboral en ese lugar. No había personal administrativo llevando y trayendo documentos. No había otros candidatos como él esperando citas posteriores, y el único par de secretarias que estaban en la recepción ni siquiera hacían o recibían llamadas con frecuencia. Una de ellas miraba el reloj grande mientras la otra alcanzo a decir:

-Señor Juan Pase Por favor – Dirigiéndolo hacia la oficina en el fondo de un pasillo.

-¡Señor Santacruz Mucho gusto! Yo soy Ernesto Malagon, Psicólogo de la compañía. Vamos a empezar con una pequeña entrevista personal  y después pasamos a hacer las pruebas psicotécnicas ¿le parece? – Y sin dejarlo responder de inmediato continuo diciendo:

– Pero tome asiento por favor- Era la misma voz gruesa que había escuchado por teléfono antes de salir de su casa. El hombre de aspecto serio y atractivo tendría unos treinta años y lucía muy elegante un traje negro con saco y corbata roja.

Después de preguntar por la información personal del muchacho indagó con fija curiosidad por su familia, en especial por su padre. Sin prestar la debida atención a ese detalle de un momento a otro la conversación tomo rumbos personales. Gradualmente Juan fue tomando la confianza que Malagon le daba. Se pusieron muy cómodos y empezaron a hablar  de la vida personal de cada uno. Tanto así que el Joven Juan por un momento se sintió confundido. El hombre que tenia del otro lado del escritorio empezaba a parecerle bastante atractivo e interesante. Esos gustos suyos eran quizá su mayor secreto.

Cuando miro el reloj eran casi las seis de la tarde e intempestivamente un aguacero exageradamente fuerte calló. Llovía a cantaros  y el joven ya había terminado su entrevista. Necesitaba regresar a su casa. Entonces él hombre que se había hecho llamar  Malagon durante todo ese tiempo se ofreció a llevarlo en su carro. Juan me llamo para contarme que en unos minutos llegaría a casa, pero nunca regresó. Alcanzo a contarme todo lo que paso esa  tarde, pero de repente escuche como le arrebataban el celular y entre intimidaciones el tal Malagon le gritaba fuertemente a mi Juan diciéndole:

– De aquí si ya no salís hasta que tu viejo nos devuelva la plata que nos tumbo –Esa fue la ultima vez que supe de él. Ya lleva tres meses secuestrado.  Hay quienes dicen que ya está muerto, pero mi patrón y yo lo seguimos esperando y aunque  el no este de acuerdo en informar esto a las autoridades y asegure firmemente que esos tipos se las van a pagar yo necesitaba contarle esto a alguien que me ayude para traer de nuevo a mi Juancito a casa señor Fiscal.

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